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| Vista de la exposición Aurelia Muñoz. Entes. en el Museo Reina Sofía. 2026 |
No consta, en las fuentes públicas consultadas, que Aurelia Muñoz y Maruja Mallo llegaran a conocerse, aunque sus trayectorias se solaparon en el tiempo y hoy ambas aparecen vinculadas en la relectura museística del canon artístico español. Un canon que el Museo Reina Sofía y el MACBA de Barcelona se están afanando en reescribir. Pero imagínese que este encuentro hubiera sucedido. Probablemente conocieran la existencia la una de la otra e incluso se hubieran inspirado en sus colores o trazos. Ambas dominaban la técnica del dibujo y esta exposición del Reina Sofía nos lo deja claro al mostrar, del archivo personal de Muñoz, más de cincuenta excepcionales.
Aurelia Muñoz (Barcelona, 1926-2011) era mucho más que una artista textil. Su arte se convertía en una forma de conocimiento y de relación con el mundo, una episteme donde la artesanía, lo étnico y lo folklórico se mezclaban con la mística, la espiritualidad y la vanguardia experimental: una hibridación mágica y meditada. El trabajo de Muñoz es una referencia para artistas contemporáneas que están volviendo con fuerza al arte textil, como Sonia Navarro, quien, en lugar de tejer ella misma las fibras, recicla piezas sobrantes de otros; Mercedes Azpilicueta, que reinventa los tapices; o Belén Rodríguez, que descompone, "pictórica y escultóricamente ", ingredientes culturales ligados al mundo artesanal textil, por incluir en este texto algunos nombre de sus herederas.
Aurelia Muñoz es un referente para todas ellas y, también, para nosotras. Creyó en si misma en un momento que el arte estaba denostado. Escribe en su diario, en 1945: "Creo tener aptitudes para el dibujo y el arte y quiero dedicarme a ello de una forma profesional". Y así consiguió crear piezas bellísimas que aludían a Leonardo de Vinci, El Bosco o Gaudí. Quizá todo empezara cuando el médico le aconsejó reposo tras graves episodios de dolores estomacales y de espalda. Ella se opuso radicalmente y entonces decidió dedicar su vida a su faceta creativa. Se matriculó en la escuela Massana para dar forma a sus sueños, y así consiguió profesionalizarse y abrir una de las épocas más fértiles de su carrera: los años sesenta y setenta.
Muñoz integra en su obra todos los saberes. Comienza con los bordados y patchworks. A partir de 1960 estudia técnicas textiles tradicionales, indumentaria civil y litúrgica, así como iconografías medievales y renacentistas. Le impresiona profundamente el Tapiz de la Creación (siglos XI-XVIII) de la catedral de Girona; estudia el bordado histórico conocido como acu pictae (pintura de la aguja), cuya influencia podemos ver en la primera sala, donde los grandes tapices están realizados de una forma muy pictórica, casi a pinceladas. Vinculada al movimiento Nouvelle Tapisserie en Europa y al Fiber Art en Estados Unidos, su práctica transcendió cualquier etiqueta artesanal.
También experimentó, a finales de los ochenta, con pasta de papel, entrando de lleno en el paper art en el Cleveland Institute of Art.. De esta época tenemos ejemplos de libros volantes colgados en la sala 5 de la exposición, en los que la artista exploraba la fusión entre escultura y escritura. Mientras, investiga fervientemente a los artistas de la época: Miró, Magritte, Gaudí, Klee. Lee a los poetas místicos como san Juan de la Cruz y santa Teresa de Ávila. Hay que decir que su arte está influido por una gran espiritualidad. Ella no era creyente, pero al final de su vida se acercó a las filosofías orientales, sobre todo a una corriente zen japonesa, nos cuenta su hija Silvia Ventosa, también comisaria de esta muestra, que en otoño viajará al MACBA en una de las pocas colaboraciones de este nivel entre ambas instituciones. Una colaboración con la celebramos el primer siglo de su nacimiento.
Esta exposición supone la consagración de una artista que, aunque triunfó en vida, permaneció durante las últimas décadas en el olvido hasta que, cabe recordarlo, el galerista José de la Mano insistió en rescatarla, persiguiendo a su hija Silvia en busca de piezas para una exposición. Muñoz obtuvo múltiples premios y reconocimientos en vida; quizá el más memorable fue entrar en la colección del MoMA de Nueva York. Además recibió la Medalla de Plata de la Villa de París (1968), el Premio Convergence 76 de Pittsburgh, el Premio del Ministerio de Cultura a las Artes del Libro y Encuadernación (1980), el Premio Nacional de Aranjuez de Tapiz (1984) y la Creu de Sant Jordi (1993), entre otros. Desarrolló un método de trabajo minucioso y profesional. Primero dibujaba y abocetaba las piezas, lo que implicaba pensamiento; luego realizaba maquetas, hasta concretar finalmente la escultura final. Además dejó claras instrucciones para la conservación y el montaje de sus piezas, tan delicadas, por otra parte, para cuya restauración únicamente se han sometido a una aspiración, interponiendo entre la pieza y la boca de la máquina una gasa de algodón, a excepción de la espectacular Ondulaciones, 1974, que, por estar compuesta de hilos de nailon , permite ser sumergida en agua...
María Marco. El Cultural, 8-5-2026.




















