La nevera está prácticamente vacía. Dentro no hay nada más que una manzana, una remolacha, salsa picante fermentada y pepinillos en vinagre. Debajo del fregadero hay un carrito repleto de tarros y sobres abiertos de especias, curris, tés y condimentos. Huele a polvo y al óxido de los contenedores de carga de los grandes barcos chinos del puerto. En un estante, muesli ecológico de tres tipos. Salgo de la cocina y choco con una pequeña repisa donde espera un frasco de píldoras de "performance cérébrale" para mejorar las capacidades mentales. Dos al día aumentan la concentración y dan estabilidad cognitiva, dice el fabricante. Enmarcada en un cristal fino, presidiendo un pequeño salón, encima de un potus, una cita: "Es posible que el libro sea el último refugio del hombre libre. Un libro bello, este templo del individuo, es la acrópolis donde el pensamiento se parapeta contra la plebe". de André Suarès (1868-1948), uno de los cuatro grands solitaires de la Nouvelle Revue Française.
El editor francés y Suarès comparten el ideal del asceta contemporáneo que cristaliza en esa nevera vacía y esa ausencia de sartenes y cucharas de madera. Ambos viven entregados a alimentar el cognitivo puro, la fantasía de la mente optimizada atrapada en un cuerpo que es lastre, que estorba. Desde aquí, comer es una cuestión estrictamente nutritiva, y vivir, un camino de desmaterialización de la experiencia humana que lleva, en última instancia a prescindir del cuerpo.
Hoy, esta corriente de la aristocracia del espíritu sigue viva y en plena forma. Aflora donde confluyen el ecosistema cultural de los tecnócratas de Silicon Valley, que sueñan con poder implantar un día sus conciencias inmortales en ciborgs, y el universo de los influencers de la longevidad, los adalides de los batidos proteicos, los alimentos con superpoderes, y los descendientes nutricionísticos de la saga de Soylent. En ellos late el mismo desprecio por el placer sensorial, por la comensalidad, por el cuerpo y todo lo táctil, papilar, piloso, oloroso, social y cultural que tiene el comer . Suyo es pensar que tanto da el arroz con pollo que paella.
Llevada al extremo, o dejada a su aire (que es el aire del mercado que se autorregula), esta utopía nos dirige a un futuro en que todos los seres humanos nos alimentaremos a base de pienso. Esto no es ciencia ficción, sino plenamente factible. Tenemos la inteligencia artificial. Tenemos a montones expertos en nutrición. Tenemos los centros de producción, la mano de obra, la tecnología y las redes de distribución.
Con un algoritmo que combine edades, historiales médicos y vidas laborales, la industria alimentaria puede fabricar un preparado óptimo para cada uno de nosotros. Y no nos haría falta ni cocinar, ni ir a comprar, ni fregar cacharros, ni preparar fiambreras. Bastaría con llevar siempre la receta en el móvil y pasar por la farmacia cada 15 días a recoger el preparado correspondiente, elegir entre el sabor a ternera con guisantes, mejillones en escabeche o yogur de piña, y listos. Obviamente, cosas como la tensión alta o la diabetes sería erradicadas. Podemos suponer que viviríamos 120 años, o más, con unos niveles de colesterol y potasio impecables. Podemos suponer también que los viviríamos con ganas de morirnos.
Finalmente, desisto de buscar una cafetera en esta cocina. Cojo la copia de llaves que el editor me ha dejado en la mesilla, y el abrigo, y bajo a la calle, con el pelo arrebujado en un moño, en busca de un café abierto. Pido un café y un cruasán, dos alimentos nutritivamente inútiles, pero dos de los artefactos culturales más potentes de la historia del mundo contemporáneo.
María Nicolau. El País, viernes 24 de abril de 2026.




















