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| Fotograma de"Enzo". |
Considerado como uno de los directores galos de las últimas décadas, Cantet destacó en el terreno del realismo social centrando su mirada de naturaleza casi documental y humanista en los grandes conflictos de la sociedad francesa, siempre apuntando a la adolescencia (recurriendo a actores no profesionales a los que sacaba oro), la lucha de clases y las ficciones identitarias. Mucho de todo eso hay en Enzo.
Campillo fue algo así como la mano derecha de Cantet, participando en la escritura y encargándose del montaje de las películas como El empleo del tiempo (2011). Hacia el sur (2005) y La clase (2008), Palma de Oro del Festival de Cannes. En 2004 inició su carrera como director con el peculiar filme de zombis La resurrección de los muertos. Tras varios trabajos, conquistó el Gran Premio del Jurado de Cannes con 120 pulsaciones por minuto (2017), en donde aborda los años más duros del sida en París. Aunque compartían los mismos intereses temáticos y una sensibilidad parecida, Campillo siempre ha sido en sus trabajos más emocional y en su poética más arriesgado que Cantet. Enzo, en cualquier caso, se encuentra en un punto intermedio del estilo de ambos directores, entre ese realismo social de Cantet y el lirismo contenido de Campillo.
La película aborda la historia del chico que le da el título. Es un joven de 16 años de una adinerada familia burguesa de origen árabe que ha tomado la inesperada decisión de abandonar sus estudios y probar el oficio de albañil. El debutante Eloy Pohu interpreta al protagonista aportando un laconismo del que es difícil aprehender nada, más allá de que se siente atraído por uno de sus compañeros de trabajo, el ucraniano Vlad (Macksym Slivinskyi). La ambigua tensión erótica entre ambos sostiene en gran medida el magnetismo del filme.
El espectador puede sentirse desorientado ante la manera en que Enzo abraza el caos y la desazón. ¿Por qué este chico que lo tiene todo se empeña en autosabotearse, en menospreciar a su familia? Campillo y Cantet apuntan, más allá de que la adolescencia consista en tropezar y volver a levantarse, a la ausencia de referentes para desarrollar una identidad que se debate entre la rebeldía y la confusión en términos de clase, raza y sexualidad.
A diferencia de lo que ocurre en otros relatos de iniciación, aquí no hay ni explicaciones psicologistas ni conclusiones claras. Lo que le interesa al director es observar ese fascinante camino que emprende Enzo hacia ninguna parte, centrando la cámara en los silencios y las miradas y dejando que el espectador emprenda su propio camino en busca de sentido.
J. Yuste. El Cultural, 1-5-2026.

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