Siempre que Francia entra en combustión conviene regresar a Chaves Nogales (Sevilla, 1897-Londres, 1944). Paradigma moral del humanismo español de la primera mitad del siglo XX, acaso junto a Unamuno y Clara Campoamor. En A sangre y fuego (1937) defendió la democracia frente a todos los totalitarismos y, renuente a las lógicas tribales, denunció las atrocidades de ambos bandos con una lucidez que le costó morir solo y en el ostracismo. Pero es en La agonía de Francia (1941) donde disecciona el colapso de la Tercera República francesa. Donde retrata una sociedad civil aburguesada y sin el mínimo espíritu de sacrificio necesario para defender los valores que antaño había abanderado. "Antes Hitler que Blum", rezaba un infame lema colaboracionista, en referencia al ministro socialista judío Léon Blum.
Casi un siglo después echamos de menos a Chaves Nogales. Decíamos ayer que su linaje moral lo mantienen Cercas, Pérez Reverte, Muñoz molina, Aramburu, Trapiello: autores libérrimos que solo responden ante sus libros y sus lectores. Como el periodista sevillano que ya nos advirtió, Francia es una bomba de relojería. Los indepedes decían que al procés le faltaba un muerto que a Dios gracias no llegó. Bien, pues Francia ya tiene el suyo: Quentin Deranque, activista ultra, católico y nacionalista de 23 años. Linchado la semana pasada en Lyon durante una pelea en un acto de una eurodiputada franco-palestina. Los detenidos son los mastines de la Jeune Garde, la kale borroka de Mélenchon. Pocos personajes hay más tóxicos en la política europea. Diez años lleva ya en el machito de Francia Insumisa, partido que controla sin democracia interna, con pugnas constantes de sus críticos y un caudillismo mesiánico: "La República soy yo", le dijo a los policías que llegaron a registrar la sede de la formación. Mélenchon y Le Pen galopan en el mismo caballo de Troya de Putin. Ya conocen la teoría de la herradura: los extremos se tocan. Rechazo a la OTAN, retórica antiestadounidense, oposición frontal al apoyo a Ucrania. Como ahora Le Pen está en el banquillo,-despunta Bardella y Mélenchon lidera la violencia callejera-, ha hecho fortuna una frase del editorialista de Le Point Olivier Giesbert: "Los cuernos del diablo han cambiado de cabeza".
Esa degradación se asienta sobre una profunda erosión. Francia se aferra a una grandeur que ya no existe. La retirada del Sahel el año pasado puso fin a décadas de Françafrique, una política colonial, extractiva y corrupta culpable de buena parte de las actuales tensiones migratorias.
Con un orgullo por otro lado encomiable, los franceses se refugian en un idioma menguante, en un ensimismamiento que se refleja en el mundo de la política internacional y los negocios. Como el propio Chaves dice, a lo largo de la historia el vecino galo siempre se ha preparado para librar la guerra anterior. Pero sobre todo, Francia vuelve a ser le país enfermo del que nos advirtió el reportero sevillano. Incapaz durante décadas de integrar a sus inmigrantes, confinados en banlieues donde no entra un policía blanco. Y aquí conviene recordar un dato contraintuitivo, que nos debería enorgullecer: Francia tiene un 14% de población nacida en el exterior. España acaba de superar el 20% con todas las dificultades y retos que sin duda tenemos.
Falta un año para una nueva batalla final: Francia después de Macron. Europa volverá a contener la respiración para que no venga el lobo. Pero la manada es cada día más fuerte y el rebaño está cada vez más cercado.
Tomás García Morán.Cartas Atlánticas. La Voz de Galicia, sábado 21 de febrero de 2026.


















