lunes, 9 de febrero de 2026

Una frenética huida hacia delante, Marty Supreme

En los cines de EEUU, antes de Marty Supreme, proyectan un sustancioso reportaje sobre el personaje real en el que se inspira la nueva película de Josh Safdie. Marty Reisman, campeón estadounidense de tenis de mesa a finales de los años cincuenta, fue un jugador carismático y excéntrico cuya pícara personalidad  trascendió un deporte minoritario que, hasta entonces, poco o nada importaba en su país. Una edición de segunda mano  de sus memorias fue el detonante  de una película que en ningún caso es un biopic, porque como el propio Marty Reisman va por libre.

Josh Safdie ha emprendido este nuevo viaje sin su hermano Benny, aunque es imposible desligar Marty Supreme de los dos largometrajes que han convertido a estos neoyorquinos en los prometedores nuevos retratistas de su ciudad. La pulsión frenética de Nueva York y la crudeza de su submundo atraviesan las desasosegantes Diamantes en bruto (2019) y Good Time (2017), dos películas cuyo realismo sucio -saturado de color, rodado en película-, y su mundo de lumpen y parias, bebe de dos de las mayores influencias de los Safdie: John Cassavetes y Martin Scorsese.

La tercera influencia es más conflictiva porque está en sus propios genes. Ese ambiente disfuncional, corrosivo y caótico  que impregna su cine  nace de la turbulenta  relación con su propio padre, Alberto Safdie, un italiano de ascendencia sirosefardí que perdió la custodia de sus hijos siendo niños.

Quizá todo esto explique la fascinación de Josh Safdie por un personaje como el de Marty Supreme, un auténtico liante, un pillo escurridizo y seductor que salta de calle en calle, de mesa en mesa, de cama en cama para salirse con la suya...

En esa extenuante carrera, el trabajo de Timothée Chalamet es crucial. Todo parece indicar que el joven y ambicioso actor  al fin tendrá  su premio Oscar, y aunque tiene rivales para el recuerdo (el sprint final de Leonardo DiCaprio en Una batalla tras otra  se merece todas las medallas) su actuación es sin duda memorable. Chalamet convierte su personaje  en un tipo tan intratable e insoportable como en un torbellino de pasión capaz de todo dentro y fuera de la pista. Su actuación no da respiro, es un calambre permanente que, como el propio pimpón resulta magnético y un poco ridículo. Chalamet clava el tono. Su energía contagia al resto del reparto, una mezcla de actores profesionales  y amigos de Safdie que ofrecen el cortafuegos de su autenticidad a una trama exagerada.

Quizá es inevitable que tratando de lo que trata, Marty Supreme no llegue tan al fondo como sus anteriores películas. Además peca (como tantas) de estirar el chicle de su entretenido juego. Males menores al lado de su agilidad, su amor y su febril pasión, de una impresionante y taquicárdica banda sonora del músico de electrónica Daniel Lopatin (Oneohtrix Point Never) y del trabajo de Chalamet.

Elsa Fernández Santos. El País, martes 3 de febrero de 2026.

domingo, 8 de febrero de 2026

La ironía final de Martin Parr

Martin Parr delante de dos de sus obras de su exposición Short & Ssweet.
(Imagen: Alessandro Cimma/Zumma Press)

Hay un desello sarcástico y ácido en la mirada del fotógrafo británico Martin Parr (Epson,1952-Bristol, 2025) que muchos confundieron durante años con simple sentido del humor. No era lo mismo. Su análisis crítico de la sociedad de consumo, del imperio del ocio nacido a finales de los sesenta para colonizar los sueños aspiracionales de una población salida de la pobreza, era muy serio, aunque te hiciese sonreír y muchos no lo entendieran. La ironía final, sin embargo, la escribió el destino. Y Martín Parr, obsesionado con la lectura de su obra el día que él ya no estuviese, no pudo ver como París conmemoraba 50 años de su descomunal trabajo documental de nuestra época en Global Warning: la primera gran retrospectiva, involuntariamente póstuma, del artista británico, que puede verse desde hoy hasta el 24 de mayo en el Jeu de Pomme de la capital francesa.

Parr falleció el 6 de diciembre en su casa de Bristol. Sufría cáncer desde 2021, pero tenía planes, proyectos y exposiciones en marcha. Había terminado ya de diseñar esta Goblal Warning -un juego de palabras en inglés con calentamiento global y advertencia global- con el comisario y director del Jeu de Pomme, Quentin Bajac. "Trabajamos un año y medio. Quería hacer una exposición con los temas que ha tratado durante 50 años. Mezclamos imágenes más conocidas con algunas menos evidentes. La idea era demostrar que en cinco décadas ha tratado siempre los mismos asuntos. Estaba preocupado por cómo se leería su trabajo después de su muerte. Deseaba que, además del humor, se sintiese la dimensión monumental de su trabajo. Alguien que documentó la civilización del ocio pese a darle una dimensión ligera y humorística", explica Bajac.

No todo el mundo supo apreciar la propuesta creativa de Parr. Su idea de un mundo absurdo y grotesco. La construcción de un universo de objetos fútiles, costumbres banales, mal gusto y consumo guiado por un impulso casi mecánico. "Comprar hasta morir" rezaba el slogan de la época. Su mirada era uno de esos espejos  de los parques de atracciones que devuelven un reflejo monstruoso. En aquel caso de una Inglaterra real que corría a lomos del thacherismo en busca de una evasión rápida de fin de semana y ofertas en los supermercados.

A muchos les pareció entonces ligero, demasiado chistoso. Moralista. Incluidos algunos compañeros de la agencia Magnum cuando fue reclutado en la familia más selecta de la fotografía (que terminó presidiendo  entre 2013 y 2017). Y le afearon la mirada algo condescendiente de una clase social superior. Martín nunca quiso hacer un juicio moral de aquellos a quienes fotografiaba. Era crítico, pero aceptaba que él formaba parte del mismo problema. Y, sobre todo, rechazó cualquier tipo de heroísmo del fotorreportero clásico", apunta Bajac, dando un paseo por las cinco salas de la muestra.

La exposición aborda, en cinco secciones, nuestras turbulencias contemporáneas, a través de temas, motivos y obsesiones recurrentes. La manera en que el ocio transforma el entorno. Playa, turismo, consumo de masas, animales y tecnología. Todo está ligado directa o indirectamente al calentamiento global, a la destrucción del mundo. "Él decía que formaba parte de ese problema. Tenía una gran huella de carbono de sus viajes en avión; le gustaba ir a la playa aunque no supiese nadar, y hacer shopping. Pero reconocía el problema y lo documentaba".

Las playas eran un escenario perfecto. La impudicia de la carne sobrante, el bronceador, las impurezas de la piel. Un lugar alejado de la comunión con la naturaleza que sugería el imaginario colectivo sobre el mar y la arena. Un sitio, en el fondo, tan civilizado que seguías haciendo cola para comprar un helado. El tiempo perdido.

Global Warning contiene a todo Martín Parr.  One DayTrip, por ejemplo, muestra una serie de fotografías  de familias y grupos de jóvenes británicos que cruzaban en ferri desde Dover a Pas-de-Calais para hacerse con litros de alcohol en Francia, donde pagaban menos impuestos. El supermercado, sostuvo siempre Parr, era la primera línea del frente de una guerra por la atención  de los consumidores que degeneró luego en las adicciones tecnológicas.

Y la última sección de la muestra, dedicada precisamente a ese fenómeno, comienza con una serie de paisajes irlandeses donde fotografió viejas carrocerías abandonadas de automóviles Morris Minor corroídos por el tiempo contaminando la Tierra. Pero también a los primeros espectros humanos pegados  a los teléfonos móviles de finales de los noventa.

Ah, y los molestos palos-selfies que recorrieron las cumbres del turismo durante aquellos años: desde el Louvre hasta Venecia. Su extinción, hoy está claro, no fue la consciencia sobre lo idiota que podía llegar a parecer un humano, sino a la mejora de las ópticas. Ese recuerdo, sin embargo, será el único rastro documental que nos deja Parr para pensar  que el mundo puede haber mejorado en algo.

Daniel Verdú. París. El País, viernes 30 de enero de 2026.

sábado, 7 de febrero de 2026

No es una zapatería, es un palacio

Gherardo Felloni. (Imagen: Maison Roger Vivier)
Roger Vivier cambió la historia del zapato en el siglo XX. Su sucesor, el diseñador Gherardo Felloni, nos recibe en la nueva tienda insignia de la casa francesa en el centro de París. A Gherardo Felloni (Arezzo, Italia, 45 años) el destino siempre le ha enviado señales claras. Otra cosa  es que él las haya identificado tarde. Su misión desde 2018, llevar la dirección creativa de la icónica casa francesa  Roger Vivier, se le manifestó, considera Felloni, a los 19 años cuando iba a ser entrevistado para otro puesto. Mientras esperaba cogió un libro de una mesa para entretenerse, lo abrió al  azar, y allí estaba, nítida, la señal: a toda página el diseño de un zapato rosa firmado por Roger Vivier (1907-1998) en los años sesenta.

Casi una década después, Felloni, tenor y amante  de La Traviata, que empezó como becario haciendo fotocopias en Prada, se convirtió en el tercer director creativo de la casa francesa, sustituyendo a Bruno Frisoni, que estuvo 16 años en la maison. Para el hijo de un zapatero toscano, ocupar el lugar del creador de calzado más disruptivo  del siglo XX era algo más que un sueño cumplido, tenía que ser otra cosa, por ejemplo, el destino.

Roger Vivier tuvo una vida larga, murió con 91 años y nunca dejó  de ser un revolucionario, capaz de inventar en la misma década el stiletto (1955), el salón de satén con tacón  desmontable diseñado para Marlene Dietrich (1955) y el virgule 1963), un tacón en forma de coma, ideado junto a un ingeniero aeronaútico para cambiar  el paradigma del calzado elegante femenino. Para después de todo eso, en 1965, bajar a las burguesas  de las alturas con un zapato de hebilla cuadrada y tacón de tres centímetros, inspirado en el calzado masculino del siglo XVIII, que se avistó por primera vez junto al vestido Mondrian de Yves Saint Laurent en la Semana de la Moda de ese año y que luego pasó a la historia  en los pies de Catherine Deneuve en Belle de jour (1967), la película de Luis Buñuel. Desde entonces ese modelo se llama Belle Vivier. Según reportaba la edición parisiense de la revista Vogue, en diciembre de 1967 aquel calzado monacal llevaba varios meses en lista de espera.

Además, hizo a medida los zapatos de la coronación de Isabel II de Inglaterra, vistió los pies de Liz Taylor y las piernas de Brigitte Bardot con unas botas hasta la rodilla, creó unos botines estampados para el fotógrafo Cecil Beaton y zapatos para Gary Grant y John Lennon. Hace pocos meses en la primera colección femenina de Jonathan Anderson para Dior se reinterpretaron diseños de Vivier como un tributo contemporáneo a la larga colaboración  entre el diseñador y Christian Dior. Sus zapatos están en las colecciones del Metropolitan Museum of Art y en el Museo de la Moda de París.

Pues Felloni está dispuesto a convivir con esa leyenda, y con el talento y la energía de Roger Vivier. La marca, propiedad del grupo Tod's desde 2015, acaba de inaugurar en París la Maison Vivier, un hôtel particulier (así llaman en Francia a las casas palaciegas urbanas) del siglo XVIII en el corazón de Saint-Germain-des-Prés, donde se reproducen los gustos, el universo creativo y la intimidad del diseñador. Su amiga y embajadora de la casa Inès de la Fressange, con despacho propio en la nueva sede, ha ayudado a decorar el salón de acuerdo con sus recuerdos del apartamento parisiense de Vivier, donde ella estuvo muchas veces. El resultado es una mezcla de opulentos muebles del siglo XVI con esculturas asiáticas, máscaras africanas y alfombras étnicas. En los impolutos sofás blancos esperan las clientas de la casa y, si los fantasmas existen, por allí andarán también las energías de Vivier.

En el sótano de la mansión está La Salle des Archives, donde se guardan 270 de los casi 1000 creados por Vivier. Las condiciones de conservación son estrictas, 20 grados de temperatura y 50% de humedad. Los zapatos se conservan en unas cajas de tela gris hechas a medida. Es el único espacio que no se permite fotografiar. La pieza más antigua data de 1955.

Entre los lujos de la nueva casaVivier, Felloni menciona tener estos archivos a pocos minutos. "A unos diez pasos , diría. Solo tiene que bajar unas escaleras, pedir permiso y tocar lo que quiera. "Es una cercanía física, es real, creo que Vivier merecía tener un sitio como este en París donde se documentara y se cuidara cada día su legado"...

Karelia Vázquez. El País Semanal, 27 de noviembre de 2025

viernes, 6 de febrero de 2026

Cuando la moda resuelve el problema

Pelagia Kolotouros. (Foto: Jason Sean Weiss-BFA)

Cuando hace tres años, Pelagia Kolotouros (Nueva York, 53 años) entró por primera vez a los enormes archivos de Lacoste, lo primero que le llamó la atención no fue la patente del polo de 1933, ni los primeros cocodrilos diseñados por Robert George hace ya un siglo (la marca fue la primera en bordar un símbolo sobre la ropa a modo de logo) : "Fue la raqueta. Inventó la de acero, más ligera que la de madera, y además creó un sistema  en el grip que absorbía la vibración del golpe. Era pura resolución de problemas. Ahí me di cuenta de que esta marca va de eso, de aportar soluciones", cuenta la diseñadora por video llamada. Nacida y criada en Queens, Kolotouros lleva, como tanta gente, conviviendo con la marca del cocodrilo desde la infancia: "Después de clase, iba al parque  porque mis padres trabajaban. Y ahí estaban siempre unos niños jugando al tenis con camisetas que llevaban pequeños animales. De pequeña me parecía muy intrigante", rememora. Si Lacoste la eligió para sustituir a Louise Trotter como directora creativa  fue por su trayectoria anterior. Kolotouros siempre ha estado ligada a las prendas técnicas, ha diseñado para North Face o Adidas, entre otros, y, precisamente por eso, lo que más le sorprendió de la marca francesa fue aquella raqueta: "No era consciente al principio de esto. Pero al trabajar en marcas de este tipo mi pensamiento como diseñadora  es ese: qué problema estoy resolviendo y para quién. Todas esas firmas están  muy centradas en la relación entre el producto y su uso. Así que supongo que traje  esta lógica conmigo".DICE

El reto de Kolotouros es combinar ese pragmatismo con una estética propia  de las pasarelas y, en concreto, con ese estilo profundamente francés que aún  sigue dominando en Lacoste. "Llegar a París fue estresante al principio", dice. "Al final la cultura francesa lo impregna todo, de la idea de elegancia a la forma de trabajar, está en cada objeto. Cuando llegué me fascinó el fular, porque aquí lo usa todo el mundo, pero en Estados Unidos no, así que lo introduje a mi manera en mi primera colección y ahora está en todas", Cada vez que comienza a diseñar, pasa con su equipo  un día entero rebuscando en el archivo, "normalmente no empezamos por prendas sino por imágenes  de René Lacoste  que nos inspiran algo", explica. Su último desfile, celebrado el pasado febrero en París, convertía la pasarela en un vestuario, esa especie  de umbral entre la cancha y el mundo exterior, que es justo lo que Kolotouros  quiere reflejar en sus propuestas. Ella lo llama 'herencia tecnológica. "Por ejemplo, tenemos un tejido que es lana por un lado y por el otro una membrana impermeable. Tiene el componente de la lana por un lado  y te da esa sensación  de sastrería clásica, pero el interior es técnico. Es la integración de esos dos mundos", explica. "A veces es el material a veces el corte, lo importante es que sea ligero y haga fácil el movimiento que lleva". 

Kolotouros tiene una prenda favorita a la hora de diseñar :"La falda de tenis. El plisado nos puede parecer más o menos bonito, pero se nos olvida que está hecho para que las mujeres pudieran moverse. El diseño que no pasa de moda siempre es el que resuelve un problema", opina. Este pasado año, además de la estética asociada con este deporte se ha convertido en una de las tendencias urbanas más relevantes, con marcas de todo tipo apuntándose al polo y al plisado...

Pelagia Kolotouros es consciente de que es una de las pocas excepciones en un mundo de hombres vistiendo a mujeres, es decir, una de las pocas mujeres al frente de una gran marca. Cuando comenta varias veces durante la conversación  que su intención es hacer "ropa real  para una persona normal", conecta directamente con una tradición de diseñadoras que han introducido en las pasarelas ideas como la comodidad o el movimiento, que pueden parecer comunes , pero no lo son en absoluto  cuando se repasan las colecciones... Lo cierto es que es una de las pocas diseñadoras que se puede encontrar  a alguien  vistiendo su ropa tanto en oficinas, fiestas y supermercados sin distinción. "Lo pienso mucho, porque no quiero perder de vista  esa idea. Es una responsabilidad  pensar que estás haciendo  una prenda  en la que la gente va a invertir  para ponérsela mucho tiempo, pero para mí esa es mi meta de este trabajo". 

Leticia García. Smoda. El País, 31 de enero de 2026.

jueves, 5 de febrero de 2026

En busca de Chaix, el maquis anónimo

Hervé  Le Tellier delante del grabado en piedra con el nombre André Chaix.
(Imagen: Hélène Pambrun/Paris Macht)

Poco antes del éxito de La anomalía, Hervé Le Tellier se empeñó  en encontrar una "casa natal" en la que poder "inventarse unos orígenes". Cuando la encontró vio grabado en un muro un nombre desconocido: André Chaix. Era un joven maquis muerto a los 20 años tras una emboscada nazi. Y decidió contar su historia.

Periodista, editor, matemático, lingüista y narrador, nada en Hervé Le Tellier (Parí, 1957) es aburrido ni convencional. Acostumbrado a romper todas las reglas, especialmente las literarias, es miembro del grupo de experimentación  vanguardista OuLiPo desde 1992 y lo preside desde 2019. Editor de Raymond Queneau y autor de culto  gracias a su veintena de obras  (Justicia, Todas las familias felices... ), en 2020 ganó el premio Goncourt por La anomalía ( Seix Barral, 2021), un thriller especulativo donde evaluaba el comportamiento humano ante la posibilidad de encontrarnos cara a cara con nuestro doble. 

La anomalía lo cambió todo. Deslumbró a los lectores y a la crítica y se convirtió en el segundo Goncourt  más vendido de la historia, con más de un millón  setecientos mil ejemplares. Casi al mismo tiempo y mucho más divertido que asombrado por el éxito de su búsqueda, Le Tellier encontró la casa "natal" de sus sueños  en la aldea  de La Paillette, en Monjoux, cerca de Dieulefit. Refugiado allí  de la pandemia, un motorista enmascarado le llevaba puntualmente las pruebas de imprenta de La anomalía cuando  vio  por azar  un enigmático nombre grabado  en piedra frente a su nuevo hogar y decidió descubrir quién  era ese tal André Chaix.

En ese año de tiempo suspendido en la nada que fue 2020, Le Tellier vio también cerca de su casa  un monumento "en memoria de los niños  de Monjoux muertos para la patria". Debió de pasar cien veces junto al monumento hasta que, de nuevo por azar, se detuvo  y encontró, entre los siete héroes homenajeados, un nombre que parecía acosarle: Chaix, André (mayo de 1924 - agosto de 1944), y supo al fin que era el de un joven  miembro de la resistencia muerto a los veinte años. Lo cierto es que Chaix casi se convirtió en obsesión, pues de inmediato  supo que quería contar su historia, pero sin concesiones a la ficción  ni inventar nada, así que en una cajita fue archivando todo lo que tenía  que ver con la vida del héroe (fotos con su novia, Simone, con su familia, escritos, cartas, postales, octavillas y carteles). También la fotografía de una placa que le envió un amigo y que desvela el final de su historia: "Aquí, en Grignan, el 22 de agosto de 1944 un destacamento de FTP (Franco Tiradores y Partisanos (sic), fuerza que aglutinaba a las organizaciones armadas que dependían del Partido Comunista) del tercer destacamento Morvan se topó con una columna de tanques alemanes. Durante el enfrentamiento murieron siete jóvenes combatientes(...) No lo olviden quienes pasen por aquí ". Uno de ellos era Chaix.

El padre de André , Jean (2900-1983) era panadero en La Paillete y su madre se llamaba Marcelle (1903-1993). Tenían también un hijo menor, Marcel, nacido en 1924, cuyos descendientes dieron todo lo que conservaban de su tío abuelo para una exposición sobre héroes anónimos de la Resistencia, un material único que los organizadores dejaron a Le Tellier. Allí encontró su certificado de trabajo como aprendiz de Céramiques de Dieulefit, un recorte de diario que anunciaba su funeral el 12 de octubre 1949, cartas enviadas a sus padres y fotos, muchas fotos, montando a caballo, esquiando, junto a Simone, su primer y último amor, que aunque dos años más tarde se casó Con Lucien Jouve, siempre conservará  un sobre púrpura con una docena de retratos de André que custodiará su hija  como si de un secreto familiar se tratara. Le Tellier contempla sus retratos e imagina la voz del joven , admira su porte y le encuentra cierto parecido con Jean Gabin o incluso con Marlon Brando, un chico normal, rubio, sonriente y lleno de sueños. Cree Le Tellier que no estaba afiliado al Partido Comunista, y que se unió al maquis para combatir a los nazis. Su muerte, tras caer en una emboscada y ser ametrallado su convoy por una autometralladora  de la 11 división Panzer  n o fue inmediata. Con gravísimas heridas y una pierna desgarrada, fue trasladado al hospital de Valréas, adonde acudieron sus padres a velarle. Murió la noche del 23 de agosto de 1944.

Nuria Azancot. El Cultural, 23-1-2026.

miércoles, 4 de febrero de 2026

Lucía Iglesias. Soprano

Lucía Iglesias.

"No tuve más apoyo en mi carrera que estudio constante y riguroso". La soprano gallega Lucía Iglesias (Lugo, 2000) es una de las mayores promesas de su cuerda en España. Su carrera se forjó en A Coruña, donde comenzó en el coro infantil de la OSG (Orquesta Sinfónica de Galicia), con el que en el 2009 formó parte de Werther de Jules Massenet en el Festival Mozart. Ahora viene de debutar el pasado sábado con Sophie en la misma obra promovida por la ABAO(Asociación bilbaína de Amigos de la Ópera, en una producción del Teatro Comunale di Bolognia), que sirve una de las temporadas de ópera más prestigiosas de la escena española, en un reparto con nombres del prestigio del tenor Celso Albelo (Werther) y la mezzosoprano Annalisa Stroppa (Charlotte). Es parte de una agenda que lleva a Iglesias tanto a España como al extranjero. Recién salida del proyecto Crescendo del Teatro Real, es la primera soprano gallega en asumir un rol principal en la temporada bilbaína en varias décadas. Los próximos viernes y lunes (19,30 horas) se celebran las últimas funciones en el palacio Euskalduna.

-¿Cómo recuerda aquel Werther en el 2009 con aquel coro infantil de la OSG ?

-Conservo un precioso recuerdo del Werther de Graham Vick, marcó un antes y un después en mi vida. Me enamoré de la ópera desde dentro y descubrí mi verdadera pasión. Luego entré en el coro de la Orquesta Sinfónica de Galicia del que formé parte diez años, y comencé mis estudios en el conservatorio. Mi formación se orientó a ser cantante de ópera. No sé que habría sido de mi vida  de no haber formado parte de aquel Werther.

-Ahora debuta como Sophie en la misma ópera. ¿Un punto de inflexión en su carrera?

-Más que un solo punto de inflexión, mi carrera ha sido una evolución constante. En los últimos seis años, mis compromisos como solista han ganado peso, encadenando debuts significativos en Italia, España, EE. UU. Sophie es el inicio de una nueva etapa. Está presente en todos los actos, con dos arias y dúos con todos los roles principales. Es mi primer papel protagonista en un gran teatro de España; es un honor que confíen en mí para un reto de estas características, especialmente siendo una artista joven. Estoy muy agradecida al equipo de ABAO.

-¿Qué se lleva de la experiencia?

-El privilegio de trabajar con compañeros fantásticos que derrochan pasión por la ópera, te apoyan y hacen que el trabajo parezca un juego. Esa atmósfera es fundamental, ya que la ópera, es, ante todo, trabajo  en equipo. Además, a pesar de ser la solista más joven, me he sentido  valorada y querida por todos. Es un auténtico lujo trabajar así.

-¿Ha tenido suficientes oportunidades en su tierra? 

- Me siento muy orgullosa de decir que a mis 25 años he debutado en A Coruña, Santiago y Vigo, las tres ciudades con asociaciones operísticas. Aunque en Galicia no hay tanta oferta como en otras comunidades, me haría muchísima ilusión  hacer un debut  importante en mi tierra. (...)

¿Con qué sueña?

- Intento no obcecarme con roles o escenarios soñados. Nunca imaginé que a los 24 años debutaría  en el Teatro Real o que a los 25 cantaría  por primera vez en América. Es la prueba de que el trabajo da sus frutos. No tuve más apoyo en mi carrera que un estudio constante y riguroso, un proceso que me apasiona. Mi sueño  es cantar ópera por muchos años . Hay roles para los que me siento preparada, sobre todo Rossinis y Donizettis bufos. Mozart será importante en los próximos años y este junio haré mi primera ópera barroca en Hispanoamericana. Ojalá esta Sophie me abra las puertas  a hacer más ópera francesa. Un sueño a largo plazo es Manon, de Massenet o Lucía di Lammermoor, de Donizetti.

Hugo Álvarez Domínguez. La Voz de Galicia, jueves, 22 de enero de 2026.

martes, 3 de febrero de 2026

Boltanski y Messager, zapatos desparejados

Annette Messager, Ensemble AM-CB, 2022, Instalación zapatos.
(Imagen del Centre Pompidou de Málaga: cortesía de
 A. Messager y Marian Goodman Gallery)

Meses después de la muerte de Christian Boltanski (1944-2021, París), Annette Messager (nacida en 1943 en Berck, Francia) realiza la pieza Ensemble AM-CB en homenaje a su vida en común: un círculo con zapatos desparejados de ambos que parecen perseguirse hasta el infinito, aunque las punteras de algunos se enfrentan entre sí. La imagen condensa el propósito de esta exposición, que representa un diálogo inédito entre dos figuras fundamentales del arte contemporáneo.

Messager y Boltanski, que llevaban dos años coincidiendo  en inauguraciones, se conocieron en el Salon de Mai en 1970. A partir del flechazo expusieron juntos en algunas colectivas pero pronto decidieron  separar su vida privada  de sus trayectorias artísticas. Con razón, Messager temía que le colgaran el rol de musa, novia y luego esposa del artista. De hecho, la carrera  del autodidacta Boltanski despegó muy pronto: en 1972 ya se había incorporado  a la influyente  galería Sonnabend y participó en la mítica y entonces controvertida documenta5 comisariada por Harald Szeemann. El camino de Messager, que ya había ganado un premio de fotografía y realizado algunos cursos de grabado en la Escuela de Artes Decorativas, como para la mayoría de artistas mujeres, fue más trabajoso  y solo a finales de la década de los años ochenta obtuvo el reconocimiento internacional. que culminó veinte años más tarde con el León de Oro en la 51ª Bienal de Venecia.

Al margen del interés por desvelar esta relación, ocultada y poco conocida en nuestro país, y mostrar resonancias entre lo pesado y lo ligero en sus respectivas trayectorias, esta exposición muestra una treintena de obras singulares. Algunas tempranas y casi inéditas, otras raras e inesperadas, y grandes y muy destacas instalaciones, realizadas a partir  de 1968 hasta 2022, la mayoría de la ingente colección Pompidou. Un conjunto brillante cuyo recorrido persuade de los vasos comunicantes entre ambos, quizás en detrimento  del feminismo  de Messager  que ha quedado algo desdibujado.

Pertenecieron a la misma generación, crecieron a la sombra del existencialismo francés y compartieron la emergencia  de las mitologías cotidianas de Roland Barthes, la poética de la descripción de objetos  en el nouveau roman de Alain Robbe-Grillet y la pasión archivista y enumerativa  de Georges Perec. Referencias literarias, aunque en la entrevista incluida en el catálogo, Messager confirme las declaraciones de Boltanski, que no leía y prefería ver la televisión, siempre más interesado en la imagen fotográfica  que Messager incluiría en sus obras.

Mientras ella fue propensa a utilizar materiales blandos y textiles, a ambos les fascinaban los dispositivos de álbumes, vitrinas, cajas y compartimentos para recrear sus visiones de la existencia  en una suerte de atomización.

En cuanto a temas, identidad, memoria, la fragilidad de la vida y el juego entre lo íntimo y lo colectivo son algunas de las preocupaciones comunes que laten desde sus primeros libros de artista  y luego siguieron estimulando su rivalidad en ese pacto de artistas que les prohibía visitarse en sus respectivos estudios y hablar de las obras que estaban  produciendo mientras almorzaban. 

La correspondencia es perfecta en una colaboración  que realizaron excepcionalmente en 1976 para un museo de Bonn: el mural fotográfico Las imágenes modelo de Boltanski junto al mosaico La felicidad ilustrada, con dibujos coloreados de Messager, hacen patente  el interés de ambos por la banalidad de la imagen en la época de los medios de masas. Con su estilo amateur, son premonitorios de su multiplicación exponencial en las redes sociales de nuestro tiempo.

Pero también la sintonía es muy cercana formalmente en piezas muy significativas  de finales de los 80, cuando ya las dos pisan fuerte y con voz propia. El Monumento que Boltanski realiza tras la muerte de su padre, a modo de altar y realizado con materiales pobres, papel, hierro y bombillas, marca una inflexión en su trayectoria, cuando la iluminación se convierte en un elemento fundamental de su vocabulario emocional. De igual manera, remite esa iconografía religiosa Mis votos de Messager, un círculo firmado con multitud de fotografías  suspendidas  en cuerdas con fragmentos del cuerpo, a modo de exvotos del deseo...

Annette Messager y Christian Boltanski. Centro Pompidou. Málaga. Comisaria:Annalisa Raimundo. Hasta el 6 de abril

Rocío de la Villa. El Cultural, 23-1-2026.

lunes, 2 de febrero de 2026

"La vida fuera"

Tres nombres propios confluyen en La vida fuera. La actriz, profesora en el Centro Sperimentale de Cinematografía y escritora italiana Goliarda Sapienza (1924-1996), encumbrada entre las grandes de Italia por El arte del placer (Lumen, 2007), publicada a título póstumo en 1998. La prolífica actriz Valeria Golino (1966), que alternó el cine de Hollywood con el francés para finalmente asentarse en su país y ofrecer aquí uno de sus mejores personajes protagonistas.

Por último, el director y guionista Mario Martone (1959), con vitola de autor honesto, con una docena de largos desde los años 90, aunque sin lograr la excelencia y apostando por el drama. Compartiendo texto con su colaboradora habitual, Ippolita Di Majo, no sirve un biopic al uso, pero sí afronta un periodo clave en Sapienza, a partir de su ingreso en prisión  por un robo de joyas en una fiesta a la que fue invitada. No pasaba por su mejor momento y tenía problemas económicos.

Su experiencia de reclusa la llevó a conocer a otras mujeres en su situación  con las que hizo amistad, y aquellas vivencias reconducirían su trayectoria literaria. El filme se centra en una de ellas, una joven activista y libertaria (gran registro  de Matilda De Angelis), cuya relación acaba marcando el relato en su segunda parte, en particular para su renovada visión de la vida, y al cabo la génesis de la que será su mencionada obra póstuma. 

Martone opta en este caso por utilizar una caligrafía visual sin estridencias ni efectismos (algo recurrente en la variante carcelaria), con el recurso al flash back sin marcar las transiciones y proponiendo un retrato en femenino tal cual, sin condicionar sus actitudes, dejando campo al espectador.

Estamos en la Roma de 1980, que se refleja en la película en un exquisito cuidado en los ambientes, tanto interiores como exteriores, lo que contribuye al redondeo final, con una rotunda secuencia de cierre que trasluce a una Goliarda Sapienza muy diferente a la que abría la trama.

Miguel Anxo Fernández. La Voz de Galicia, sábado 13 de diciembre.

domingo, 1 de febrero de 2026

Francia saca a la venta joyas históricas para reducir su déficit

El palacio Saint-Melanie. (Ouest-France)

Francia busca equilibrar sus cuentas para reducir su abultado déficit y esto incluye cualquier operación que le pueda reportar ingresos, incluida la venta del patrimonio nacional. El Gobierno busca acelerar las transacciones de los bienes inmobiliarios a los que ya no da uso, algunos de ellos de gran valor histórico, susceptibles  de ser convertidos en viviendas u oficinas.

Hace unas semanas se firmó el acuerdo para ceder un palacio que era propiedad del Estado desde la Revolución Francesa. Puesto en venta a principios de año, el palacio Saint-Melanie, situado en la ciudad de Rennes (Bretaña) ha pasado a manos de un promotor inmobiliario que va a construir pisos y oficinas. Pertenecía al Estado desde 1793, pero estaba mal conservado e infrautilizado y desde 2019 vacío. Su patio y el edificio  están clasificados como monumentos históricos desde 1959.

El Estado francés cuenta con un patrimonio colosal: 200.000 edificios, con 90 millones de metros cuadrados de superficie y un valor de 70.000 millones de euros. Por comparar, Alemania  tiene bienes que abarcan 60.000 metros cuadrados.

 En una tribuna publicada en La Tribune Dimanche, el diputado Philippe Juvin incidía en la importancia de ceder parte de los activos estatales para reducir la deuda. "La gravedad de nuestra situación financiera debe obligarnos  a estudiar en detalle el tren de vida del Estado y el interés que tiene para las administraciones públicas seguir siendo propietarias de edificios a veces poco funcionales o inadaptados". 

Muchos de estos inmuebles son difíciles de readaptar y darles otro uso. El del palacio bretón no es el único ejemplo. Desde hace semanas se ha colgado el cartel de "Se vende" a la histórica prisión de Caen, en Normandía. Fue el lugar en que la Gestapo  sacrificó a 73 prisioneros, la mayoría de la Resistencia, como represalia tras el desembarco de los aliados de 1944. En el centro de la ciudad, es "uno de los centros penitenciaros más antiguos de Francia", dice el folleto de oferta, disponible en la página web dedicada a la venta del patrimonio estatal (donde no aparece su precio).

"En una circular de diciembre de 2021, el primer ministro (entonces Jean Castex) ordenó a los departamentos que identifiquen los activos del Estado, construidos o no, que estén disponibles y sean aptos para programas de vivienda, en particular pisos sociales, y los pongan a disposición para la venta", dice el documento. Entre los requisitos está "preservar el valor de la memoria del espacio", por ejemplo, mantener los patios y las placas en memoria de los 73 prisioneros masacrados  tras el desembarco de Normandía.

Hace unos meses el ex primer ministro François Bayrou  ya pidió acelerar la mejor gestión  del "colosal" patrimonio del Estado para reducir el excesivo déficit, que en 2025 ha alcanzado el 5'4%, muy lejos de los objetivos del 3% que marca Bruselas para 2029. Tras meses de negociaciones, ahora con Sébastien Lecornu como primer ministro, las cuentas se han aprobado por decreto. El Estado ha logrado vender algunas de sus joyas históricas, aunque no con el resultado esperado.

Raquel Villaécija. París. Negocios El País, domingo 25 de enero de 2026.

sábado, 31 de enero de 2026

Un 'croissant' entre la realidad y la ficción

París. La histórica "boulangerie" Moderne, escenario de "Emily in París", ha visto cómo su fiel clientela se transformaba en turistas y fans de la serie. La capacidad para distinguir la realidad de la ficción será, sin duda, la habilidad más importante del ser humano contemporáneo. Especialmente cuando los escenarios de su vida cotidiana aparezcan en la pantalla y no sepa ya si está comprando el pan o participando como extra en un capítulo de Emily in Paris (Netflix). Eso mismo comenzó a ocurrirle hace cierto tiempo a algunos vecinos y estudiantes del barrio latino de París, que solían hacerse con sus croissants, brioches y baguettes en la panadería Moderne, fabuloso templo de harinas e hidratos que lleva junto al Panteón más de 150 años encandilando a su clientela. Hoy, sin embargo, es también un lugar de peregrinación de miles de fans de la serie , que prevé estrenar su sexta temporada en 2026.

El mostrador de la Moderne, en la calle des Fossés Saint-Jacques, despacha sin pausa su estupenda repostería el viernes por la mañana. Hay bolsas con la tipografía de la serie firmadas por la actriz Lily Collins (la susodicha Emily). Algunas gorras. También turistas embobados ante la vitrina. Y algunos parroquianos habituales. Cada vez menos. "¿Lo de siempre, monsieur?, pregunta la dependienta a un cliente. Una japonesa, en cambio, hecha un mar de dudas con el móvil en la mano, se inclina por hacerse un selfi y largarse sin el aporte calórico.

Los franceses se ofendieron al principio por la representación que se hacía de ellos en la comedia creada por Darren Star (autor entre otras de Sexo en Nueva York, Melrose Place y Sensación de vivir). Clichés culturales, azúcar visual y boinas. Y en el barrio no tardaron en aparecer grafitis anti-Emily. "No eres bienvenida", rezaban. Incluso el dueño de la propia panadería terminó harto, después de que los turistas invadieran  su establecimiento y comenzasen a dejar reseñas negativas, incapaces de distinguir su vida de la de Emily. O incluso un buen pain au chocolat de lo que habían comido hasta entonces.

Thierry Rabineau, maestro pastelero, curtido en cocinas de medio mundo, sale del obrador  vestido de blanco, y ofrece un croissant al corresponsal, plenamente dispuesto a aportar su entusiasta valoración  mientras desayuna por tercera vez. "Antes teníamos muchos estudiantes y vecinos. Los clientes llegaban y sabían lo que querían. Era muy fluido. Ahora tenemos muchos turistas, y suelen ser intolerantes. Cogen una cosa, luego otra cosa y llegan a la caja, pro vuelven atrás otra vez. Nos desorganizan todo y, a veces, nos molestamos. Y ellos nos ponen mala nota en redes sociales. Pero no entienden que solo somos una panadería de barrio", señala Rabineau.

El barrio de la panadería es el mismo que los lugares comunes que transita Emily. Pero también es el de las grandes universidades parisinas como la École Normale Supérieur (ENS) o la Sorbona, donde estudió Guy Debord, teórico de la sociedad del espectáculo, la misma que impone ahora las urgencias del consumo a este pequeño obrador...

La panadería Moderna - el croissant, la brioche y la magdalena deglutidos por el periodista eran estupendos, que conste- es también un reflejo  de la mutación del barrio Latino, antiguo fuerte apache de la intelectualidad francesa, que ha transformado sus librerías en tiendas de moda y sus viejos cafés literarios -el Flore o Les Deux Magots- en decorados de Instagram donde tomar un capuchino a nueve euros. También ocurre en otros lugares , claro, como el Montmartre de Amélie o Lady Bug, arrasados por la idea preconcebida de los devotos de alguna de esas series, ataviados por la ciudad con alguno de sus complementos. La sexta temporada marcará definitivamente el hartazgo de los parisinos  respecto a su edulcorado retrato.

Daniel Verdú. El País, sábado 10 de enero,2026

viernes, 30 de enero de 2026

Jean-Guihen Queyras viaja de lo natural a lo universal con las seis suites de Bach

Jean-Guihen Queyras en 2022.
 (Foto:Marco Borggreve)
El violonchelista Jean-Guihen Queyras (Montreal, Canadá, 58 años) describe su primer contacto con la música de Bach como una experiencia física, casi corporal: una relación viceral con el sonido que percibía desde la cama cuando era niño. El músico francocanadiense lo recuerda en su libro de conversaciones  con Emmanuel Reibel, Bach: les Suites en partage (Premières Loges, 2022), donde evoca como cada domingo se despertaba con alguna de las cantatas grabadas por Gustav Leonhardt y Nicolaus Harnoncourt, que sus padres escuchaban a todo volumen  el comedor, justo bajo su habitación.

"Fue una suerte que mi primer contacto con Bach comenzará por música vocal", afirma Queyras mientras guarda el Stradivarius Kaiser 107 -que toca por cortesía de la Nippon Music Foundation- en la colorida funda pintada por su hijo, Jérémie. "Si realmente queremos comprender a muchos de los compositores que tocamos, hay que acudir a su música vocal, que nos habla y nos cuenta historias , como sucede también con Mozart o Schubert", añade.

El músico lleva casi cuatro décadas profundizando en la principal serie de composiciones que Bach dedicó a su instrumento: las Seis Suites para violonchelo solo, BWV 1007-112. Una maratón de casi tres horas que abordará en el Espacio Turina y en el  Auditorio Nacional de Madrid.

Queyras recibió a EL PAÍS durante su última visita a Madrid en el camerino del Auditorio Nacional, para hablar de esta colosal partitura barroca formada por seis sucesiones de un preludio y cinco danzas. Bach las tituló en italiano añadiendo el apelativo senza basso (sin bajo). Conviene recordar que el bajo es el elemento más importante sobre el que se puede empezar a cantar.

Habla de las suites como de un desafío competitivo sin precedentes. "No solo convierte en protagonista a un instrumento como el violonchelo, habitualmente relegado al acompañamiento, sino que además lo hace sin ese elemento fundamental que es el bajo, invitando al oyente a imaginarlo. Eso vuelve esta música profundamente filosófica", explica.

Tras dos grabaciones del ciclo para el sello Harmonía Mundi y varios centenares de interpretaciones en concierto desde 1987, Queyras es hoy uno de sus principales intérpretes. Su acercamiento partió de dos modelos decisivos desde la adolescencia: Pablo Casals, redescubridor del ciclo y primer violonchelista en grabarlo íntegramente entre 1936 y 1939, y Anner Bylsma, autor en 1979 del primer registro con instrumentos de época, empleando un violonchelo sin pica, cuerdas de tripa y arco barroco. "La primera grabación que escuché fue la de Casals", reconoce. Si Casals fue para él un modelo ético y humano, Bylsma le reveló una forma mucho más libre de afrontar las suites de Bach durante una clase magistral en el castillo de Villarceaux, en 1992. "Me enseñó a encontrar la irregularidad y a ser un poco más irracional, pero también a dar mayor expresividad  a las notas  que sugieren una armonía subyacente", explica.

Con el tiempo, el violonchelista ha desarrollado una lectura personal del ciclo como un viaje iniciático que va de lo natural a lo espiritual  y lo universal. "Para mí la primera suite es la naturaleza; la segunda cultiva la melancolía; la tercera es jovial; la cuarta, solemne y majestuosa; la quinta, la más dramática y oscura, y la sexta, luminosa, con una declaración  de amor universal", sostiene.

La conversación concluye con su compromiso  con Ucrania, país al que Queyras ha apoyado activamente desde la invasión rusa en 2022..."Quien visite Ucrania no solo sentirá empatía, sino admiración por sus habitantes. Tenemos que estar muy agradecidos  por lo que están haciendo", concluye.

Pablo L.Rodríguez. Madrid.  El País, lunes 19 de enero de 2026

jueves, 29 de enero de 2026

"Los amores inconstantes" un manual literario sobre el enamoramiento

Los amores inconstantes recopila cuatro novelas cortas del escritor y político Benjamin Constant, pionero de la narrativa psicológica francesa. Adolphe, una de las nouvelles que integran Los amores inconstantes, de Benjamin Constant, alude al alter ego del autor  y sus amores con Éllénore, inspirada en Germaine de Staël, escritora protofeminista, mujer culta y audaz conversadora con la que Constant mantuvo una relación prolongada que marcaría sus vidas. El volumen también reúne las obras Cécile, Amélie y Germaine y El cuaderno rojo

Benjamin Constant (1767-1830) fue un escritor, ensayista  y pensador político franco-suizo cuya obra ocupa un lugar central  entre la Ilustración y el Romanticismo. Fue un teórico del liberalismo moderno, dueño de una prosa sobria y reflexiva, y exploró los conflictos interiores y la tensión  entre libertad  personal, sentimiento amoroso y responsabilidad moral.

Narrada en primera persona, Adolphe, una de las primeras novelas psicológicas de la literatura francesa, analiza la incapacidad del protagonista para sostener en el tiempo el amor correspondido de Éllénore. Mas que el enamoramiento del protagonista -obsesivo, animal-, destaca la reflexión sobre la culpa y la pasividad emocional. "El amor lucha contra la realidad, contra el destino; la violencia de su deseo le engaña sobre sus fuerzas y lo arroba en medio de su dolor". Constant y De Staël vivían ya un apasionado romance, cuando, en 1798, ella, una mujer intelectualmente dominante, conoció a Juliette Récamier (también amiga de Constant), y esa atracción marcó a ambas en una especial sororidad ilustrada y romántica que parece ser sacada de una novela de Proust. Si a la primera la retrató Élisabeth Vigée LeBrun a la segunda lo hizo Jacques-Louis David. Germaine de Staël, mente fértil -autora de la novela Corinne-del periodo de transición que vio florecer el sentimentalismo en el Romanticismo, tenía 31 años cuando conoció a Juliette, esposa de un banquero, impulsora también de un salón literario y quizás la belleza más incontestablede la época, que tenía 21. El encuentro entre ambas define bien la expresión coup de foudre (flechazo). Ante ellas, 19 años de dulce condena. Lo contó de maravilla Maurice Levaillant en el ensayo Une amitié amoureuse. Una vez desviados como Constant con su asombrosa colección de amantes, seguimos con el intrépido autor.

Cécile, la siguiente de las nouvelles, narra de nuevo en primera persona la experiencia de otro personaje en guerra contra el aburrimiento y enamorado del amor. Después de haberse casado, según dice, por debilidad, con una mujer a la que había amado más por bondad que por atracción, y cuya mentalidad y carácter no eran de su agrado, aparece en su vida Cécile, con la que -después de que las cosas se alineen  para que cada cual se divorcie- se promete amor y fidelidad. Es evidente que surgirán impedimentos, frustraciones y excesos emocionales que dotan a la historia de atemporalidad. Nunca el amor es plenitud, siempre es problema. Cécile es otra novela psicológica pionera que comparte con Adolphe un desenlace semejante.(...)

El cuaderno rojo quizá sea la más conseguida, porque junto al enamorado  dispuesto a batirse a tiros emerge la agradecida figura del buscavidas, el tramposo y el viajero que descubre Inglaterra y Escocia. Maravilloso es el el enamoramiento  de Mademoiselle Pourras, sobre el que se leen  estas líneas que definen el talante de un autor que fundió persona y personaje: "Cuando se gusta ya a una mujer y ella desea entregarse, es bueno amenazarla con matarse porque se le da un pretexto decisivo y honorable. Pero, cuando uno no es amado en absoluto, ni la amenaza ni el acto producen el menor efecto. En toda la aventura con Mademoiselle Pourras había un error de raíz , y es que el romance solo lo vivía yo". Se han dado casos.

Use Lahoz. Babelia. El País, sábado 24 de enero de 2026.

miércoles, 28 de enero de 2026

"Bienvenus, les hommes". La verdad sobre el monje Ricard

Desde hace ya unos cuantos años, en la última remodelación  de leer y tejer concedimos un espacio semanal, los miércoles, para presentar  a aquellas mujeres que, en las noticias que reproduce el blog, destacan, bien por sus vidas, sus logros, sus compromisos...Nuestra intención era poner de relieve el  papel que desempeña la mujer en la sociedad de hoy. Hasta que hace unos días me di cuenta del error que estaba cometiendo. Como entiendo el feminismo al modo clásico francés, siendo mi referente Mona Ozouf (Les Mots des femmes), las mujeres compañeras de los hombres en pie de igualdad, a partir de hoy compartiremos el espacio de los miércoles con los hombres que tengan algo interesante que ofrecer.

El monje Ricard. (Foto: Raphaële Demandre)

Y para abrir esta nueva andadura, nuestro primer invitado es Matthieu Ricard de la mano de Javier Cercas: La verdad sobre el monje Ricard.

Conocí al monje budista Matthieu Ricard el 8 de octubre pasado, cuando ambos compartimos el plató de La grande librairie, el único gran programa de televisión  dedicado a los libros que se emite en Francia; Ricard habló de Lumières, un libro donde recoge fotografías realizadas durante los últimos 60 años en sus viajes por el Himalaya, la India, Nepal, Bután y el Tibet. Casualmente, seis días más tarde la cara de aquel hombre apareció a toda página en la web de este diario. "El hombre más feliz del mundo, un monje budista, no movió un dedo por los demás", rezaba el titular. El texto era un fragmento de una obra del historiador y periodista Rutger Bregman, y en él se afirma que Ricard ha practicado la meditación durante más de 60.000 horas y que un experimento realizado en 2001 por un laboratorio de la Universidad de Wisconsin estableció, gracias a unas imágenes del cerebro de Ricard obtenidas por resonancia magnética, que el monje francés era el hombre más dichoso del planeta. "Aquí tenemos" concluye Bregman, reprimiendo a duras penas su desprecio (o su indignación), "un tipo que ha pasado 60.000 horas -7.500 días laborales, el equivalente a 30 años de trabajo ininterrumpido- en su propia cabeza (...) 30 años en los que no movió un dedo para hacer del mundo un lugar mejor". ¿Seguro? 

Nacido en el corazón de la vida intelectual parisiense -es hijo del pensador Jean François Revel- , Ricard estudió Biología Molecular en el Instituto Pasteur y, después de presentar una tesis dirigida por François Jacob, premio Nobel de Fisiología, se consagró a la práctica del budismo tibetano. Desde entonces ha escrito diversos libros (sobre el arte de la meditación, en defensa del altruismo, de la felicidad, de los animales) y ha participado en numerosas investigaciones publicadas en revistas científicas dedicadas a la bacteriología, a la psicología, a la psicología social, a la neurociencia o a la neuropsicología. Ricard también es fotógrafo: un fotógrafo extraordinario, como demuestra Lumières y proclamó Henri Cartier-Bresson. "La vida espiritual de Matthieu y su cámara fotográfica son una sola cosa", escribió el magistral fotógrafo francés. "De allí surgen imágenes fugitivas y eternas". ¿De un hombre que ha hecho todas estas cosas se puede decir que no ha hecho nada para mejorar el mundo? ¿No contribuyen  el pensamiento, la ciencia y el arte a que la realidad sea  un lugar más habitable? Por si su respuesta es "no", añadiré que Ricard fundó en el año 2.000 una asociación sin ánimo de lucro, Karuna-Shechen, que lleva dos décadas y media desarrollando y gestionando programas de asistencia primaria, educación y servicios sociales para atender a los grupos de población más necesitados  del Tibet, la India y Nepal, con especial  atención a las mujeres y las jóvenes (Karuna Shechen trabaja con socios locales para garantizar que sus programas  respondan a las necesidades y aspiraciones de las comunidades indígenas). Se dirá que lo que Bregman le reprocha a Ricard no es que no haya hecho nada durante las 60.000 horas -los 30 años- que dedicó a cultivar su propio bienestar, meditando. Para eso tengo dos respuestas. La primera es que, igual que no puede ser sublime ininterrumpidamente (Baudelaire), no se puede ser ininterrumpidamente altruista. La segunda: ¿y si las 60.000 horas dedicadas  a su propio bienestar son precisamente las que le han permitido a Ricard contribuir de manera tan notable al bienestar de los demás? ¿Es posible ayudar a los demás si uno no es capaz de ayudarse a sí mismo?¿No será la felicidad personal una condición necesaria para contribuir a la felicidad colectiva?.

Tranquilos no me he convertido al budismo, tampoco me hice amigo de Ricard en La grande librairie: disculpen la petulancia, pero yo de quien soy amigo es de la verdad. Y la verdad es que Bregman  no pudo elegir peor ejemplo. Ambición moral, se titula su libro. Pero una cosa es predicar la ambición moral y otra muy distinta es practicarla: lo primero es lo que hace Bregman; lo segundo, lo que hace Ricard. Lo primero gusta mucho; lo segundo, menos.

Javier Cercas. El País Semanal, 7 de noviembre de 2025.

martes, 27 de enero de 2026

"Art déco" en el vórtice de la modernización

Vista de la exposición "Alegorías de un porvenir" en el Banco de España.
(Foto: Banco de España)

Alegorías de un porvenir. "El modernismo es nuestro clasicismo, nuestra Antigüedad clásica", escribió una vez Frédic Jameson  glosando al cineasta e intelectual alemán Alexander Kluge. Esta cita es útil para referirnos a una exposición donde diferentes niveles de significado se superponen. He aquí una caja  o máquina de tiempo: desde el presente podemos percibir los anhelos y las proyecciones de un pasado no tan lejano, pues no llega al siglo, pero que ahora después de décadas de modernización  y progreso capitalistas, se antoja remoto, antiguo. Literalmente parece otro mundo y, sin embargo, es el nuestro. A través de exposiciones históricas como esta, aunque planteadas desde un punto de vista  contemporáneo, podemos llegar a comprender nuestro presente un poco más. 

Alegorías de un porvenir parte de la ampliación entre 1927 y 1934 de la sede del Banco de España en Cibeles. Esta ambiciosa renovación a cargo del arquitecto navarro José Yárnoz Larrosa (1884-1966) estuvo marcada por la elección del estilo art déco, convertido en la época en un idóneo lenguaje estético "institucional". Este conjugaba bellas artes, ingeniería, arquitectura y decoración en lo que entonces, de manera incipiente, comenzaba a llamarse  "integración de las artes". Desde el volumen monumental del edificio, lleno de transparencia y diafanidad, a la carpintería metálica, el diseño lo engloba todo. A la vez que perpetuaba el stato quo, el idioma visual ordenado y sin estridencias rupturistas del art déco ofrecía confianza y estabilidad, modernidad y progreso. (Ya se sabe que el horizonte de toda transacción financiera  es siempre el futuro). Se entrelazan así como en un poliedro, arte, historia, economía y poder al servicio de una sociedad anónima y privada pero, al mismo tiempo, una de las instituciones más importantes para el Estado antes y después de la Segunda República.

El secreto detrás de alguna alegoría es siempre alguna clase de ideología o enunciado complejo resumido en una imagen. De este modo podemos observar dos hermosas vidrieras restauradas que se exhiben enfrentadas por primera vez representando, alegóricamente la "industria" y la "agricultura". Estos vitrales atribuidos a Alberto Martorell fueron fabricados por la prestigiosa empresa de origen francés Maumejean Hermanos, con sedes en San Sebastián, Barcelona y Madrid. La heroica figura masculina de la vidriera industrial es la viva imagen  de la modernización  y la productividad incesantes; un hombre de porte atlético en una composición centrípeta, marcadamente vorticista, articulada por líneas concéntricas que refuerzan el dinamismo  al son de las vanguardias futuristas, revolucionarias  y reaccionarias al mismo tiempo.

Estas cristaleras marcan el tono junto a un buen número de grandes cartones originales e inéditos que idealizan el trabajo manual y retoman tipos  humanos del costumbrismo regional. Se trata por lo tanto de una modernidad controlada, sin grandes riesgos aunque de gran belleza.

La pequeña sala de entrada concentra de un modo algo abigarrado el músculo conceptual de la exposición: se abre con Paisaje (Camí Antic de Vilanova) (1890) de Ramón Casas i Carbó, el paisaje pelado de un camino de tierra, una vía férrea y un tendido eléctrico; su modernidad  -tanto en su forma  como en su contenido- es tal que cuesta creer que fuera pintado en esa fecha. Ahí se presentan algunas de la "joyas" de la colección del Banco de España que representan el shock moderno, aquel estallido brusco (y dialéctico) entre tradición y modernidad entre clases plebeyas y burguesas e industriales: Sorolla, Vázquez Díaz, Benjamín Palencia, Gutiérrez Solana, junto  a otras sugestivas piezas provenientes  de importantes instituciones y museos.

Como necesario contrapunto, la exposición ofrece un apartado al subterráneo blindado de la Cámara del Oro excavado a 35 metros de profundidad. Fue desde aquí de donde partió el famoso  "Oro de Moscú", es decir la venta en la Unión Soviética -y también en París- de casi setecientas toneladas de oro para que este no fue capturado por el bando sublevado y poder financiar así la compra de armamento durante la Guerra Civil. La dureza de las condiciones de trabajo en su construcción se exhibe en fotografías y documentos de época, como la noticia de la huelga de hambre llevada a cabo por los trabajadores  el 21 de julio de 1934. De repente el idealismo y el oropel del decó se esfuma y transmuta en testimonio de la clase trabajadora. Este episodio añade una porción de realismo al sublimado estetismo del entorno.

La exposición concluye con una concisa aunque imprescindible contextualización del decó a partir de la exposición Internacional de 1925, que sirvió para su institucionalización como epítome de modernidad ejemplificando la elegancia  y funcionalidad de la arquitectura de Mallet-Stevens, que Yámoz Larrosa conoció de primera mano. Una pintura parisina entre simbolista y dandi, de Alfonso de Olivares -una de las figuras de nuestra modernidad más misteriosa y desconocidas- nos dice hasta luego mientras nos recuerda de nuevo las relaciones  y las tensiones  entre modernidad y clasicismo. Todo esto hace de esta exposición un laboratorio de la historia que merece ser visitada.

Peio Aguirre. El Cultural, 16-1-2016.

lunes, 26 de enero de 2026

Una distopía abierta a un mundo de colores. "Arco"

Triste y a la vez optimista, distópica y utópica, Arco es una película de animación francesa de ciencia ficción que viaja dese un turbulento futuro cercano a un tiempo mucho más lejano en el que caben la esperanza ecologista  y los colores. Ópera prima del dibujante Hugo Bienvenu. Arco da un salto entre  2.075 y nueve siglos después para hablar de soledad infantil, inteligencia artificial, cambio climático y amistad. El filme, además, es candidato al premio Oscar en la categoría de largo animación.

 La película de Bienvenu destinada a un público familiar, cuenta la aventura de Arco, un niño de diez años hijo de una especie de héroes voladores del arcoíris, que desobedece a sus padres y cae por accidente en un pasado (nuestro futuro próximo) hostigado por incendios y tormentas. Allí se encuentra con Iris (el juego con los nombres Arco e Iris es desde su origen en español), una niña que recibe los cuidados de su robot Mikki, mientras sus padres que trabajan lejos son hologramas a los que no puede abrazar. 

En su viaje entre el siglo XXI y el XXX, Arco resulta deudora del anime del Studio Ghibli japonés o de E. T., y de los viajes en el tiempo de dos referentes del cómic galo inevitables en el universo de la ciencia ficción: Moebius y René Laloux. Aún así, el debut en el largometraje de Bienvenu -reconocido ilustrador francés de cómics, director de corto metrajes de animación, vídeos musicales, anuncios de Chanel y hasta pañuelos de Hermès- da señales de una amplia personalidad propia que recoge elementos de su obra gráfica (como el robot Mikki) para hablar de memoria poshumana  o de un futuro capaz de renacer  con las ideas de la arquitectura regenerativa.

El principal potencial de Arco está en muchas de sus ideas (las gafas de los personajes adultos , el personaje de Mikki, el juego de puertas a otros mundos del colegio...), pero también en su dosis de ternura, en su emotiva recta final  y en un guion que evita caer en una realidad de héroes y villanos. Con una música y un coro de voces bien orquestadas, en su versión original en francés cuenta con algunas tan conocidas como las de Louis Garrel y Vincent Macaigne, , que ponen sus cuerdas vocales al servicio de esos delincuentes de gafas  de arcoíris que, desde su marginalidad se dejan cegar por la esperanza que propone este debut.

Elsa Fernández Santos. El País , viernes 23 de enero de 2026. 

domingo, 25 de enero de 2026

Una Ilustración para el siglo XXI

Proponer el retorno a los valores y principios de la Ilustración en pleno siglo XXI es un síntoma de cuánto nos incomoda el presente y además una fórmula para mejorar las cosas. Porque reivindicar la vieja Ilustración dieciochista implica declararse muy crítico con la actualidad y volver la mirada al programa renovador  que propuso edificar un mundo basado en los actos de la razón y una actitud optimista acerca de lo humano. Como Kant escribió, la Ilustración es un movimiento pivotante sobre la razón y el juicio dirigido a superar la superstición y el oscurantismo. Fue una verdadera revolución del espíritu en cuyo centro, como si fuera un foco de luz, estaba instalada la racionalidad. De ahí su nombre, Ilustración, Iluminismo o época de las Luces, denominación compartida por sus practicantes, tan diversos en sus enfoques pero que comulgaron con una misma actitud optimista hacia lo humano, sus logros y la posibilidad real de progreso. 

De aquí parte el ensayo de Ricardo Moreno Castillo (Madrid, 1950), quien desde el mismo título declara que estos valores ilustrados, arrinconados desde el siglo XIX, deberían rescatarse  porque constituyen  el más rico patrimonio de pensamiento y acción que ha producido la cultura occidental. El libro comienza con una introducción que permite al lector conocer que piensa el autor sobre un magma tan extenso como profundo. Es un espléndido preámbulo acerca de la Ilustración como movimiento del XVIII y sobre todo porque desgrana las razones que justificarían el retorno al programa de las Luces para reverdecerlo en el siglo XXI. Como Moreno asegura, este capítulo inicial no quiere ser una mera introducción a la Ilustración; es otra cosa, una especie de confesión de autor, un registro de cuáles son las más relevantes ideas ilustradas. Y lo más importante para articular su ensayo, justifica aquí la necesidad  de recuperarlas  y actualizarlas en nuestra propia década.

Siguen después más de cuarenta capítulos breves, todos entre dos y diez páginas. Cada uno toma el título de algún término destacable para formalizar ese rearme ideológico y moral que se postula, como, por ejemplo: Amistad, Educación, Ética, Felicidad, Feminismo, Justicia, Libertad, Igualdad, Optimismo, Razón, Tolerancia y otros tantos. Es obvio que la elección de los títulos de las partes deriva de modo directo de la subjetividad del autor, pero no es menos cierto que todos ellos siempre entrarían en cualquier caracterización  de la cultura ilustrada que propusiese un especialista. Para justificar la selección de los temas de los capítulos, el ensayista escoge breves fragmentos  de obras  de autores ilustrados  para luego hilar un texto que él califica  como glosa  de los párrafos destacados. Pero yo diría que el resultado es más que eso. Lo que hace es exponer su propia e intemporal visión de los caracteres ilustrados, todos ellos recuperables como soluciones probables a nuestra actualidad averiada. Así es como el libro interpela  al lector, transmutado en miembro crítico de una sociedad y de una política con evidentes necesidades de mejora.

El ensayo de Ricardo Moreno, y es una rareza en nuestro panorama, se sitúa a caballo de la historia del pensamiento iluminista y la búsqueda de soluciones  a los problemas  contemporáneos en las obras de los escritores ilustrados. Algunos de esos dilemas son los fantasmas de nuestro tiempo, ese que orgullosamente ha creído  superar las inestabilidades modernas para caer  en las débiles certezas de los tiempos llamados posmodernos.

Adolfo Carrasco. El Cultural, 14-1-2026.

sábado, 24 de enero de 2026

El otro clan de los marselleses

Cabanons en Les Goudes.
Entre las aguas turquesas de las Calanques y el cemento urbano de Marsella, un puñado de vecinos intenta mantener viva la tradición del cabanons, unas casitas de pescadores convertidas hoy en símbolo nostálgico de un modo de vida que se desvanece bajo la presión del turismo y la fiebre por los paisajes de postal. En Marsella, el  paraíso está a tiro de piedra. Basta con dar un par de volantazos desde el centro para salir del caos urbano y aislarse  en lo que los marselleses llaman  con lirismo "el fin del mundo". Estamos a las puertas del parque nacional  de las Calanques  pero todavía  no hemos salido de Marsella: Les Goudes y Callelongue son los últimos barrios al sur de la ciudad. Aquí, el paisaje se vuelve mineral y, al contemplar la metrópoli al otro lado de la orilla, resulta extraño que pensar que no estamos en otro planeta, sino a un paso del bullicio de la ciudad con una reputación cuestionable. Esta leyenda negra se ha ido diluyendo con la llegada los últimos años de un turismo joven que busca una foto instagrameable: calas paradisiacas, tumbones de diseño y barquitos de madera.

En este rincón de aguas turquesas y piedra caliza donde un puñado  de vecinos lucha por preservar lo que llaman "el arte de vivir a la marsellesa", resumido en una vida tranquila a las puertas de un cabanon. Lo cantaba en los años treinta Alibert, mito de la canción popular marsellesa: todo lo que pide un marsellés para ser feliz es un pequeño cabanon al borde del mar. "Eran casas que la gente construía por su cuenta, cogiendo un trozo de terreno. Hoy se diría que son okupas porque no pagaban", explica Camille Assante di Cupillo, vecino de Les Goudes de 87 años, Él recuerda que la primera vez que estuvo en una de ellas era aún un recién nacido: "Mi padre me metió en una cesta dentro de un barco, mientras mi madre y mi abuela  venían en tranvía desde Marsella y luego a pie". Por aquel entonces, 28 barcos de pescadores trabajaban el Les Goudes; hoy solo quedan cuatro.

Eran otros tiempos. Marsella era una ciudad obrera, estrechamente ligada al puerto y a las fábricas que, en el siglo XIX, se instalaron  en las colinas sur. Los industriales habían construido algunas viviendas alrededor de las plantas, que tras su cierre fueron ocupadas  por trabajadores. Muchos pescadores de la ciudad recuperaron  estos terrenos al borde del mar y, con unos ladrillos y muebles viejos, levantaron sus cabanons. La clase trabajadora marsellesa pudo así disfrutar de una residencia secundaria donde refugiarse los fines de semana, los veranos, o cuando el viento obligaba a dejar el mar.

Hoy, la historia de estas casitas está viviendo sus últimos momentos. El turismo supera ya los niveles previos a la pandemia y ha atraído a nuevos vecinos, mayoritariamente de la región parisiense y con más recursos, aunque también extranjeros. Anni Woelh, de 39 años, lleva tres años viviendo en Les Goudes. "Vine por primera vez a Marsella buscando un lugar en el Mediterráneo al que pudiera llegar en tren. Me enamoré de la ciudad y vine una y otra vez". Original de Hamburgo, trabaja a distancia para su propia empresa de reciclaje y aprovecha los descansos para darse un paseo junto al mar. No habla francés pero eso no le ha impedido trabar amistad con un vecino, de 86 años, con el que come a menudo. El resto de su círculo son extranjeros. "Para mí, como alemana, a veces es demasiado que todo el mundo quiera hablar conmigo. Aquí la gente tiene mucho tiempo para charlar" Venía con la ambición de encontrar una vida más tranquila y reconoce que pasa la mayor parte del día trabajando en su cabanon, de unos cuarenta metros cuadrados, el tamaño medio de estas casitas.

Con una fachada pulida, bancos de cemento y vigas de madera, el café La Boissonnerie destaca en la anarquía de casas desiguales de la calle Désiré Pelaprat, la principal, un ir y venir constante de excursionistas y locales. Cécile Bonacchi, de 29 años, ha abierto el negocio del cabanon de su bisabuelo. "Sé por los mayores este fue uno de los primeros cabanons del siglo XIX. Mi madre lo heredó, pero llevaba 10 años abandonado", Desde la  covid, los precios se dispararon: un cabanon renovado de 26 metros cuadrados se vendía en octubre por 335.000 euros. "Para alguien de París o de Lyon eso no es mucho, pero para nuestros hijos es imposible", lamenta Assante di Cupillo.

María Valderrama. El País Semanal, 3 de diciembre de 2025.

viernes, 23 de enero de 2026

La bacanal sonora de Ravel

François-Xavier Roth. (Imagen: ELESPANOL.COM)

El francés François-Xavier Roth acomete un sugerente programa en el Auditorio Nacional y el Palau de la Música Catalana. Combina a Mozart y Debussy con el Ravel más desatado y dancístico. En la lustrosa temporada de la Filarmónica es el turno de la Orquesta SWR de Stuttgard, un magnífico conjunto que ya nos ha visitado muchas veces con distintas batutas. Lo hace en esta ocasional mando de François-Xavier Roth, antiguo rector de la Orquesta Gürzenic de Colonia y fundador de la Joven Orquesta Europea Hector Berlioz. Hay que decir que se trata de un maestro muy solvente, buen analista y amigo de los vigorosos contrastes. Riguroso antes que especialmente imaginativo. En esta ocasión nos plantea el martes 20 de enero en el Palau de la Música Catalana de Barcelona y el miércoles 21 en el Auditorio Nacional de Madrid, un suculento programa constituido por dos obras francesas de carácter impresionista y una clásica. 

Esta última es el Concierto para flauta  nº 1 en Sol mayor; K 313(8285c) de Mozart, una partitura diáfana, de un melodismo extraordinario, compuesta en 1777, lo mismo que el Concierto nº2 y un Andante, para el ricacho holandés De Jean, que luego, como muy modesto intérprete que era, no fue capaz de tocarla. En el tempo di menuetto final el compositor ensayó una de las formas que mejor habría de desarrollar con posteridad: la sonata rondó.

Antes de escuchar ese Concierto para flauta, en el que será solista el gran Emmanuel Pahud, otro habitual en nuestro país, Roth y sus huestes ofrecerán una pieza clave, el Preludio a la siesta de un fauno de Debussy. Pese al distinto carácter no nos hallamos  muy lejos  de la inquietud de las disonancias del Preludio de Tristán e Isolda de Wagner. Es el mismo Debussy quien, defendiendo una total libertad de componer , sin contar con la polifonía ni con la subordinación a la melodía principal, definía, y eso es aplicable a muchas otras de su obras: "Un acorde en la estructura del sonido es como un ladrillo en un edificio. Su verdadero valor dependerá del sitio que ocupe y del apoyo que le preste la curva flexible de la línea melódica". 

La acción del poema se desarrolla al atardecer en las playas de Sicilia. Un fauno se ha cansado de correr tras las ninfas y se tumba al sol. La música representa el sueño de este fauno turbado por pensamientos amorosos. Tras satisfacer sus deseos cae postrado en un sueño profundo. La sensualidad tímbrica y armónica, la sutileza cromática de la melodía, la suspensión del solista sobre móviles fondos armónicos son en verdad sorprendentes y pregonan una libertad absoluta  frente a los esquemas  constructivos del sinfonismo clásico.

La fiesta sonora se cierra con la Suite del ballet Daphnis et Cloé de Ravel, presentada en 1911 en París. "Una de la más bellas obras de la música francesa", según Stravinski. Ravel llegaba aquí a la cima de su arte orquestal definido, entre otras cosas, por la limpieza y transparencia de texturas, la nitidez tímbrica, la funcionalidad armónica, la sabiduría  instrumental , la belleza de los temas, siempre caracterizados  por el lirismo, la sólida delineación  y el poder de comunicación. Es espectacular la Danza general, dominada por el rompedor ritmo de 5/4 (curiosamente, el de zortziko es de 5/8, que es la base de una auténtica bacanal sonora de la danza.

A. Reverter. El Cultural, 16-1-2026.

jueves, 22 de enero de 2026

"Casos reales". Un catálogo de tristezas

Hubert era el menor de cuatro hermanos; su madre, alcohólica y violenta, pegaba  a su marido  y a sus hijos, de la mañana a la noche. "El problema de los bofetones -declaró Hubert frente al tribunal que le juzgó años después por asesinato cuádruple, agravado por el descuartizamiento de los cadáveres- no era la cantidad, sino que eran traicioneros imprevisibles". La historia  de Hubert Caoussin integra Casos reales, el último libro de Yasmina Reza (París, 1959). Después de una adolescencia perdedora, sin éxito con las chicas, Hubert conoce a Lydie y los dos se mudan a una granja. Lydie, sin amigas, arrastra a su vez una infancia de abusos y maltrato. "Son jóvenes pero carecen de ligereza", comenta la escritora. Hubert empieza a desarrollar un trastorno mental. Oye voces, pierde el trabajo. La pareja se obsesiona  con que la familia de ella les oculta una fortuna inexistente, que solo está en su cabeza. Reza observa: "El hombre ha sido absorbido por un sistema cerrado que convierte cada interrogante  en certeza y que no deja pasar los matices de la realidad. Todo lo agrede, todo conspira para hostigarlo". Hubert se cuela una noche en la casa de su cuñado y lo mata con un pie de cabra; a continuación hace lo mismo con su mujer y sus dos hijos. En un punto de la narración, Reza con una frase que podría aplicarse casi a cualquier personaje del libro, dice, sobre la vida de Hubert previa a los asesinatos: "Un catálogo de la tristeza como los que se pueden examinar en todos los tribunales penales. Nada que pueda reducir el aspecto vertiginoso  del acto a la comprensión".

Reza asistió durante más de 15 años a estos procesos judiciales, que sintetiza y expone con extraordinario virtuosismo narrativo. Gracias a su habilidad para encadenar detalles significativos, el libro se despliega como una retahíla hipnótica para el lector. La autora de Un dios salvaje, más que ordenar los hechos  bajo una lógica tranquilizadora, los describe, en toda su aspereza, con precisión desconcertante. Se sienta en la sala y toma notas. No reproduce juicios ni expedientes; se limita a dar una concisa impresión de lo que escucha, y ofrece el retrato oblicuo de los procesados a partir de los testimonios del resto. Muestra una economía extrema: escenas breves, datos y frases que componen, en tres o cuatro páginas, vidas completas. Las historias se alternan con escenas de su vida cotidiana  que enseñan lo cerca que está la vida de cualquiera, incluso la del más virtuoso. de la del criminal más abyecto. (...)

Entre los procesos judiciales se abren espacios personales. Reza recuerda a un mendigo de su barrio al que nunca ayudó y que, tras un invierno muy duro, desapareció. No hay confesión ni arrepentimiento explícito; solo la constatación de una omisión que ya no puede corregirse. Hay recuerdos de amigos, de Imre Kertész, Roberto Colasso, Bruno Ganz o Luc Bondy, aderezados con anécdotas de la vida literaria. En el centro del libro está Sarkozy y la financiación libia de su campaña en 2007; Reza ya dedicó un libro  espléndido  al político francés, El alba, la tarde, o la noche. Reza menciona ese libro para delimitar su imagen del expresidente: "Con el paso de los meses empecé a verlo como uno de mis personajes habituales, más allá de toda esperanza". en pocos párrafos perfila a un hombre de poder, "que se conforma con datos brumosos siempre  y cuando le parezcan positivos. Tras ocho días de vista de apelación, su percepción de Sarkozy y sus cómplices se fija en una imagen casi teatral: "Me costó ver a los señores Azibert, Herzog y Sarkozy bajo otra forma que no fuera la de un pavo real, un vendehúmos y un hiperangustiado".

Reza transforma la crónica judicial -como ya hizo con la crónica política en el libro citado sobre Sarkozy- en material literario de primer orden, pero sin elevarla ni ennoblecerla. Los textos guardan un sutil  parentesco con su teatro, por la atención  al diálogo, a la escena, y al instante en que se dice  algo que ya no puede retirarse.

Alberto Gordo. El Cultural, 16-1- 2026.