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| (Imagen de Visibles.com.ar) |
Terminamos su libros con el cuerpo alterado y un veneno amargo en la garganta. Salimos de cada obra de Samanta Schweblin (Buenos Aires,1978) medio intoxicados, como si hubiéramos respirado durante horas un tiempo enrarecido. Desde los cuentos de Pájaros en la boca y Siete casas vacías hasta el relato familiar de Distancia de rescate y la parábola tecnológica de Kentukis, la autora ha levantado una de las obras más singulares y turbias de la literatura en español, volcada en explorar la extrañeza que reside en la supuesta normalidad, en nuestros vínculos y en nuestros cuerpos.
Su último libro, El buen mal (Seix Barral) arranca con el relato de una madre que se ata un yunque al cuerpo, se lanza al lago y, tras fracasar en su intento de suicidarse, vuelve a casa para preparar la cena. En el epígrafe se encuentra esta frase de Silvina Ocampo, tal vez a modo de advertencia: "Lo raro siempre es más cierto". Le hemos propuesto recorrer su trayectoria y Schweblin ha dicho que sí. Nos recibe en Berlín, donde vive desde 2012, en un bar de su barrio, en el extremo oriental de Kreuzberg, pegado al río Spree, por donde suelen pasar las manifestaciones neonazis. El buen mal figura, además, entre los cinco finalistas de la primera edición del Premio Aena de Narrativa Hispanoamericana, dotado con un millón de euros, cuyo fallo se dará a conocer el miércoles en Barcelona.
P.- Sus personajes rara vez viven hechos fantásticos, sino pequeñas torsiones de la realidad, hasta que lo monstruoso se vuelve cotidiano.
R.- Me gusta esa definición. Me interesan esos momentos en los que lo imposible o impensable aparece y quiebra las ideas tan estructuradas que tenemos sobre lo que es normal y aceptable. Vivimos muy encapsulados en esas definiciones. Esas situaciones parecen fantásticas, pero forman parte de nuestra realidad.
P.-En el apéndice de El buen mal cuenta de donde viene cada relato y cuánto hay de experiencia real . ¿Por qué decidió ser transparente?
R.- A mí también me sorprendió. Desde que empecé el libro ya estaba la idea de ese apéndice. Pensaba: siempre lo puedo quitar. Pero cuando terminé la escritura me pareció que era tan parte del libro que tenía que publicarlo. Siempre fui muy reticente a hablar de mis razones íntimas para escribir. Con este libro eso ha cambiado. Quizá sea mi libro más personal.
P.- ¿Por qué siente menos pudor?
R.- Puede ser una cuestión de edad, de perder los miedos. Es como si hubiera apagado el volumen de mi ansiedad cuando escribo. En este libro los cuentos son más largos. Tenía miedo de que lo largo pudiera ser moroso, pero descubrí que generaba una conexión emocional con los personajes mucho más profunda. Esa bajada de ansiedad no la logré en la escritura sino en mi propia vida. Y eso transpiró en la escritura.
P.- Los cuidados son uno de los temas centrales de El buen mal . ¿Es un libro sobre el cuidado mal ejercido, sobre el cuidado imposible? Para usted , ¿ternura y daño son inseparables?
R.- Sí y no. No hay manera de formar al otro sin deformarlo. Sobre todo si hablamos de paternidades y maternidades. En el momento que tratas de proteger, curar y cuidar, estás ejerciendo un poder sobre el otro. No puedes escapar de tus propios miedos, prejuicios y dolores, de los mandatos que heredaste, de las ideas que tienes sobre el mundo. Pero en este libro apareció también un movimiento inverso: cuántas veces vienen a hacernos daño y, de pronto, eso te despabila y cambia las posibilidades de tu vida y te convierte en otra persona más fuerte, inteligente y aguda. A veces entra el mal y te deja en tal estado de shock que, por primera vez en mucho tiempo prestas atención.
P.- ¿Qué significa para usted eso de prestar atención? Lo repite a menudo...
R.- Es el superpoder más grande que hay en la humanidad. El otro día alguien me dijo algo que no voy a olvidar: "Ya no hace falta ser talentoso; lo único que hay que hacer es trabajar con verdadera atención dos horas al día". Eso ya te sitúa por encima de la media. ¿Por qué es un super poder ? Porque ya no todo el mundo puede hacerlo. No hay vez que no tome el metro y no me dé cuenta de que el 99% de la gente está mirando su teléfono. Hemos apagado el registro del entorno.
P.- ¿Eso se puede extrapolar a la situación política?
R.- Sí, ese registro también está apagado en lo político. Están cayendo bombas a pocas horas de avión y es como si fuera una realidad paralela que en las redes sociales se intercala con anuncios sobre productos cosméticos y consejos para consumir más proteínas. Nos encontramos frente a nuevos medios pero todavía no hemos decidido cómo comportarnos con ellos.(...)
P.- En 2018 dijo que la tecnología había transformado todas las artes, salvo la literatura. ¿La inteligencia artificial altera ese diagnóstico?
R.- No, sigo pensando lo mismo. La tecnología cambio el cine, el teatro, la danza, la música. Ala literatura solo le ha cambiado el soporte digital. No ha dado ningún giro radical. La inteligencia podría hacerlo en el futuro. Pero todavía no ha dado ese paso. La mejor ficción pega un salto hacia afuera, descubre algo nuevo, supera al autor. La inteligencia artificial puede ser más brillante, más rápida, estar mejor informada que nosotros, pero no es una inteligencia: es un lenguaje de predicciones. No hay manera de que dé un salto hacia fuera. Su avance está atrapado en sus probabilidades. Dicho de otro modo: tiene todas las herramientas para crear mala literatura...
Álex Vicente. Babelia. El País, viernes 3 de abril de 2026

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