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| Charlotte Gainsbourg posa en una calle de Arlés. (Gorka Postigo) |
Charlotte Gainsbourg acaricia a Daphné, su bull terrier, que dormita en el sofá del hotel, rendida por el calor. Afuera, Arlés arde bajo el sol del verano: la luz blanquea las piedras de las arenas romanas mientras reaparece en cada esquina la sombra de Van Gogh, exprimida con admirable eficacia pese a que el pintor solo pasara unos meses por estos lares (y acabara cortándose una oreja.) La ciudad francesa acaba de inaugurar una nueva edición de su famoso festival de fotografía, que desde hace más de medio siglo ocupa iglesias, claustros de antiguos hospitales, talleres ferroviarios y cualquier rincón de pared que la historia haya dejado libre. Gainsbourg presenta allí su último proyecto: una extensa serie de imágenes fantasmales tomadas en la casa parisiense de su padre, Serge Gainsbourg, convertida desde su muerte en lugar de peregrinación para quienes siguen venerando su genio melódico y su ingenio lírico para los dobles sentidos. En su suite, el aire acondicionado concede una tregua. Daphné duerme mientras su dueña la acaricia sonriendo, hasta que la conversación se ensombrece sin previo aviso.
-Los bull terriers no suelen vivir mucho tiempo. Pero a ella más le vale vivir muchos años...
Se ríe, aunque la frase solo tarda un segundo en dejar de sonar a broma. Gainsbourg lleva acostumbrándose a perder a los suyos: a un padre en 1991, muerte prematura que dejo una herida nunca del todo cerrada; a su hermana, la fotógrafa Kate Barry, que se suicidó en 2013, y a su madre, Jane Birkin, actriz y cantante como ella, fallecida en 2023. "Siempre he tenido una relación particular con la muerte", admitirá poco después. Viste una camiseta de tirantes verde oscuro, en la misma gama apagada de sus ojos, pantalones cortos de cuero y unas Nike Air grises que no parecen nuevas. Lleva la cara lavada. Su elegancia desarreglada, ese célebre chic sin esfuerzo que medio mundo intenta reproducir con resultados laboriosos, parece en ella una evidencia. Es algo que se tiene o no se tiene. Ella nació con él.
Gainsbourg habla en voz baja y obliga a acercarse a ella para escucharla, Lleva cantando y actuando desde que era pequeña, y toda la vida en la plaza pública por ser hija de sus padres, majestades culturales en un país sin realeza, pero conserva el aire de quien ha entrado por error en una fiesta a la que no estaba invitada. Se corrige a menudo. Cuando una frase le parece demasiado categórica, la recoloca en un lugar menos expuesto. Desconfía de las certezas, sobre todo cuando son propias. Su proyecto se titula 5 Bis, por el número de la calle de Verneuil donde se encuentra la antigua casa de Serge Gainsbourg, en Saint-Germain-des Prés. En una de las primeras páginas del libro que reproduce un texto manuscrito por Charlotte escribe: "Déjenme abrirles la puerta. Vengan conmigo. En otro tiempo había que llamar al timbre. Después mi padre instaló una cámara para poder filtrar, porque llamaba muchísima gente , solo para verlo. Porque era él, siempre él, quien abría la puerta".
En los meses anteriores a la conversión de la casa en museo, Charlotte decidió entrar allí repetidamente. Sola, de día y de noche, cargada con el trípode, los objetivos y una Hasselblad de formato medio, su cámara favorita: cada carrete admite solo 12 tomas , una restricción que obliga a elegir y desalienta la metralleta fotográfica. Dice que parecía una ladrona. "Robo antes de que sea demasiado tarde. Robo antes de que entréis todos", escribe en el libro. Cuando en 2023 se concretó la apertura de la casa museo, un proyecto al que tuvo que renunciar por la dificultad de hacerlo realidad, comprendió que pronto perdería la libertad de entrar y salir como quisiera. "Quería no perderme nada, poder recordarlo todo", dice. Fotografiar la casa fue su manera de fijarla en la memoria. En la suya y en la de todos.
La Maison Gainsbourg es una cueva tapizada de negro, como un yacimiento arqueológico de finales del siglo XX. Jane Birkin solía llamarla "Pompeya". Siguen allí el piano, el órgano, los libros, los discos , los ceniceros llenos de colillas de Gitanes, las botellas vacías, las conservas de cocina y su mítica colonia Van Cleef &Arpels. Tras su muerte, la vida quedó detenida en su interior. La fachada cubierta de grafitis en homenaje a uno de los mayores músicos de la historia francesa acabó formando parte del paisaje sentimental de París, pero el interior fue propiedad exclusiva de Charlotte durante 32 años. Hasta que, justo antes de la pandemia, encontró el dinero para abrirla al público.
-¿Fotografiarla por última vez fue también una manera de despedirse, de dar por terminado el duelo?
-Sí. Y, sin embargo, todo vuelve. Llevábamos meses pensando en el libro y la muestra, pero, cuando colgamos las fotografías, regresó la ausencia. Siento un gran orgullo y, al mismo tiempo, es doloroso.
El resultado no es un simple inventario de objetos. "Tuve ganas de expresar algo distinto. Intenté posicionarme. Elegí". Cada encuadre se fija en un detalle y revela la mirada de quien está detrás de la cámara. Gainsbourg fotografía pilas de periódicos deformadas por los años, paquetes de dulces conservados intactos en el frigorífico, un botiquín lleno de medicamentos y frascos acumulados en los estantes. También zapatos blancos gastados de la marca Repetto, proveedor de bailarinas clásicas, una cerradura despintada , un lavabo bajo la luz amarillenta, una fotografía con su madre enmarcada junto a un disco de oro o el borde deshilachado de una butaca atravesada por un haz de luz que entra por la ventana.
Son objetos domésticos que han adquirido la gravedad de las reliquias. Gainsbourg alterna un blanco y negro que convierte la casa en un mausoleo, con tonos amarillos y marrones que parecen proceder de la escasa luz que entra por las habitaciones. No ordena el desorden ni trata de embellecerlo. Serge está en todas las fotografías aunque no veamos su rostro. "Era lo único que me quedaba. Puesta a elegir, me hubiera gustado hacerle un retrato, pero solo tenía esto. De hecho lo fotografié poco antes de que se muriera. Son fotografías tristes porque se ve que está enfermo. Estaba muy debilitado. Parece un anciano, aunque solo tenía 62 años". En una de las imágenes de 5 Bis , Charlotte aparece reflejada en el espejo de su padre. Padre e hija reunidos al fin...
Álex Vicente. El País Semanal, 9 de agosto de 2026.