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| La Corniche en Beirut, ideal de paz para los beirutíes y el terror actual en sus calles. |
O al menos es así como quieren imaginarlo los beirutíes. La verdad es que, si uno se acerca, puede comprobar que muchas de las viejas palmeras del paseo están picadas de los balazos de la guerra civil. Y aunque el edificio ya no sea el mismo, en el paseo estaba la antigua embajada norteamericana, que un camión cargado de explosivos destruyó en 1983, uno de los primeros ataque suicidas de Oriente Medio. Y en esta misma arena de la playa de Ramlet al-Baida desembarcó en 1974 un comando israelí, que llegó en zodiac para matar a un grupo de dirigentes de la OLP.
Pero incluso si no es el oasis de paz que los beirutíes quieren creer que es, La Corniche representa ese ideal. Es lo más representativo que queda de su orgullosa, a veces ligeramente pedante, sofisticación, de aquella fantasía colonial de hacer de ese paseo una continuación de la Costa Azul al otro lado del Mediterráneo. Quedan eso y las expresiones francesas demodé que todavía salpican la conversación de una determinada generación de libaneses. Es el recuerdo de cuando el país era conocido como "la Suiza del Oriente Medio", aunque no por lo pacífico, como se dice a veces, sino porque era donde estaban los bancos. En aquel entonces el Banco del Líbano estampó en el billete de diez libras libanesas las rocas de Raouche, que se ven desde La Corniche. Entonces diez libras era algo. Cuando acabó la guerra civil, los billetes eran de decenas de miles de libras y yo pude comprar como recuerdo uno de aquellos con la imagen de las rocas de Raouche por dos dólares en una pequeña tienda de filatelia de la Rue Maarad.
Recuerdo todavía las antiguas barandillas azules de La Corniche. Las cambiaron poco después, en el verano de 2007, por las de aluminio que hay ahora. Aquellas barandillas azules eran tan emblemáticas como las de La Concha de San Sebastián y la ciudad ya lloraba anticipadamente su marcha. Se decía que las quitaban porque estaban oxidadas, lo cual era cierto, y también porque la chavalada se impulsaba en ellas para zambullirse en el agua. También era cierto. Pero era parte de la estampa de La Corniche, lo mismo que los pescadores que alzaban el anzuelo al horizonte, los cafés en los que los clientes miraban al mar envueltos en el humo blanco del narguile, los gatos, las bicicletas, y los fines de semana, las cometas que las familias hacían volar hacia el ocaso aprovechando ese viento característico de Beirut, esa brisa constante que se ve sacudida inesperadamente por ráfagas violentas. Como el propio Líbano.
Miguel Murado. La Voz de Galicia, domingo 5 de abril de 2026.

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