La poeta Lurdes Martínez (Bilbao, 62 años), quien ha coordinado y prolongado esta antología, explica que el proyecto debe su origen a la infrarrepresentación de las escritoras en las compilaciones españolas. Propone pensar el movimiento "como un horizonte que avanza" ininterrumpido con la muerte de André Breton . Para ella, "el surrealismo ha tenido una evolución hasta hoy". Y la estructura del libro responde a esa voluntad de continuidad.
La llama ebria se extiende desde la fundación del movimiento, a inicios de los años veinte del siglo pasado, hasta autoras contemporáneas. Reúne a 19 poetas, entre ellas Valentine Penrose, Joyce Mansour, Marianne van Hirtum, Unica Zürn y Penelope Rosemont. Y desplaza la mirada hacia zonas donde el surrealismo sigue siendo, en gran medida, una historia por escribir. Entre las menos conocidas en España aparecen Laurence Iché, Isabelle Meyrelles, Alena Nádvorníkova, Carmen Bruna y Beatriz Hausner. Al privilegiar nombres con poca circulación, otras quedaron fuera: Alejandra Pizarnik, Olga Orozco y Natalia Correia.
La propuesta es también geográfica. "Un movimiento diseminado por la geografía mundial", apunta Martínez. Desde sus cimientos y más tard, con la posguerra y la diáspora, con su desplazamiento a Estados Unidos y a América Latina. La llama ebria dibuja un mapa que va de París hasta Londres, Praga, Lisboa, Chicago y Buenos Aires. "Hay grupos activos en distintas partes del mundo y autoras que están en ellos", señala Martínez quien forma parte del grupo de Madrid.
A estas dimensiones materiales se añaden nuevas miradas al lugar de lo femenino en el imaginario surrealista. Conceptos leídos, dice la coordinadora, desde una óptica reductora, como el amour fou (amor loco) o la femme-enfant (mujer-niña), aparecen aquí inscritos en una tradición revolucionaria que aspiraba a la emancipación integral de la artista. "Las propias surrealistas hablan del movimiento como un espacio de libertad donde eran aceptadas como creadoras", advierte Martínez, crítica con ciertas interpretaciones que, a su juicio, han simplificado el fenómeno y , en ese gesto, han separado a las autoras del propio movimiento. "Se ha reconstruido la idea de un surrealismo machista que relegaba a las mujeres musas", apunta.
El libro, traducido por Eugeni Castro y Jesús García Rodríguez, defiende que no existe una poesía surrealista femenina en términos formales. La lengua era, en primera instancia, donde poder experimentar hasta el último límite las posibilidades de ruptura y de juego poético. Y esa exploración era compartida: desde los experimentos iniciales con el automatismo hasta las derivas posteriores -como la alquimia verbal de Marcel Duchamp o Francis Picabia.
Selva Vargas Reátegui. Madrid. El país, sábado, 2 de mayo de 2026.






















