lunes, 3 de agosto de 2026

"Los últimos días de María Antonieta" (Le déluge)

Deslumbra esta recreación histórica de Gianluca Jodice (Nápoles,1973), cuidando mucho de no situarse por encima de la trama y evitando la pedantería visual. El cuadro panorámico capta la grandiosidad de los escenarios mientras refuerza la sensación de claustrofobia del rey Luis XVI, la reina María Antonieta, sus hijos y unos pocos acompañantes, desde aquel 13 de agosto de 1792 en que fueron trasladados como prisioneros al Temple, torre sita en el centro de París y promovida por los templarios en el XIII. La revolución había triunfado y el soberano pasó a ser el ciudadano Luis Capeto. Todo eso y su posterior decapitación -meses antes de la de su consorte- es bien conocida, pero el guion coescrito por el casi debutante Jodice -es su segundo largo- junto al más experimentado Filippo Gravino, se centra en lo que tuvo de traumático cambio de rol para quienes la realeza emanaba de un mandato divino y pasaron a ser ninguneados, humillados y degradados por aquellos  a los que la monarquía hizo lo propio durante siglos. 

En esta inmersión en los últimos días del monarca fue fundamental el libro publicado en Londres en 1798 por Jean-Baptiste Cléry, ayuda de cámara personal del rey, que le acompañó  en su prisión y logró eludir la guillotina. Mención especial para Guillaume Canet como protagonista, transmitiendo su permanente desconcierto, incluso en su relación con una reina -Mélanie Laurent,  excelente- que nunca renuncia a su dignidad desde la conciencia de saber su destino. A esa impresión ayuda el manejo de la luz, con una paleta de colores que colabora a la apariencia de gran filme, aunque en las antípodas  de una cargante superproducción de época, tirando de ritmo sobrio, diálogos ajustados, cuidado trabajo de casting -los rostros parecen sacados  de pinturas del XVIII- y una elegante música de Fabio Massimo Capogrosso, como en tono de réquiem. En la producción asociada está Paolo Sorrentino, una garantía.

M. A. Fernández. La Voz de Galicia, domingo, 5 de julio de 2026.

domingo, 2 de agosto de 2026

Marc Bloch, un historiador en el Panteón

Lápida en el cementerio de La Bourg d' Hem, Francia. 
(Philippe López, AFP/Getty Images)

Estremece leerlo. El 17 de junio de 1944, 10 días después del desembarco de Normandía y a unas semanas de la liberación, un atestado de la gendarmería de un pueblo del norte de Lyon recoge la presencia de 28 cadáveres en un prado junto a la carretera nacional y dos supervivientes escondidos. El fusilamiento de los miembros de la Resistencia francesa ordenado por la Gestapo se había escuchado  hacia las nueve de la noche anterior. Son todos hombres. Uno de ellos lleva la insignia de la Legión de Honor. Otro es ciego, junto a él un bastón. Tienen entre 17 y 58 años. El mayor con un traje príncipe de Gales gris azulado, es identificado como Blanchard, seudónimo del jefe de la Resistencia de Lyon. El domingo 18 de junio, después de la misa, se entierran, en la localidad los cuerpos de los asesinados siguiendo el rito católico. Entre ellos el apodado Blanchard -en prisión desde marzo y torturado hasta la agonía por orden  de Klaus Barbie-, del que más tarde se sabrá que era judío, capitán en la reserva y profesor de Historia en la Sorbona. Se sabrá también que, según dejó escrito en 1941, deseaba para sí un entierro exclusivamente civil. El "desconocido número 14" es Marc Bloch. Entró en el Panteón, el lugar de la memoria de los hombres ilustres de Francia (también en teoría  de las mujeres), el 23 de junio de 2026.

Para quienes aún creen en un radical compromiso ciudadano, Marc Bloch encarna la moral en acción, enfrenta  a la sociedad francesa  a la responsabilidad  y la reparación de quien fue privado de sus derechos cívicos por la legislación antisemita y ofrece un modelo inusual de un profesor universitario, el más viejo capitán del ejército francés, padre de seis hijos y de salud frágil, convertido en héroe de la Resistencia. Para quienes practican las ciencias humanas y sociales, en particular historiadores e historiadoras, es uno de los más brillantes y honestos representantes de una irrepetible generación que transformó para siempre  el análisis de las sociedades pasadas y presentes, algunos de cuyos miembros sufrieron su mismo destino. Fundador con Lucien Febvre en 1929 de Annales d'histoire économique et sociale, en 1941 tuvo que soportas la "amable arianización" de la revista, es decir, la desaparición en 1941 de su nombre en la cabecera, sugerida por sus colegas no judíos para evitar represalias. Algunos de estos colegas hicieron poco por mantenerlo en su puesto académico; otros, Augustin Fliche, historiador de la Iglesia medieval y entusiasta colaborador del régimen de Vichy - al que Bloch calificaba de "babosa inmunda"-, se emplearon a fondo para hacerle desaparecer, en todos los sentidos. También en 1941 su biblioteca personal de 7.000 volúmenes fue expoliada y trasladada a Alemania.

A pesar de actuaciones tibias y momentos oscuros, la llamada escuela de los Annales, y particularmente el legado de Marc Bloch, cambiaron en las décadas siguientes la forma de analizar la historia y de iluminar e interpretar  sus manifestaciones  y actores más allá de guerras y memorables hazañas protagonizadas por grandes hombres. Es autor de textos de una dolorosa clarividencia como La extraña derrota, testimonio ético y autoreflexivo sobre el hundimiento  de Francia y la implantación del régimen de Vichy. También de Apología para la historia, una obra inacabada, escrita casi exclusivamente a base de recuerdos entre 1940 y 1943, que comienza con la pregunta  de uno de sus hijos: "Papá, explícame para que sirve  la historia", y donde reivindica que la facultad para aprehender lo vivo es la principal cualidad  del historiador. Desde la publicación póstuma de estos escritos, su estatura no ha hecho más que crecer.

Para quienes nos dedicamos al estudio de la Edad Media, Marc Bloch es simplemente el más grande historiador medievalista del siglo XX. Es una de las primeras lecturas que nuestros buenos maestros en la universidad nos recomendaron, una presencia necesaria y viva, un lugar de la memoria en sí mismo. Las obras de Bloch desvelaron la complejidad de la sociedad medieval a través de una visión integral y creativa anclada en el oficio del historiador, empírico, conceptual y metodológico. La manera en la que analizó la sociedad feudal en todas sus dimensiones y caracterizó su horizonte social, económico, político y mental, inauguró una nueva manera  de abordar viejos problemas  y de abrir caminos para otros nuevos...

En 1977, las cenizas  de Marc Bloch fueron entregadas a su familia. Se inscribió en su sepultura Dilexit veritatem (amó la verdad), respondiendo a su deseo expresado en 1941. En 1944, cincuentenario de su asesinato, se creó en Berlín  el Centro Marc Bloch de investigaciones franco-alemanas en ciencias sociales. Laissez Marc Bloch tranquille, M. Sarkozy, escribió en Le Monde su nieta Suzette Bloch cuando en 2009 el presidente francés intentó convertir a Marc Bloch  en corifeo de una ideología identitaria de la nación francesa totalmente ajena y enfrentada  a su visión del mundo. En 2026, ha cruzado las puertas del Panteón el primer historiador.

Ana Rodríguez es profesora de investigación  en el Instituto de Historia (CSIC).

El País, sábado 27 de junio de 2026.

sábado, 1 de agosto de 2026

"Así viví 1900". Un mundo nuevo a la sombra de la Torre Eiffel

La historiadora Pauline de  Pange, tataranieta de la filósofa y escritora Madame de Stäel, narró en el primer tomo de sus memorias, publicadas en 1962, el lento declive de la aristocracia durante el cambio de siglo. Una narración íntima, casi familiar, sobre una clase social hermética y ensimismada.

¿De qué se hablaba en París a principios de 1900? Si nos fiamos de Pauline de Pange (1888-1972), se comentaban los inminentes cambios en el paisaje de la ciudad, la gente señalaba con el dedo los Campos Elíseos, donde se veía una inmensa obra a cielo abierto, y decía que allí se iban a levantar dos nuevos palacios; los paseantes calculaban cuánto tardarían  en terminar el puente  de un solo arco que cruzaría el Sena y la excavación  de la primera línea de metro, y miraban con asombro  los monumentos de cartón piedra que colonizaban las calles. La Gran Noria que se elevaba junto a la Torre Eiffel era una de las construcciones que más fascinación causaba.

¿Cómo sonaba París alrededor de 1900? Ahora que casi han desaparecido los adoquines y el neumático está inventado, es difícil imaginar el infernal traqueteo de aquellos coches, ni siquiera comparable  con el ruido de los motores de hoy. Según De Pange, al volver del campo, donde su familia pasaba los meses cálidos, ese rugido  urbano se le metía en los oídos y tardaba días en pactar con él, si es que llegaba a acostumbrarse. Ciertas calles como la rue de Solférino, ancha y recta, estaban pavimentadas con madera, y allí el estruendo de las ruedas y de los cascos de los caballos se soportaba aún peor. Si en una calle muy ruidosa había un enfermo, esparcían paja delante de su puerta, para amortiguar el ruido.

Pauline de Pange nació en París el año que se terminó la Torre Eiffel, en una familia de aristócratas y hombres de Estado. Perteneció a una élite impenetrable durante lo que se ha dado en llamar la Belle époque, que en su acepción más amplia abarca desde el final de la guerra franco-prusiana, en 1871, hasta el estadillo  de la primera guerra mundial. Su infancia transcurrió en una burbuja de frivolidad, lujo y elegancia que ella observa seis décadas después, en el momento de redactar estas memorias de aire privado, casi familiar, con benevolencia y comprensión. Durante aquellos años, la irrupción del capitalismo propició un ascenso repentino de la burguesía.  Gracias a su dinero, industriales y otros potentados fueron robando espacio a una aristocracia apoltronada, hasta entonces todopoderosa que fue incapaz de advertir la aceleración de la historia. La autora retrata esa caída desde dentro, con precisión y cierta candidez, sin entrar en juicios de valor. No alardea de su clase, pero tampoco critica sus excesos.

En apenas una década, la casa de los Broglie -un palacete en el distrito VIII de París- pasó de tener docenas de criados a solo catorce el año en que ella se casó, 1910. La familia tuvo problemas financieros después de que su padre heredara un título que incluía varias granjas y mil setecientas hectáreas de bosque en Normandía, lo que obligó a vender obras de arte para mantener las fincas. Así viví 1900 describe una aristocracia aún en el poder -su abuelo fue ministro y presidente del consejo de ministros- y ensimismada, que lo ignora todo del pueblo y de los cambios que están por venir; ella misma no parece muy al tanto de la situación de la gente corriente. Es reveladora la escena en que De Pange cuenta candorosamente cómo su padre, señor de un castillo en Anjou, alguien según ella tímido y callado, se pasea por las calles del pueblo estrechando las manos de campesinos y obreros, dando palmaditas  a los niños y escuchando atentamente las quejas y las reclamaciones. "¡Viva el príncipe! ¡Viva el diputado!, le gritan unas figuras más bien de cartón piedra, como las de los monumentos de la Exposición Universal que por entonces surgían en París(...)

De Pange narra con viveza y elegancia -con un estilo de regusto antiguo, perfectamente conservado en la traducción-, desde una perspectiva privada, hitos como la invención del cinematógrafo o la introducción del teléfono y la electricidad en las casas. Y señala cuánto  preocuparon a las élites ciertos sucesos como el incidente  de Fachoda o el caso Dreyfus, ante los que la aristocracia, por supuesto, se situaba siempre del lado más lesivo para la sociedad, que solía ser  también el que menos perjudicaba sus intereses. Mientras narra sus paseos por el Bois de Boulogne o el parque de Bagatelle, la autora desovilla la lenta pero inexorable caída de una clase y una organización social irrepetibles, una decadencia que, en el caso de su familia, tuvo un eco inesperado después, en la parte de su biografía que no se cuenta en estas memorias (pero sí en la introducción ). De Pange, en sintonía con su tiempo, dejó la vida más bien estéril de tantas mujeres de su clase y se convirtió en una de las primeras damas de la alta sociedad francesa en doctorarse en Letras por la Universidad de París. Más tarde llegaría a ser una traductora e historiadora respetada, además  de editora excepcional de Madame de Stäel, su tatarabuela. cuya obra ordenó, comentó y ayudó a difundir.

Alberto Gordo. El Cultural. 15-5-2026.