La sala cuenta como un "obrero" desempleado, un electricista que se ha trasladado de la banlieue Parisina a una chambre de bonne en un barrio céntrico, descubre un cine donde se proyectan de continuo películas con imágenes de cementerios y tumbas. Los espectadores son jóvenes coreanos que entran y salen en un ininterrumpido desfile. El pensionista y narrador no logra saber el motivo de semejante movimiento y duda si será por el respeto nacional a la memoria de los difuntos, si utilizan la sala como un lugar de cita en el que organizan sus noches festivas o si será el punto de reunión de ciertas "bandas" juveniles.
La situación es imaginativa y remite más a la invención y al absurdo que a una copia realista, algo siempre esperable en Aira. El tono fantaseador se corrobora en otros sucesos incongruentes que el electricista va contando a partir de su adición a aquel lugar dominado por imágenes sombrías y por el silencio.
Al final conocemos que en el cine se esconde algo que guarda una relación misteriosa con el tráfico de opio, a lo cual el narrador dará cobertura sin saberlo. Pero antes se van acumulando los hechos sorprendentes y sumando los equívocos.
El electricista cree ver en el cine a Marguerite Duras ("cuyas películas tenían cierta afinidad con las que pasaban aquí"), pero es una viejecita coreana toda arrugada.
También se encuentra con un tal Armand, un profesor de instituto ansioso de hacer carrera universitaria. Armand resulta ser un falsario que le encarga un trabajo sobre "Cine y vida" que le ayudará a lograr ese deseo; muerto el profesor, el narrador caerá bajo el control de dos tipos mafiosos y su trabajo se reducirá a llevar la contabilidad de las innumerables cajas con las que le inundan la casa.
De tales andanzas resurge en el electricista su vocación originaria de escritor. Para ello "deserta" de la clase obrera a la que pertenece. Y una vez en la nueva situación, la febril imaginería de César Aira va acumulando las anécdotas: la historia de su mujer (solo interesada en sacarle la pasta) e hijos, una aventura amorosa y relaciones con varios vecinos. Todo forma un conjunto disparatado de sucesos que se remata con su ocupación en la torre Eiffel para iluminarla en Año Nuevo.
Los extravagantes incidentes conforman el mosaico de motivos que andan dispersos por la novela. De forma gratuita o al menos caprichosa, se van enzarzando apuntes sobre la emigración, la raza, las clases sociales, el sexo. el matrimonio y la familia, el trabajo y el ocio, el tiempo y el cine. Además, la novela tiene una vertiente metaliteraria que divaga sobre el realismo y sobre la propia escritura narrativa.
Vuelve el narrador argentino a poner en juego en La sala su inveterado espíritu transgresor. Rupturista con la narración convencional, monta un artefacto que es pura creatividad, relato descoyuntado libre de los requisitos de la verosimilitud. Las obras literarias piden un destinatario concorde con su planteamiento formal. Es muy distinto el de un relato se siempre que el de un texto vanguardista.
La sala no es para todo el mundo. Dolo quien comparta las premisas de César Aira, esos" lectores de lujo", como los ha llamado, disfrutará con esta nouvelle lúdica y descabellada.
Santos Sanz Villanueva. El Cultural, 1-5-2026.

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