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| El gran monólogo del Emperador en el segundo acto de La mujer sin sombra. (Monika Rittershaus) |
Un cuasinovato en materia operística (Klaus Mäkelä) y un experimentadísimo director de escena, curtido en mil batallas, incluida la contienda sin fin de esta al frente de un teatro (Barrie Kosky), con orígenes, trayectorias y generaciones muy dispares, era una elección arriesgada pero, alguna manera, inevitable, como Siegfried, ninguno de los dos conoce el miedo, condición necesaria , aunque no suficiente, para afrontar el colosal reto. Al finlandés Mäkelä no se le ha visto nunca con una actitud tan modesta ni tan involucrado como el viernes en el Grand Théâtre de Provence, rehuyendo incluso los tradicionales aplausos previos a cada uno de los tres actos, como si quisiera ser simplemente uno más en el foso dispuesto a abanderar en su condición de mero primus inter pares justo con su Orchestre de París la metamorfosis de traducir la diabólicamente partitura de Strauss (666 páginas de gran formato) en un todo orgánico y comprensible. El australiano se mueve con soltura en la comedia y en la tragedia, y hay mucho de ambas en este cuento fantástico. Mäkelä está en todo momento pendiente de la escena: Kosky, como siempre, no plantea nada sobre el escenario que no venga respaldado, requerido o sugerido de alguna manera u otra por la música.
Fiel al dictum de Hofmannsthal, en la propuesta de Barrie Kosky priman "la imaginería y el cuento fantástico". No va a ser fácil olvidar a la Nodriza sola, balanceándose y girando casi convulsivamente en una mecedora que luego hará las veces de barca en un escenario desnudo. Ni la aparición del Emperador en el segundo acto en lo alto de gigantesco caballo directamente inspirado en un dibujo del simbolista Alfred Kubin, con las presas cazadas desangrándose a sus pies. Ni, sobre todo, la abigarrada casa de Bark presentada como una inestable estructura de infinidad de tubos doblados y retorcidos en tres alturas, diseñada por ese genio de la escenografía que es Michael Levine, el más deseado por los mejores directores.
Desde el foso, Mäkelä convirtió por unas horas al Orchestre de País en la más straussiana de las orquestas alemanas. Además de su talento natural, los resultados conseguidos se deben sin duda a un minucioso estudio de la partitura y a ensayos generosos. Hubo decisiones puramente espaciales muy acertadas , como hacer cantar a varios personajes desde lo alto del teatro, invisibles para el público (el Mensajero de los Espíritus , el Guardián del Umbral, una Voz desde lo Alto), llevar a los serenos al foso al final del primer acto, o situar a dos trombones y dos trompetas en dos galerías altas enfrentadas al final del segundo. Menor defendible fue, en cambio, la decisión de amplificar algunas voces, una mácula en medio de tanto acierto. El joven talento finlandés se sitúa en la estela de los máximos defensores de esta obra, léase Karl Böhm o Georg Solti.
Luis Gago. El País, martes 7 de julio de 2026.


















