
Interior con mujer al piano, Strangade 30 de Copenhague,
1901.
Hay varias posibilidades de abordar la reseña de esta exposición. Una empieza por verificar que los cuadros son puertas y las fotografías son ventanas. Es decir, que a través de una fotografía puedes asomarte a mundos desconocidos. Pero en un cuadro puedes entrar y quedarte. Tengo la sospecha sin pruebas de que podrías quedarte tanto tiempo como se empleó en pintarlo.
Esa capacidad evocativa acaso proceda de su cualidad orgánica (resultado de un equilibrio de habilidades físicas y mentales) o de nuestro antiquísimo trato con la representación (llevamos pintando casi cuarenta mil años). El caso es que un cuadro es habitable y se puede transitar en todas las direcciones que el espacio abarca. Hay otro asunto relacionado con todo esto yendo ya a Hammershoi. Y es cuánto me importa la luz que esa tarde de 1903 atravesó una ventana del número 30 de Strandgade en Copenhague. Esa luz que ondea ahora sobre la pared de una habitación pintada sobre un lienzo, nítida y soñadora, apenas unos centímetros cuadrados de pigmento y sin embargo inapelable. Me importa porque es una bandera blanca con la que pedir una tregua al olvido y yo necesito enarbolarla cada día. Pero hay más horas de sol nórdico en vilo en esta exposición. En esas habitaciones de paredes grisáceas, pocos muebles (algún instrumento musical ) y acaso una figura, parece que el artista ha querido pintar sobre todo el tiempo y el espacio que hay entre ellos. Entre la mujer y la mesa, entre el alféizar y la cómoda. Son esos intervalos entre las notas, por así decir, el argumento de los cuadros. Pintor por lo tanto de silencios vacíos, qué peculiar es Hammershoi. Si quisiera presentárselo a alguien tendría que re currir a una ecuación: Hammershoi es igual a Vermeer partido por Mondrian, más Morandi partido por Robert Ryman. En efecto: vemos aquí figuras femeninas aisladas junto a ventanas, en estancias de marcada ortogonalidad. Añadámosle la soledad de un escaso mobiliario que se repite una y otra vez, pintado en una exploración infatigable de las monotonías del gris, el azul y el ocre. (...)
Hammershoi nació en Copenhague en 1864 y murió en esta misma ciudad en 1916. Se formó básicamente en la Academia de Artes de su ciudad y se casó en 1891 con Ida Ilsted, hermana de su compañero. La pareja pasó largas temporadas en París y Londres (son extraordinarios sus dos cuadros de los alrededores del Britsh Museum). Hammershoi pintó unos 400 cuadros (aquí se exhiben 70 ) y gozó en su vida de una excelente reputación. Influido tempranamente por James Whistler y el simbolismo, durante su vida se desarrollaron el impresionismo, el post-impresionismo, el expresionismo y el cubismo, sin que ninguno tenga la menor repercusión en su obra. Más bien la influencia detectable son los pintores holandeses del siglo XVII. La consolidación del canon vanguardista dio lugar a que desde la década de 1930 cayera en el olvido más absoluto. La revisión de ese canon en los últimos cincuenta años le ha redescubierto y hoy su pintura se exhibe con interés creciente.
Otro abordaje posible de la exposición debería aludir a su acogida por parte de los medios que más allá de la eficacia del departamento de comunicación del Thyssen, creo que es consecuencia de su sintonía con ciertas modas intelectuales. Modas o corrientes de pensamiento, no quiero minusvalorarlas. Ya desde el título. El ojo que escucha, se alude al silencio, la atención y la quietud. Y efectivamente, silencio y quietud son valores cada vez más codiciados en nuestra sociedad... Como dice el titular de una revista del corazón : "Hammershoi: un refugio de quietud en la era del ruido"...
José María Parreño. El Cultural, 13-3-2026.













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