domingo, 8 de febrero de 2026

La ironía final de Martin Parr

Martin Parr delante de dos de sus obras de su exposición Short & Ssweet.
(Imagen: Alessandro Cimma/Zumma Press)

Hay un desello sarcástico y ácido en la mirada del fotógrafo británico Martin Parr (Epson,1952-Bristol, 2025) que muchos confundieron durante años con simple sentido del humor. No era lo mismo. Su análisis crítico de la sociedad de consumo, del imperio del ocio nacido a finales de los sesenta para colonizar los sueños aspiracionales de una población salida de la pobreza, era muy serio, aunque te hiciese sonreír y muchos no lo entendieran. La ironía final, sin embargo, la escribió el destino. Y Martín Parr, obsesionado con la lectura de su obra el día que él ya no estuviese, no pudo ver como París conmemoraba 50 años de su descomunal trabajo documental de nuestra época en Global Warning: la primera gran retrospectiva, involuntariamente póstuma, del artista británico, que puede verse desde hoy hasta el 24 de mayo en el Jeu de Pomme de la capital francesa.

Parr falleció el 6 de diciembre en su casa de Bristol. Sufría cáncer desde 2021, pero tenía planes, proyectos y exposiciones en marcha. Había terminado ya de diseñar esta Goblal Warning -un juego de palabras en inglés con calentamiento global y advertencia global- con el comisario y director del Jeu de Pomme, Quentin Bajac. "Trabajamos un año y medio. Quería hacer una exposición con los temas que ha tratado durante 50 años. Mezclamos imágenes más conocidas con algunas menos evidentes. La idea era demostrar que en cinco décadas ha tratado siempre los mismos asuntos. Estaba preocupado por cómo se leería su trabajo después de su muerte. Deseaba que, además del humor, se sintiese la dimensión monumental de su trabajo. Alguien que documentó la civilización del ocio pese a darle una dimensión ligera y humorística", explica Bajac.

No todo el mundo supo apreciar la propuesta creativa de Parr. Su idea de un mundo absurdo y grotesco. La construcción de un universo de objetos fútiles, costumbres banales, mal gusto y consumo guiado por un impulso casi mecánico. "Comprar hasta morir" rezaba el slogan de la época. Su mirada era uno de esos espejos  de los parques de atracciones que devuelven un reflejo monstruoso. En aquel caso de una Inglaterra real que corría a lomos del thacherismo en busca de una evasión rápida de fin de semana y ofertas en los supermercados.

A muchos les pareció entonces ligero, demasiado chistoso. Moralista. Incluidos algunos compañeros de la agencia Magnum cuando fue reclutado en la familia más selecta de la fotografía (que terminó presidiendo  entre 2013 y 2017). Y le afearon la mirada algo condescendiente de una clase social superior. Martín nunca quiso hacer un juicio moral de aquellos a quienes fotografiaba. Era crítico, pero aceptaba que él formaba parte del mismo problema. Y, sobre todo, rechazó cualquier tipo de heroísmo del fotorreportero clásico", apunta Bajac, dando un paseo por las cinco salas de la muestra.

La exposición aborda, en cinco secciones, nuestras turbulencias contemporáneas, a través de temas, motivos y obsesiones recurrentes. La manera en que el ocio transforma el entorno. Playa, turismo, consumo de masas, animales y tecnología. Todo está ligado directa o indirectamente al calentamiento global, a la destrucción del mundo. "Él decía que formaba parte de ese problema. Tenía una gran huella de carbono de sus viajes en avión; le gustaba ir a la playa aunque no supiese nadar, y hacer shopping. Pero reconocía el problema y lo documentaba".

Las playas eran un escenario perfecto. La impudicia de la carne sobrante, el bronceador, las impurezas de la piel. Un lugar alejado de la comunión con la naturaleza que sugería el imaginario colectivo sobre el mar y la arena. Un sitio, en el fondo, tan civilizado que seguías haciendo cola para comprar un helado. El tiempo perdido.

Global Warning contiene a todo Martín Parr.  One DayTrip, por ejemplo, muestra una serie de fotografías  de familias y grupos de jóvenes británicos que cruzaban en ferri desde Dover a Pas-de-Calais para hacerse con litros de alcohol en Francia, donde pagaban menos impuestos. El supermercado, sostuvo siempre Parr, era la primera línea del frente de una guerra por la atención  de los consumidores que degeneró luego en las adicciones tecnológicas.

Y la última sección de la muestra, dedicada precisamente a ese fenómeno, comienza con una serie de paisajes irlandeses donde fotografió viejas carrocerías abandonadas de automóviles Morris Minor corroídos por el tiempo contaminando la Tierra. Pero también a los primeros espectros humanos pegados  a los teléfonos móviles de finales de los noventa.

Ah, y los molestos palos-selfies que recorrieron las cumbres del turismo durante aquellos años: desde el Louvre hasta Venecia. Su extinción, hoy está claro, no fue la consciencia sobre lo idiota que podía llegar a parecer un humano, sino a la mejora de las ópticas. Ese recuerdo, sin embargo, será el único rastro documental que nos deja Parr para pensar  que el mundo puede haber mejorado en algo.

Daniel Verdú. París. El País, viernes 30 de enero de 2026.

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