jueves, 6 de agosto de 2026

"El cielo y las ruinas"

Simone Weil, ataviada con un mono de miliciana  que esconde un cuerpo  en el que no se intuye  ni un solo músculo bien formado, fusil al hombro mira a la cámara entre desubicada y orgullosa a través de sus gafitas de intelectual. Esta fotografía siempre me ha producido  una mezcla de ternura y admiración. La reencuentro en el libro El cielo y las ruinas, de Juan de Andrade, quien escribe estas palabras sobre la filósofa desclasada que entendía el compromiso  como condición vital. "Para Weil la práctica política exigía ser consecuente con el deseo, con toda la intensidad del deseo, pues entre el desfase entre deseo y práctica anidaba la hipocresía". Simone Weil es una de las protagonistas de esta obra monumental. Su vida y los otros personajes de la historia sirven como motor y brújula de un dispositivo narrativo que arranca en la Gran Guerra europea y concluye en la guerra civil española.

En su introducción  a El cielo y las ruina, Enzo Traverso alaba la ambición, la capacidad analítica y narrativa histórica de Juan Andrade y la originalidad de su enfoque. Para quienes admiramos y seguimos el trabajo de Traverso, su introducción crea unas expectativas que se cumplirán con creces. Este libro de más de 800 páginas es denso, de digestión lenta y lápiz en la mano, no tanto porque su lectura sea dificultosa sino porque en cada página hay un dato  significativo, una estimulante relación de eventos, una reflexión de profundidad, un personaje apasionante o una cita que transporta a ese momento del pasado en el que condensa una idea, un fenómeno, un sentimiento, una sensación. Este libro está escrito con meticulosidad, rigor, perspicacia y talento narrativo.(...)

La importancia de este libro para comprender el pasado europeo es indiscutible, pero su valor no acaba ahí. En este presente amenazado por nuevas versiones de antiguas violencias, la lectura de El cielo y las ruinas es, me atrevo a decir, urgente. Hay pasajes de ecos ensordecedores, como el pasaje  de la movilización fascista de las masas a partir de la construcción sistémica de un discurso sin contenido pero lleno de rechazo y odio; o el de la apropiación por parte del fascismo  de significantes movilizadores de la izquierda a los que se vacía de contenido para darles una significación  que neutraliza al anterior: entonces fue "revolución", ahora "libertad". Andrade también nos recuerda que las revoluciones fracasaron -porque fueron derrotadas por la maquinaria represiva del Estado o porque se institucionalizaron y totalizaron- pero "crearon condiciones  para la conquista de derechos y libertades" que disfrutamos hoy y que hasta hace poco parecían inquebrantables, como el sufragio universal o la reducción de la jornada laboral. Juan de Andrade nos hace más conscientes de las ruinas -metafóricas y reales- sobre las que se asiente nuestro presente  y también, no lo olvidemos, de las posibilidades de transformarlo.

Edurne Portela. Babelia. El País, sábado 4 de julio de 2026. 

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