Boris Cyrulnik (Burdeos, 1937) asoma por la puerta de uno de los despachos de la editorial francesa que publica su obra. Tiene un gesto extraño, cabizbajo. No es un estado mental, aclara, tiene una tortícolis que apenas le permite despegar la barbilla del pecho. Peo cuando lo hace, sonríe, bromea y mantiene intacta su ironía.
Cyrulnik -quizá eso le ayude a seguir de buen humor pese al dolor- es uno de los padres de la idea de a resiliencia. Etólogo y neuropsiquiatra, ha dedicado su vida a explicar cómo las personas pueden recomponerse después de un trauma como el que sufrió él mismo una noche, cuando con apenas seis años cuatro oficiales alemanes lo detuvieron por ser judío. Estuvo escondiéndose de la Gestapo los siguientes años y logró sobrevivir, pero sus padres fueron deportados a Auschwitz y no los vió nunca más. "Muchas investigaciones como la mía, parten de la propia experiencia", aclara ya acomodado en una butuca.
Cyrulnik ha sido consejero del presidente Enmanuel Macron y presidió la Comisión de los primeros 1.000 días creada por el jefe del Estado a su llegada al Elíseo. Un artefacto administrativo y consultivo para comprender cómo esa primera etapa de vida afecta de forma irreversible al desarrollo de los niños, a su capacidad para hablar y para relacionarse con el mundo. Todo en ese tiempo es esencial, relata, especialmente un contacto con el padre y con la madre lo más prolongado posible para desarrollar la evolución de nuestros vínculos afectivos, una teoría que ha expuesto en Cuando el amor se vuelve apego (Paidós, 2026). Pero Cyrulnik. más allá de su gran resistencia al dolor cervical, tiene también una extraña capacidad para predecir el futuro basándose en datos científicos que descifran el comportamiento de los más jóvenes. Y esta vez no trae buenas noticias.
P.- ¿Cómo ha pasado esta canícula?
R.- Mal. Pero al menos donde vivo no hace tanto calor.
P.- Podríamos apelar a la resiliencia lo que ha hecho falta en algunas casas francesas para soportarla.
R.- El término se inventó justamente para hablar de lo que ocurría después de una inundación o un incendio cuando otra forma de vida aparecía. Fueron los agricultores quienes forjaron la palabra a propósito de lo les sucedía a las flores: cuando hace calor se encierran en sí mismas para evitar la evaporación de la poca agua que tienen, y si esto se prolonga se convierten en una flor con espinas . Esa transformación define la resiliencia.
P.- Parece aplicable a los humanos también.
R.- Por supuesto. Fue la psicóloga Emmy E. Werner la que trasladó ese concepto climatológico o de territorio a la psicología para explicar como los niños traumatizados logran vivir de otra forma después de ese golpe.
P.-¿Hemos abusado del término?
R.- Sí, claro . Todas las palabras científicas han sufrido un abuso. El concepto ADN, por ejemplo. Cuando alguien dice: "Está en el ADN de la empresa", es todo lo contrario de lo que significa. No conoce la fórmula química que lo define. Ocurre lo mismo con la histeria, que hizo fortuna con Freud, pero que hubo que retirarla de las clasificaciones de enfermedades mentales porque se convirtió en un insulto a las mujeres. Pero la Resiliencia es un concepto sencillo: cómo comenzar un nuevo desarrollo después de un traumatismo. Después de una catástrofe hay tres caminos. Seguir como antes, no cambiar nada. Otra opción es votar por un dictador que promete seguridad y confianza. Un caudillo que dice: "Yo sé lo que hay que hacer". Y una tercera vía que es el renacimiento. Hoy, lamentablemente, cada vez hay más países autoritarios, sociedades desorganizadas socialmente, violentas, que no saben qué hacer y le dan el poder a un dictador al que eligen en las urnas.(...)
P.- Esa generación que iba a salir tan mejorada de la pandemia se ha vuelto más conservadora y religiosa.
R.- Están ansiosos. Hay demasiados cambios que generan trastornos. La escuela se ha convertido en el lugar que infunde miedo. A mí me salvó, pero hoy a los niños les genera inquietud. Los padres ponen demasiado peso en lo que ocurre ahí, les dicen que si fracasan están acabados. Y así lo convierten en un lugar de angustia. ¿Qué pasa si pierden un año o dos? Nada. Es mucho peor estresar a los niños, angustiarlos, robarles el sueño. Esa angustia es lo termina derivando en opciones políticas autoritarias.(...)
P.- Usted habla del apego en su libro y lo distingue del amor.
R.- En neuroimagen y psicología se establece una gran diferencia entre el amor y el apego. El amor es psicológicamente un trueno. Usted no sabe qué hace esa persona en la vida ni cómo se llama, pero le hace feliz. El apego, en cambio, es el amor intenso, prolongado. Y cuando obtenemos imágenes neurológicas vemos que el apartado de la recompensa está sobreestimulado en esos casos. El apego es el sistema de la memoria, hace falta una estabilidad afectiva para que el niño o la pareja aprenda a desarrollarlo. Y cuando sucede, tiene un efecto tranquilizador. Y eso, volviendo a la política, hace que no tengamos necesidad de dictadores...
Daniel Verdú. El País, domingo 16 de agosto de 2026.


















