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| Isabell Huppert en Bérénice. (Teatros del Canal) |
A la leyenda europea de la interpretación, que empezó en el teatro y que ha acumulado un currículo asombroso y una colección de premios impresionante (ha ganado dos veces en Cannes y otros dos César del cine francés tras 17 candidaturas; tiene los premios de honor de Venecia y Berlín, ha obtenido Globos de Oro y un Bafta, tres premios del cine europeo, ha sido candidata al Oscar por Elle ), nada parece resistírsele. Ha trabajado con los grandes cineastas franceses y con directores de todo el mundo como Michael Haneke (fue su intérprete fetiche), Andrzej Wajda, Hal Hartley, Raúl Ruíz, los hermanos Taviani, David O. Russell, Wes Anderson, Paul Verhoeven o Hong Sangsoo. Puede que solo se resista su admirado Pedro Almodóvar por la diferencia idiomática, aunque fue la presidenta del jurado que otorgó el León de Oro de Venecia a La habitación de al lado. Al inicio de su carrera, su rival era Isabelle Adjani; hoy solo la mira de tú a tú Juliette Binoche.
Sentada en un un salón del hotel Ritz, con la profesionalidad como arma de destrucción, se muestra más simpática de lo habitual. Si en Bérénice actúa constreñida por un texto en versos alejandrinos y un escenario que la separa del público con un telón translúcido, en La mujer más rica del mundo son la riqueza y el vestuario de empresaria-guerrera los que acorazan al personaje. "Nunca me lo había planteado así. Para mí, la puesta en escena de Castelucci no es un límite, sino que aporta libertad frente al verso alejandrino. Y mi millonaria de cine toma su libertad en su encuentro con el fotógrafo. Se aleja del poder del dinero. En la toma de libertad sí que veo un paralelismo entre ambos trabajos". Ambas interpretaciones muestran a dos mujeres envueltas en desafectos amorosos. Bérénice es la princesa judía que se iba a casar con Tito hasta que el Senado le obliga a escoger: el amor o el nombramiento como emperador. Y con Antioco, el amigo íntimo del romano enamorado de la oriunda de Cilicia, el triángulo amoroso está servido.
Bettencourt encontró en el fotógrafo homosexual un amigo que le abrió a nuevos mundos, que le permitió pasado sus ochenta años, una diversión postrera. "Son, efectivamente amores contrariados. Esas relaciones imponen equilibrios en los sistemas en los que habitan, se alejan de las razones de Estado que han regido sus existencias. Las dos tienen que renunciar". Son, también, ejemplos de mujeres renunciando porque los poderes masculinos les obligan. Un clásico de la historia de la humanidad. "Desde luego, aunque lo que es interesante es que en la obra Tito es tan víctima como Bérénice, porque ella decide irse. Y en la película ella no se muestra como víctima hasta el final. Al menos, no se mueren, lo que ya es un avance (carcajada de Huppert)".
¿Por qué cree la intérprete que a la humanidad nos atraen los retratos los retratos de poder y de la riqueza? "Bueno, en el arte también nos interesa la miseria humana, la soledad... Aunque, sí, la riqueza genera muchas fantasías en el ser humano, y la miseria solo provoca pena". Inconsciente o conscientemente, casi todos los humanos ansían poder y/o dinero. "Curiosamente, provocan muchos interrogantes. Son casi tan inalcanzables que quienes los tienen son sospechosos de forma automática". Asegura el mito francés que, para ella, el trabajo emocional no cambia, sea su actuación en cine o en teatro. "Obviamente en el resto de los detalles no tienen nada que ver. Dentro de una escena de Castelucci, que aparenta tanta limitación, la libertad es infinita, o al menos mucho mayor que en el teatro realista. Cada día interpreto a Bérénice de una manera distinta; me lleva a terrenos inagotables. Lo he hecho ante todo tipo de público y el resultado siempre es extraordinario. Los grandes formalistas me ofrecen muy a menudo la posibilidad de encontrarme conmigo misma, mi sueño más preciado".
También es cierto que una intérprete de teatro controla lo que ofrece emocionalmente, mientras que una actriz de cine crea a expensas del posterior montaje. "¡Uf!, sí, es la etapa más complicada, y le puedes guardar rencor al montador (risas). En el escenario nadie me controla". Huppert entiende que la película no le "pertenece", pero sí le gusta ver sus trabajos acabados. "En un film siempre hay varias películas: la que tienes en la cabeza, muy íntima; la que haces; la del director y la que se estrena. Muchas veces veo mis largometrajes y los reconozco, aunque no sean exactamente lo que yo imaginé". Y vuelve a Castelucci: "Comprende que hay un personaje y a la vez la realidad de una actriz viviendo un drama. Por eso al final de la obra, en un momento dado, en vez de decir 'Bérénice', suelto 'Isabelle'...
Gregorio Belinchón. Madrid. El País, martes 14 de abril de 2026.



















