Lévy utiliza el insomnio como coartada narrativa para volver sobre sí mismo con una mezcla de exhibicionismo, lucidez y cansancio moral que define buena parte de su obra tardía. No es un tratado médico ni un diario íntimo al uso, sino un autorretrato escrito desde la extenuación, desde ese punto en que el pensamiento ya no se ordena por jerarquías, sino por asociaciones febriles.
El libro se construye como una deriva nocturna: recuerdos, lecturas, guerras, amantes, teorías sobre el sueño y la historia. Lévy no duerme y en ese no dormir se le cuela el mundo entero. El insomnio aparece así como una forma de hipervigilancia: quien no duerme, parece sugerir el autor, no puede dejar de mirar. Y mirar, en su caso, ha significado estar en Bosnia, en Libia, en Ucrania, en Israel tras el 7 de octubre, en los escenarios donde la historia se concreta en tragedias. No es casual que Lévy, tan implicado desde hace décadas en los debates de política internacional, vincule su imposibilidad de dormir con haber "visto demasiado". Una insistencia que tiene algo de caricaturesco, como reflejan las películas que nos muestran a los veteranos de guerra, desde Travis en Taxi Driver hasta el teniente Dan de Forrest Gump. La vigilia sería el precio a pagar por una vida vivida en el centro del ruido moral del mundo.
Pero La noche en vela también es un libro profundamente literario, lleno de referencias: Mallarmé, Proust, Kafka, Pessoa, Zweig, Leiris. Leer se convierte en una técnica de supervivencia - leer para aburrirse, para caer rendido- y, al mismo tiempo, en una forma de fracaso reiterado. Incluso la gran literatura naufraga ante un cuerpo que ha perdido el ritmo natural del descanso. En este sentido, el ensayo dialoga con una preocupación cultural más amplia. Aunque Lévy insiste en particularizar su caso, el lector no puede dejar de reconocer en su relato una experiencia compartida.
El libro es también un ajuste de cuentas ideológicas derrotistas. Lévy no puede dormir porque el mundo va mal, porque Europa se descompone, porque la izquierda que conoció le repugna y la extrema derecha avanza. Es, a este respecto, un libro de intelectual francés. En ese punto, su escritura se vuelve más discutible. La lucidez moral convive con afirmaciones tajantes, a veces simplificadoras, propias de un intelectual que nunca ha rehuido la polémica, como en su defensa con pocos matices de Israel en su acción en Gaza.
Con todo, el libro se lee con una mezcla de fascinación y fatiga. Hay momentos de brillantez y otros de puro narcisismo. Lévy es fiel a sí mismo, y será el lector quien decida si esa vigilia es un acto de valentía, de vanidad o, probablemente de ambas cosas a la vez.
Antonio G. Maldonado. El Cultural, 30-1-2026.


















