
Deslumbra esta recreación histórica de Gianluca Jodice (Nápoles,1973), cuidando mucho de no situarse por encima de la trama y evitando la pedantería visual. El cuadro panorámico capta la grandiosidad de los escenarios mientras refuerza la sensación de claustrofobia del rey Luis XVI, la reina María Antonieta, sus hijos y unos pocos acompañantes, desde aquel 13 de agosto de 1792 en que fueron trasladados como prisioneros al Temple, torre sita en el centro de París y promovida por los templarios en el XIII. La revolución había triunfado y el soberano pasó a ser el ciudadano Luis Capeto. Todo eso y su posterior decapitación -meses antes de la de su consorte- es bien conocida, pero el guion coescrito por el casi debutante Jodice -es su segundo largo- junto al más experimentado Filippo Gravino, se centra en lo que tuvo de traumático cambio de rol para quienes la realeza emanaba de un mandato divino y pasaron a ser ninguneados, humillados y degradados por aquellos a los que la monarquía hizo lo propio durante siglos.
En esta inmersión en los últimos días del monarca fue fundamental el libro publicado en Londres en 1798 por Jean-Baptiste Cléry, ayuda de cámara personal del rey, que le acompañó en su prisión y logró eludir la guillotina. Mención especial para Guillaume Canet como protagonista, transmitiendo su permanente desconcierto, incluso en su relación con una reina -Mélanie Laurent, excelente- que nunca renuncia a su dignidad desde la conciencia de saber su destino. A esa impresión ayuda el manejo de la luz, con una paleta de colores que colabora a la apariencia de gran filme, aunque en las antípodas de una cargante superproducción de época, tirando de ritmo sobrio, diálogos ajustados, cuidado trabajo de casting -los rostros parecen sacados de pinturas del XVIII- y una elegante música de Fabio Massimo Capogrosso, como en tono de réquiem. En la producción asociada está Paolo Sorrentino, una garantía.
M. A. Fernández. La Voz de Galicia, domingo, 5 de julio de 2026.
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