sábado, 8 de agosto de 2026

Una segunda vida para Keith Haring y la tumba de Richelieu

El Tríptico de Keith Haring, en la iglesia de San Eustaquio de Paris.
(Ville de París)

Un año antes de morir, Keith Haring realizó el tríptico de bronce bañado en oro blanco La vida de Cristo para la iglesia de San Eustaquio de París. La pieza más escultural que grafitera, aunque con la misma habilidad  pop para cuestionar el canon blanco y heterosexual, está en una de las decenas de capillas de este templo. Justo encima hay varias pinturas del siglo XVII. A pocos metros una obra de Rubens y otra de Luca Giordano. La mayoría de los turistas que visita la ciudad desconoce que esta monumental iglesia alberga a tantos grandes maestros. Tampoco es la más frecuentada por los parisinos. Es sin embargo un lugar seguro para parte de la comunidad LGTBIQ+ desde los ochenta, cuando comenzó la epidemia del VIH y el sida. Por eso Haring, fallecido a los 31 años  por esta enfermedad, decidió  que su última obra debía honrar el legado de los curas que acogieron  a quienes no tenían quién los enterrara.

"Aquí se conmemoró la dignidad de estas personas cuando el resto ni las miraba", dice Mathilde Augé, directora ejecutiva de World Monuments Found (WMF), la organización con sede en Nueva York  que ha liderado la restauración durante dos años de la capilla de San Vicente de Paúl en esta iglesia, como parte de su labor de recuperación del patrimonio en distintas partes del mundo. "Por eso, aunque parezca un lugar pequeño en esta gran iglesia, es un verdadero símbolo de la caridad y la solidaridad", agrega durante la inauguración de este espacio, el jueves. Más de cuatro décadas después, San Eustaquio mantiene esta función: forma parte de la realeza francesa y de los habitantes más humildes que aún hoy acuden a buscar comida porque es una de las cocinas populares más importantes de la ciudad.

Esta manera de recuperar el patrimonio, no solo desde una perspectiva esencialmente  de contemplación del arte, sino como un medio para que vuelva a ser vivida  y usada por la comunidad en la que se ubica, explica Bénédicte de Montlaur, presidenta de WMF, es parte del objetivo de los proyectos  en los que se involucra esta organización que en España trabaja en la Alhambra de Granada y en Belchite (Zaragoza). "Cuando el patrimonio se deja de usar, es cuando más peligro corre", opina Augé.

El viaje del patrimonio hasta la actualidad comienza buscando el dinero necesario que ponga de acuerdo a las instituciones y administraciones públicas que hasta ese momento no se habían puesto manos a la obra. Es decir encontrar a los donantes; en el caso de WMF, más de un 60% son estadounidenses, como ha pasado en San Eustaquio.

Una vez que cuentan con el presupuesto, se organizan los equipos públicos y privados que intervienen sobre los sitios. "No somos los dueños de estos lugares", dice la presidenta. "Cuando se terminan los proyectos, los dejamos en manos de los gestores y las comunidades que los van a hacer suyos para devolverles un uso y, a fin de cuentas, a la vida". Esto es lo que esperan que suceda con la capilla de la universidad de la Sorbona, cerrada hace más de 25 años por los terribles daños que una tormenta provocó sobre la cúpula en 1999. Desde entonces los estudiantes se reúnen en sus escaleras, los curiosos fotografían sus puertas, pero nadie entra en el lugar en el que descansa la tumba de Richelieu.

Al acceder a esta capilla por el patio donde se originó una de las universidades más antiguas de Europa, la tumba barroca de mármol del cardenal, uno de los hombres más poderosos de la historia de Francia, se sitúa en el centro, justo frente al altar rodeada de los bancos donde se colocaban las autoridades religiosas y políticas. Ariel Bertrand, conservadora y restauradora de las capilla de la Sorbona y de San Eustaquio, cede ante la curiosidad de los periodistas y donantes que han reunido más de 700.000 euros para recuperar este espacio y levanta la tela que la cubre. Ahí está Richelieu esculpido en una postura recostada. Sus restos no están dentro. "Durante la Revolución Francesa asaltaron la capilla y se los llevaron. La cabeza apareció en el río Sena, una familia la conservó en Bretaña y luego fue devuelta a París", recuerda Augé.

Al cruzar esta primera zona, comienza el enjambre de andamios desplegados hasta el techo de la bóveda, donde trabajan varios conservadores sobre las pinturas encargadas por el arquitecto Lemercier al gran pintor del barroco Philippe de Champaigne. El espacio se podrá visitar en septiembre, durante los dos días que París abre distintos edificios para que sus ciudadanos  descubran los secretos  de su patrimonio, como esta capilla. "Por eso empezamos restaurando las puertas: al abrirse desvelarán lo que hay dentro" dice Montlaur. Mientras avanzan las obras un comité idea los nuevos usos para este lugar. Probablemente se dedique a actividades culturales como exposiciones, danza, conferencias...", apunta.

Tanto en San Eustaquio como en La Sorbona, los responsables de WMF confían en que se produzca un efecto llamada que redirija los flujos de turistas hacia otras partes de la ciudad  como el barrio Latino y el de Les Halles. "No estamos contra el turismo pero hay que gestionarlo", aclara la presidenta de WMF, que desde hace años prioriza los proyectos  que garanticen la sostenibilidad y la inclusividad y que estén en peligro por el cambio climático.

Ana Marcos. París. El País, lunes 29 de junio de 2026.

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