A Larry, el archifamoso gato del número 10 de Downing Street, la residencia del primer ministro británico le ha salido un serio rival, Maximus Textoris Pulcher, un felino de raza fold escocés reconocible por sus pequeñas orejas dobladas hacia delante por una mutación genética, es el flamante nuevo inquilino de la Rue de la Loi 16, sede del jefe de Gobierno belga, Bart de Wever. Y no solo tiene un nombre rimbombante acorde con su aspecto de orondo peluche grisáceo: en su Instagram, donde en cuatro meses suma ya más de 140.000 seguidores -es ya la segunda cuenta política más seguida del país, tras la de De Wever- Maximus se ha convertido también en toda una estrella mediática. Pero, sobre todo es un descodificador de lo que pasa por la cabeza del nacionalista flamenco que, para no pocos analistas y políticos sigue siendo a menudo difícil de descifrar.
Apenas unas horas después de haber frustrado, durante la última cumbre europea del año en Bruselas, los intentos de sus colegas de la UE de usar para Ucrania los multimillonarios activos rusos congelados en territorio belga, De Wever posaba tumbado en el suelo de su oficina junto a Maximus, al que rescató en agosto de un refugio para animales abandonados. Su "eminencia gris", como gusta llamarle, le recibía como un "héroe". "Gracias, Maximus, lo he hecho lo mejor que he podido", respondía el primer ministro belga en un bocadillo de tebeo, un recurso que se ha convertido en una marca de esta peculiar cuenta que, entre gracieta y gracieta gatuna, repasa la política belga al máximo nivel a través de los ojos de un felino: "¿Otra huelga más?", ronronea Maximus tras el último paro nacional, en una cuenta en la que también ha relativizado la plaga de drones que en otoño sobrevolaron bases militares belgas y obligaron en multiples ocasiones a detener el tráfico aéreo, o las duras negociaciones presupuestarias que casi rompen por dentro al Gobierno de coalición que encabeza De Wever.
Recurrir a una mascota para humanizar la imagen de un político no es nuevo. En Estados Unidos, solo tres presidentes no han tenido perro -o gato, Socks en el caso de los Clinton- durante su paso por la Casa Blanca. También políticos europeos como la líder del Reagrupamiento Nacional francés, Marine Le Pen, dueña de varios gatos, posa frecuentemente con ellos para dulcificar su imagen ultra.
De Wever muy conocido en Bélgica, quizás no necesite ese plus de popularidad, considera el politólogo belga Dave Sinardet . Pero la cuenta de su gato sí le da otras ventajas a un gobernante lleno de paradojas: su ascenso en febrero a la jefatura del Gobierno federal fue cuestionado en tanto que como líder de la N-VA -partido que en la Eurocámara sesiona con los Conservadores y Reformistas (ECR) de Giorgia Meloni- defendía la independencia de Flandes. Y desde que está al frente del país, ha hablado abiertamente de la posibilidad de integrar esa región flamenca con Países Bajos o incluso de fusionar el Benelux, indignando a propios y ajenos del nacionalismo belga.
Gracias a sus divertidas interacciones con Maximus, señala, De Wever logra apaciguarlos, al dar la imagen de que sigue siendo un tipo normal que no cae en la pomposidad del puesto i foma parte del establishement. Al mismo tiempo pone en boca de Maximus algunas ideas, es"una manera de decir cosas que ya no puede dada su posición; su gato es en cierta forma su alter ego",analiza.
Por ello , advierte el politólogo, la de Maximus no es una cuenta más de gatitos. "Aunque la gente pueda estar viendo vídeos inocentes de gatos, a veces también puede estar transmitiendo un mensaje político de forma subliminal que debería poder cuestionarse como tal", recalca Sinardet. Por muchas ganas que den de achuchar a Maximus.
Silvia Ayuso, corresponsal. El País, dábado 27 de diciembre de 2025.


















