Esos minutos iniciales pasan a un cambio de registro radical, que en sus periferias se da de bruces con un sistema que juega en su contra, con una democracia demoledora y un entramado judicial que no invita al optimismo y que lleva a Clémence a soportar una pesadilla.
No es tanto su lucha por estar con su niño aunque sea bajo la tutela de otros, circunstancia ya tratada en varios filmes y que, de elegir solamente esa vía, sería otra más. Se trata también de remover en la llaga, de cuestionar el papel al que la sociedad parece predestinar a la mujer en su rol familiar. Ella quiere ser libre, elige su opción sexual cuando los prejuicios todavía se mantienen enraizados, y decide apostar por ello sin que tal cosa implique renunciar a su condición de madre.
En favor de la autora está haber dosificado el guion sin escorar a la condescendencia, a la pancarta, a la lágrima fácil, a la lástima e incluso al exhibicionismo gratuito. Y también el haber evitado la caricatura en el caso de los diferentes funcionarios, que se limitan a ejecutar el status quo. Más allá de la progresión dramática, reforzada con el uso de la voz en off de la protagonista a medida que va escribiendo sus avatares y sensaciones, pesa el acertado uso de la fotografía, con una luz cómplice que utiliza la lluvia a manera de transición. Es una película que logra conmocionar, obliga a reflexionar sobre lo complejo que resulta vivir en un mundo imperfecto.
Miguel Anxo Fernández. La Voz de Galicia, lunes 25 de mayo de 2026.

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