
Varios jugadores del Red Star en su estadio con su afición.
(Sopa images/Lightroccket via Gettyimages)
A diez kilómetros al noreste del Parque de los Príncipes, encajonado entre un gran edificio de protección oficial a cuyas ventanas se asoman sus habitantes los días de partido, y un complejo de modernas oficinas acristaladas, se alza un templo para miles de aficionados, pero también una metáfora de la transformación de este viejo suburbio obrero.
El Stade Bauer es el lugar del club de fútbol más antiguo de la ciudad, fundado en 1897 por Jules Rimet, padre de la Copa del Mundo. Una institución contracultural en el fútbol moderno, inclusiva, antifascista y contraria a la deriva del negocio global de este deporte. "Esto es otra cosa. Es verdad que últimamente las gradas se han llenado de muchos bo-bos (término francés que sintetiza las palabras bohemio-burgués ), pero sigue manteniendo una entidad propia, alejada de otros clubes", explica Jean-François, socio de un club convertido en una bandera de la izquierda.
El Red Star, más allá de la evocación comunista que sugiere su escudo y los cánticos de su grada, debe su nombre al logotipo de una naviera. Sus mejores años deportivos terminaron con la II Guerra Mundial, con cuatro copas francesas en el periodo de entreguerras y una última a principios de los cuarenta. Fue entonces cuando Rino della Negra, rapidísimo delantero del equipo, pasó a formar parte del grupo de la Resistencia Manouchain. Detenido por los nazis, fue procesado sumariamente a comienzos de 1944 y fusilado en la fortaleza de Mont-Valérin el 21 de febrero de ese año junto a 23 compañeros de lucha, cuatro de ellos italianos. Hoy está enterrado en el cementerio de Ivry-sur-Seine, pero la grada donde se colocan los ultras cada semana lleva su nombre.
El club emparentado con otros equipos de barrio con inclinaciones de izquierda como el Rayo Vallecano en Madrid o el Sankt Pauli en Hamburgo , se jugaba hace dos semanas el ascenso de la Ligue 1 contra el Montpellier. También la posibilidad de ver en la misma competición a tres equipos de París , mucho más jóvenes que el club de Saint-Ouen: el todopoderoso PSG, el Paris FC, nuevo juguete de la familia Arnault (propietarios del grupo LVMH) y el antisistema Red Star.
El estadio Bauer no tenía ni un asiento libre ese 9 de mayo , el club está ampliando las gradas para tener más capcidad desde que lo compró un polémico fondo de inversión que se dedico a especular con el suelo del feudo. "Flis, arbitre ou militaire, qu'est qu'on ne ferait pas par un salaire", se escucha en la grada ultra (Poli, árbitro militar, no todo vale para conseguir un salario"). El bar despacha bocadillos de merguez halal y cerveza IPA. Los niños juegan en las bocas del estadio. No hay insultos , racismo, homofobia, violencia. "Por no haber , a veces no hay gritos de ánimo", lamenta un aficionado con un tono sardónico. "Hay que gritar más, caramba", insiste.
El clima de concordia es total, en el minuto 80 se respira ya alivio. Pero el equipo se despista y el Montpellier empata a tres minutos del final y obliga a jugar una eliminatoria de play-off al Red Star contra el Rodez Aveyron, pero que tampoco superará algunos día después. Otro año en segunda. Otro sin mezclarse con la élite, los derechos de televisión y los enormes ingresos por publicidad. Quien sabe, quizá eso sea una bendición.
Daniel Verdú. El País, sábado 23 de mayo de 2026.



















