lunes, 9 de febrero de 2026

Una frenética huida hacia delante, Marty Supreme

En los cines de EEUU, antes de Marty Supreme, proyectan un sustancioso reportaje sobre el personaje real en el que se inspira la nueva película de Josh Safdie. Marty Reisman, campeón estadounidense de tenis de mesa a finales de los años cincuenta, fue un jugador carismático y excéntrico cuya pícara personalidad  trascendió un deporte minoritario que, hasta entonces, poco o nada importaba en su país. Una edición de segunda mano  de sus memorias fue el detonante  de una película que en ningún caso es un biopic, porque como el propio Marty Reisman va por libre.

Josh Safdie ha emprendido este nuevo viaje sin su hermano Benny, aunque es imposible desligar Marty Supreme de los dos largometrajes que han convertido a estos neoyorquinos en los prometedores nuevos retratistas de su ciudad. La pulsión frenética de Nueva York y la crudeza de su submundo atraviesan las desasosegantes Diamantes en bruto (2019) y Good Time (2017), dos películas cuyo realismo sucio -saturado de color, rodado en película-, y su mundo de lumpen y parias, bebe de dos de las mayores influencias de los Safdie: John Cassavetes y Martin Scorsese.

La tercera influencia es más conflictiva porque está en sus propios genes. Ese ambiente disfuncional, corrosivo y caótico  que impregna su cine  nace de la turbulenta  relación con su propio padre, Alberto Safdie, un italiano de ascendencia sirosefardí que perdió la custodia de sus hijos siendo niños.

Quizá todo esto explique la fascinación de Josh Safdie por un personaje como el de Marty Supreme, un auténtico liante, un pillo escurridizo y seductor que salta de calle en calle, de mesa en mesa, de cama en cama para salirse con la suya...

En esa extenuante carrera, el trabajo de Timothée Chalamet es crucial. Todo parece indicar que el joven y ambicioso actor  al fin tendrá  su premio Oscar, y aunque tiene rivales para el recuerdo (el sprint final de Leonardo DiCaprio en Una batalla tras otra  se merece todas las medallas) su actuación es sin duda memorable. Chalamet convierte su personaje  en un tipo tan intratable e insoportable como en un torbellino de pasión capaz de todo dentro y fuera de la pista. Su actuación no da respiro, es un calambre permanente que, como el propio pimpón resulta magnético y un poco ridículo. Chalamet clava el tono. Su energía contagia al resto del reparto, una mezcla de actores profesionales  y amigos de Safdie que ofrecen el cortafuegos de su autenticidad a una trama exagerada.

Quizá es inevitable que tratando de lo que trata, Marty Supreme no llegue tan al fondo como sus anteriores películas. Además peca (como tantas) de estirar el chicle de su entretenido juego. Males menores al lado de su agilidad, su amor y su febril pasión, de una impresionante y taquicárdica banda sonora del músico de electrónica Daniel Lopatin (Oneohtrix Point Never) y del trabajo de Chalamet.

Elsa Fernández Santos. El País, martes 3 de febrero de 2026.

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