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Leila Slimani en el Museo del Prado. (Foto: Moeh Atitar/El País) |
Leila Slimani pasa días felices en Madrid donde ha disfrutado de una estancia en el Museo del Prado que le ha permitido conocerlo a fondo para sumergirse sobre un relato sobre este lugar. La autora francomarroquí, nacida en Rabat hace 44 años, recorre con pasión la sala de las Pinturas Negras de Goya, donde ve a Elon Musk o a Donald Trump en los demonios que aleccionan a las masas. Ganadora del Premio Goncourt, ha rematado la trilogía El país de los otros (Cabaret Voltaire), que aborda las complicaciones y riquezas de una familia mixta como la suya, con caminos de ida y vuelta, y extrañamiento entre culturas.
P.- ¿Qué es el Museo de Prado para usted?
R.- Es un lugar excepcional que siempre he amado porque, sea cual sea nuestra lengua o cultura, habla de nosotros. Aquí he podido conocer a muchas personas de distintos colores políticos y todos están orgullosos del Prado. Es universal.
P.- Aquí estamos rodeadas de arte, pero fuera el mundo se llena de fealdad. ¿Cómo lo vive?
R.- Siento algo paradójico porque todas las obras de arte me hablan del mundo, este no es un lugar cerrado. Goya me habla de la violencia, de la estupidez; Velázquez, del poder; Zurbarán, de la guerra; Rubens, de sexualidad, de Dios... Todos los cuadros me hablan del exterior y es interesante mirarlos con las angustias de hoy porque así hay respuesta para ellas.
P.- Hacer belleza de la fealdad es la materia del arte. ¿Qué es lo qué está haciendo hoy?
R.- La belleza existe y se hace por todas partes, el problema es cómo la abordamos, qué lugar, qué importancia, qué respeto le damos. El problema es que populistas como Trump o la ultraderecha digan que la belleza es elitista, que no es importante, que los artistas están desconectados ... y hay que combatir esa idea peligrosa. Lo que cuenta para gente como ellos es ganar dinero, ser viral. Pero la belleza sobrevivirá.
P.- Usted se trasladó de Francia a Lisboa hace años y ahí me dijo que París era "demasiado bello, demasiado grande, demasiado duro, una casa inhabitable". ¿Y Madrid?
R.- ¡Tengo ganas de vivir en Madrid! Es una ciudad increíble. Hay una especie de alegría de vivir y un arte de vivir que me gusta muchísimo.
P.- Ha terminado su trilogía familiar. ¿Ha dejado atrás a esos personajes?
R.- Me acompañan porque aún me quedan cuatro cinco países de promoción. He escrito la adaptación del libro para televisión, estoy adaptando Tolstói al teatro y aún reflexiono sobre lo que haré después.
P.- ¿Aún es atractivo Occidente a pesar de la intolerancia creciente?
R.- Occidente vive un momento muy difícil de declive, de inquietud y a muchos como yo, gente del Sur que lo hemos visto como un faro y modelo, portador de valores universales, de apego a la democracia y el progreso nos rompe el corazón y nos da enorme pena lo que está asando. Pero mi inquietud sobrepasa la cuestión de Occidente. Hoy me inquieta el futuro de nuestra especie, qué va a pasar en los próximos 50 años. Me preocupan mis hijos.
P.- Francia empezó antes que España con el tema de la identidad. ¿Es un problema social?
R.- No, en absoluto es un problema. Hace 20 años que algunos políticos se empeñan en convertirlo en un gran problema y aún no hemos podido encontrar la respuesta. El problema es que el edificio se hunde y los políticos están mirando una puerta que no funciona bien. No. El problema no es la puerta, sino la fundación de la casa entera.
P.- ¿Hay más intolerancia hoy que cuando usted llegó a Europa?
R.- No, pero hay más radicalidad
P.- Usted dice: "Mi pluma es mi arma". ¿Y cuál es su lucha?
R.- Luchar contra la estupidez. La gente vive obsesionada con tener razón, convencida de que la tienen y que no merece la pena hablar, pero hay que restablecer esa posibilidad. Los algoritmos nos encierran cada vez más en la dificultad del diálogo.
Berna González Harbour. Madrid. El País, 5 de mayo de2026.