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| Moustiers-Saint-Marie. |
Toda visita a Moustiers-Sainte-Marie debería comenzar en el Museo de la Faïence porque aunque el pueblo tiene su origen con la llegada de los primeros monjes procedentes de las islas de Lérins en el siglo V para fundar un monasterio troglodita, no alcanzó fama hasta que en el siglo XVII otro monje -esta vez venido de Italia trajo consigo el secreto de la loza fina, la Faïence, una cerámica vidriada de fondo blanco y pintada en azul cobalto que imitaba la porcelana china. De los primeros monjes queda el topónimo: Moustiers parece ser que viene de la palabra latina monasterium. Del segundo monje, que Moustiers-Saint-Marie pusiera la vajilla en la mesa del Rey Sol. El museo guarda trescientas piezas que cuentan esta historia.
Desde el museo, el travelling continúa hacia el corazón del pueblo donde el protagonismo es entero para el campanario lombardo del siglo XII de la iglesia de Notre-Dame-de-la Assomption, que se levanta sobre las tejas de cerámica de las casas. Entre las juntas, hierbas y tallos silvestres que crecen a su aire y que da a la torre el aspecto orgánico de un antiguo gigante.
262 escalones más. La arquitectura vernácula de Moustiers con sus fachadas de piedra caliza, dinteles irregulares y balcones que se asoman al paisaje, acompaña los pasos de esta flânerie vertical y caprichosa. El torrente Adou cruza el casco antiguo partido en dos, trayéndome a la mente otro pueblo cascada a varios kilómetros de distancia: Orbaneja del Castillo. Llega un punto del recorrido en el que el torrente se convierte en cascada y cae varios metros, llenando de sonoridad líquida la atmósfera del pueblo. Caminar por aquí es un ejercicio para iniciados en el bello arte de disfrutar de las tiendecitas, restaurantes con terraza, ateliers varios, parterres floridos y puentes de piedra.
El travelling exige ahora el mayor esfuerzo físico del recorrido. La capilla de Notre-Dame de Beauvoir no nos lo pone fácil: hay que subir 262 escalones tallados en la roca, un viacrucis que arranca del pueblo y asciende por la cara del acantilado, pero vale la pena, porque lo que aguarda arriba es el valle entero de la Alta Provenza y la meseta de Valensole. Bajo los pies, el caserío apiñado y terroso. La brisa huele a tomillo y a piedra caliente.
La leyenda de la estrella. Pero el remate de este travelling no es la capilla. Aún está más arriba, colgando entre los dos peñascos que la flanquean: una estrella dorada de diez puntas, suspendida a 135 metros del suelo sujetada por una larga cadena. Cuenta el Nobel Fréderic Mistral -el poeta que dio autoridad literaria al provenzal- que el caballero de Blacas, señor de estas tierras, fue capturado por los sarracenos durante las Cruzadas y llevado prisionero al califa Damieta. En su cautiverio, Blacas hizo una promesa a la Virgen María: si volvía alguna vez a Moustiers, colgaría una estrella sobre él. Algo que brillara sobre el vacío para que nada olvidara que la fe puede resistirlo todo.
El califa, según Mistral era un hombre de honor. Así que cuando Blacas se negó a renegar de su fe, aún con las tentaciones de un harén de por medio, rompió sus cadenas y le dejó libre. ¿La prueba? Que sobre Moustiers hay hoy una estrella que brilla siempre, de día o de noche. También en el escudo del pueblo. La estrella actual no es la original pero la cadena sigue tensada entre las mismas rocas, como el mismo juramento legendario, y la estrella oscila levemente cuando el mistral corre por el desfiladero. Es la ventaja de que el pueblo se haya convertido en un mito, que nadie es capaz de dejar de contarlo, de arriba a abajo o de abajo a arriba.
José Alejandro Adamuz. Periodista de Viajes de National Geografic. 22 de abril de 2026.



















