El título de la versión francesa de La isla, Nord Sentinelle, aclara ciertas intenciones hiperbólicas del autor. El misterioso nombre se refiere A North Sentinel Island en el océano Índico. Dicha isla está poblada por comunidades indígenas que atacan con violencia a quien se atreve a a visitar el territorio. En las primeras páginas de la novela, el narrador, un pariente y amigo del resto de los personajes, afirma: "No hace falta ninguna profecía para saber que el primer viajero trae siempre consigo incontables calamidades (...) Al primero que pone un pie en la orilla, por muy loables que sean sus intenciones, por mucho que sea un santo (...)habría que matarlo".
En la ardiente bonanza de un agosto isleño, con los paseos atestados de turistas y las terrazas crepitando de jóvenes, se produce un incidente dramático. Alexandre Romani, de 23 años, dueño de un bar del pueblo, apuñala a Alban Genevey, un estudiante de medicina miembro de una pandilla de niños arrogantes cuyos padres tienen una casa de veraneo en la región. Alex y Alban han sido amigos desde niños, pero los distintos destinos han roto la cercanía. La últimas generaciones de los Romani se han enriquecido con la venta de tierras baldías para el crecimiento inmobiliario y tiendas de souvenirs . Hubo un ancestro, Pierre-Marie Romani, famoso por ser el último bandolero de la isla y el padre de Alexandre, Philippe, es un nuevo rico del sector turístico que "se limita a sacar provecho de la estupidez generalizada".
El narrador es un viejo amigo de Philippe Romani y se desliza entre las mudanzas temporales, las leyendas entrelazadas, la trama policial y las confesiones en cursiva relatando su historia de amor juvenil con Catalina, finalmente casada con Philippe. Posee buen pulso para sujetar las digresiones que galopan, sembrando la historia de hilos narrativos, entrelazados entre sí formando pequeños relatos. No en vano el subtítulo de la obra es Cuentos de indígenas y viajeros.
La violencia interna que se fragua en un verano como cualquier otro; la agresión inesperada al joven que viene de fuera, aunque ha pasado en la isla todas las vacaciones, y se ha burlado del amigo que le ha timado en el restaurante; y la premonición de que algo va a pasar nos recuerda el momento decisivo en El extranjero de Camus. Pero ni mucho menos encontramos la concisión de Camus. La escritura de Ferrari es barroca, tanto por el despliegue de datos como por la forma en sí, de una riqueza sorprendente, a veces lírica, condensada en otros momentos, observadora siempre. Nada se escapa al plasmar el ambiente del turismo de masas, contaminante, ruidoso, asaltando el pequeño puerto de veraneo. El pesimismo del autor ante la avalancha de los bárbaros y la codicia que se apodera de los locales es radical. Ferrari no tiene la respuesta final, pero su visión de la realidad es magistral.
Lourdes Ventura. El Cutural, 13-3-2026


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