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| Cabanons en Les Goudes. |
En este rincón de aguas turquesas y piedra caliza donde un puñado de vecinos lucha por preservar lo que llaman "el arte de vivir a la marsellesa", resumido en una vida tranquila a las puertas de un cabanon. Lo cantaba en los años treinta Alibert, mito de la canción popular marsellesa: todo lo que pide un marsellés para ser feliz es un pequeño cabanon al borde del mar. "Eran casas que la gente construía por su cuenta, cogiendo un trozo de terreno. Hoy se diría que son okupas porque no pagaban", explica Camille Assante di Cupillo, vecino de Les Goudes de 87 años, Él recuerda que la primera vez que estuvo en una de ellas era aún un recién nacido: "Mi padre me metió en una cesta dentro de un barco, mientras mi madre y mi abuela venían en tranvía desde Marsella y luego a pie". Por aquel entonces, 28 barcos de pescadores trabajaban el Les Goudes; hoy solo quedan cuatro.
Eran otros tiempos. Marsella era una ciudad obrera, estrechamente ligada al puerto y a las fábricas que, en el siglo XIX, se instalaron en las colinas sur. Los industriales habían construido algunas viviendas alrededor de las plantas, que tras su cierre fueron ocupadas por trabajadores. Muchos pescadores de la ciudad recuperaron estos terrenos al borde del mar y, con unos ladrillos y muebles viejos, levantaron sus cabanons. La clase trabajadora marsellesa pudo así disfrutar de una residencia secundaria donde refugiarse los fines de semana, los veranos, o cuando el viento obligaba a dejar el mar.
Hoy, la historia de estas casitas está viviendo sus últimos momentos. El turismo supera ya los niveles previos a la pandemia y ha atraído a nuevos vecinos, mayoritariamente de la región parisiense y con más recursos, aunque también extranjeros. Anni Woelh, de 39 años, lleva tres años viviendo en Les Goudes. "Vine por primera vez a Marsella buscando un lugar en el Mediterráneo al que pudiera llegar en tren. Me enamoré de la ciudad y vine una y otra vez". Original de Hamburgo, trabaja a distancia para su propia empresa de reciclaje y aprovecha los descansos para darse un paseo junto al mar. No habla francés pero eso no le ha impedido trabar amistad con un vecino, de 86 años, con el que come a menudo. El resto de su círculo son extranjeros. "Para mí, como alemana, a veces es demasiado que todo el mundo quiera hablar conmigo. Aquí la gente tiene mucho tiempo para charlar" Venía con la ambición de encontrar una vida más tranquila y reconoce que pasa la mayor parte del día trabajando en su cabanon, de unos cuarenta metros cuadrados, el tamaño medio de estas casitas.
Con una fachada pulida, bancos de cemento y vigas de madera, el café La Boissonnerie destaca en la anarquía de casas desiguales de la calle Désiré Pelaprat, la principal, un ir y venir constante de excursionistas y locales. Cécile Bonacchi, de 29 años, ha abierto el negocio del cabanon de su bisabuelo. "Sé por los mayores este fue uno de los primeros cabanons del siglo XIX. Mi madre lo heredó, pero llevaba 10 años abandonado", Desde la covid, los precios se dispararon: un cabanon renovado de 26 metros cuadrados se vendía en octubre por 335.000 euros. "Para alguien de París o de Lyon eso no es mucho, pero para nuestros hijos es imposible", lamenta Assante di Cupillo.
María Valderrama. El País Semanal, 3 de diciembre de 2025.



















