Las biografías de Sergué Diáguilev (Selischi, Novgorov, 1873-Venecia,1929) conviene leerlas entre líneas, tal como nos obliga Sjen Scheijen; imaginar situaciones, interpretar sus palabras, cotejar y poner en duda los recuerdos de sus amigos...y recordarnos a cada paso que este gran hombre noveló su propia historia a base de repetir una y otra vez las anécdotas más extravagantes para conseguir narrar una vida que quizás adivinaba como extraordinaria desde el principio. Por ejemplo, las supuestas fructíferas intercesiones de Alfonso XIII o el Papa para conseguir mover sus Ballets Russes por una Europa envuelta en la Primera Guerra Mundial, cuando fueron en realidad las gestiones de la diplomacia francesa las que lo consiguieron. Criado entre Perm y San Petersburgo en una familia acomodada y culta que le dio una educación amplia y una curiosidad sin límites, y guiado por la sensibilidad y el instinto de su madrasta, Elena Diáguileva, el joven Serguéi aprendió a jugar sus cartas con habilidad prodigiosa para superar la posterior ruina económica de su padre y liderar en pocos años la vida cultural en la Rusia de los zares. Uno de sus primeros logros relevantes, la revista Mir iskusstva (El mundo del arte), no parecía reflejar su posterior ansia por las rupturas estéticas y formales en arte, pero sí sentó las bases de lo que sería su vida profesional en la que trabajo, amistad y amor convivían en una zona gris, atractiva y no siempre armoniosa, pero llena de emociones. Con su grupo de amigos compartió éxitos y fracasos, y muy pocas de aquellas relaciones de juventud resistieron los envites del paso del tiempo.
Con ellos habían nacido también sus primeras exposiciones de pintura e incursiones escénicas. En realidad, no fue su ansia de volar lo que le llevaría a triunfar poco después en París con sus temporadas de ópera y ballet sino sus continuas desavenencias en el establishment de la Rusia imperial a cusa de su carácter indómito e insolente. Obligado a desplazar sus actividades, poco a poco, a Europa occidental aprendió a convertir los obstáculos en oportunidades. Tras su estrellato parisino en 1909 llegaría una vorágine de estrenos, encargos, ballets, artistas, amantes, riñas viajes... enturbiada por su anhelado e imposible regreso triunfal a Rusia, que desemboca en una muerte temprana -parece diseñada también con esmero por el propio empresario- en su ciudad favorita, Venecia: la que antes había enterrado a su admirado Wagner y más tarde acogería a uno de sus colaboradores más frecuentes, Ígor Stravinski.
En el fondo, todos los libros sobre sus Ballets Russes son también, inevitablemente, estudios sobre su vida. De todos los proyectos artísticos que lideró, ese fue en el que volcó todo su entusiasmo y pasión, dejando tras él una estela de amantes jóvenes a los que llevó al estrellato, como Váslav Nijinsky, Léonide Massine, Serge Lifar e Ígor Markévich...
Un libro como este sobre Diáguilev es mucho más que la historia de su vida: es, en realidad, un fascinante viaje en el tiempo que nos incita a disfrutar del arte más intensamente y a lamentar no haber podido asomarnos, aunque fuera brevemente, a cualquiera de sus estrenos.
Elena Matamoros. El Cultural, 17-7-2026.

No hay comentarios:
Publicar un comentario