Existen momentos en la historia de la ciencia en los que se producen desarrollos que puede afectar profundamente a la propia historia de la humanidad. El que realizaron a finales de 1938 Otto Hahn y Fritz Strassmann, en el Departamento de Radioactividad en el Instituto de Química de la Asociación Kaiser Guillermo, situado en Dahlem, por entonces una zona rural a las afueras de Berlín, la fisión del átomo uranio-235 cuando se lanzaban sobre él neutrones, es uno de ellos. Como es bien sabido, la primera aplicación "práctica" de ese hallazgo llegó en agosto de 1945 con el lanzamiento de las bombas atómicas que destruyeron las ciudades de Hiroshima y Nagasaki (la de esta ciudad no era de uranio sino de plutonio, pero el que se empleara ese elemento químico transuránico estuvo íntimamente ligado a las investigaciones sobre el uranio ). Desde entonces, la disponibilidad de armamento atómico ha condicionado la política internacional. También hay que recordar que la energía nuclear se ha utilizado y se sigue utilizando, para la producción de electricidad en centrales nucleares, empleo que ha sido objeto de intensas discusiones y manifestaciones.
Ha sido y es tal la presencia de "lo nuclear" que también ha penetrado en la cultura, porque esta en modo alguno es ajena a todo lo que sucede, incluyendo con lo que tiene que ver con la política. Pensemos, por ejemplo, en el cine, donde son incontables las películas cuya temática está ligada al mundo nuclear, desde sátiras del tipo de ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú (Dr. Strangelove) (1964), de Stanley Kubrick, sobre la construcción mutua asegurada, hasta visiones apocalípticas como la que ofrece el El día después (1983), que muestra los devastadores efectos de un ataque nuclear a Estados Unidos; todavía recuerdo la impresión que me produjo cuando la vi, como también recuerdo aún estremecido, la lectura de la novela La carretera (2006). Y no olvidemos el éxito que tuvo Oppenheimer (2023), de Christopher Nolan, centrada en el proyecto Manhattan y en el icónico director del Laboratorio de Los Álamos, en donde se reunieron todos los elementos necesarios para preparar las bombas que asolaron a las dos ciudades japonesas. (...)
Su discurso, que animo a que lean, es, en mi opinión, un magnífico ejemplo de la Francia que yo siempre he admirado, la del orgullo de pertenecer a una gran nación, de poseer un idioma común- La Francia que tuvo entre sus ciudadanos luminarias como Lavoisier, Laplace y Pasteur, a Napoleón -aunque finalmente traicionase a la cruel pero también magnífica, Revolución francesa- y a De Gaulle, a Descartes, Galois y Poincaré, a Victor Hugo, Zola y Simone de Beauvoir, y sobre todo para mí a Montesquieu y Chateaubriand, el Chateaubriand de Memorias de ultratumba, la inolvidable obra que comienza con unas palabras que no pueden sino arañar el alma de quienes tienen una cierta edad: "Como me es imposible prever el momento de mi fin, y a mis años los días concedidos a un hombre no son sino días de gracia, o más bien de rigor, voy a explicarme".
En su discurso Macron explicaba con claridad que, insertos en un mundo como el actual, Francia iba a mejorar su armamento nuclear no en número, pues la idea de carrera armamentística era odiosa, sino para dejar claro "a todo adversario o combinación de adversarios que no imaginen la menor posibilidad de golpear a Francia sin tener por seguro que sufrirán un daño del que no podrán recuperarse". Lo que denominó dissuasion avancée . Hacía hincapié también en que estaba pensando al mismo tiempo, en la seguridad de Europa -la Europa de la que Francia siempre se ha enorgullecido de formar parte- y que se estaba esforzando por establecer la relaciones oportunas al respecto.
Pero lo que más he admirado de este discurso es que Macron reconocía en varios momentos que estaba continuando una senda por la que habían transitado otros predecesores suyos en la presidencia de la nación, como De Gaulle y Mitterrand. Envidio a una nación en la que los seguramente inevitables enconos políticos no impiden que un presidente hable bien de sus antecesores. Por supuesto, el presidente Trump es el ejemplo canónico de lo contrario, pero no hace falta mirar tan lejos...
José Manuel Sánchez Ron. El Cultural, 21-3-2026.

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