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jueves, 21 de mayo de 2026

"La sala". Una novela francesa

Nada tiene de sorprendente que César Aira (Coronel Pringles, Argentina, 1949) añada un nuevo título a una prolífica obra que ya suma un centenar  largo de libros. Lo novedoso es que escribió La sala hace ya treinta años en francés y que ahora la rescata traducida por él mismo.

La sala cuenta como un "obrero" desempleado, un electricista que se ha trasladado  de la banlieue Parisina a una chambre de bonne en un barrio céntrico, descubre un cine  donde se proyectan  de continuo películas con imágenes de cementerios y tumbas. Los espectadores son jóvenes coreanos que entran y salen  en un ininterrumpido desfile. El pensionista y narrador no logra saber el motivo de semejante movimiento  y duda si será por el respeto nacional a la memoria  de los difuntos, si utilizan la sala como un lugar de cita en el que organizan sus noches festivas o si será el punto de reunión de ciertas "bandas" juveniles. 

La situación es imaginativa  y remite más a la invención y al absurdo que a una copia  realista, algo siempre esperable en Aira. El tono fantaseador  se corrobora  en otros sucesos incongruentes que el electricista va contando a partir  de su adición a aquel lugar dominado por imágenes  sombrías y por el silencio.

Al final conocemos que en el cine se esconde algo que guarda una relación misteriosa  con el tráfico de opio, a lo cual el narrador dará cobertura sin saberlo. Pero antes se van acumulando los hechos sorprendentes y sumando los equívocos.

El electricista cree ver en el cine a Marguerite Duras ("cuyas películas  tenían cierta afinidad con las que pasaban aquí"), pero es una viejecita coreana toda arrugada.

También se encuentra con un tal Armand, un profesor de instituto ansioso de hacer carrera universitaria. Armand resulta ser un falsario que le encarga un trabajo sobre "Cine y vida" que le ayudará a lograr ese deseo; muerto el profesor,  el narrador caerá  bajo el control  de dos tipos mafiosos y su trabajo  se reducirá a llevar la contabilidad de las innumerables  cajas  con las que le inundan la casa. 

De tales andanzas resurge en el electricista su vocación originaria  de escritor. Para ello "deserta"  de la clase obrera a la que pertenece. Y una vez en la nueva situación, la febril imaginería de César Aira va acumulando las anécdotas: la historia de su mujer (solo interesada en sacarle la pasta) e hijos, una aventura amorosa y relaciones con varios vecinos. Todo forma un conjunto disparatado de sucesos que se remata  con su ocupación en la torre Eiffel para iluminarla en Año Nuevo.

Los extravagantes incidentes conforman el mosaico de motivos que andan dispersos por la novela. De forma gratuita o al menos caprichosa, se van enzarzando apuntes sobre la emigración, la raza, las clases sociales, el sexo. el matrimonio y la familia, el trabajo y el ocio, el tiempo y el cine. Además, la novela tiene una vertiente metaliteraria que divaga  sobre el realismo y sobre la propia escritura narrativa. 

Vuelve el narrador argentino a poner en juego en La sala su inveterado espíritu transgresor. Rupturista con la narración convencional, monta un artefacto que es pura creatividad, relato descoyuntado libre de los requisitos de la verosimilitud. Las obras literarias piden un destinatario concorde con su planteamiento formal. Es muy distinto el de un relato se siempre que el de un texto vanguardista.

La sala no es para todo el mundo. Dolo quien comparta las premisas de César Aira, esos" lectores de lujo", como los ha llamado, disfrutará con esta  nouvelle lúdica y descabellada.

Santos Sanz Villanueva. El Cultural, 1-5-2026.

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