Ese canto del cisne (o del pato, mejor dicho) llegó a su fin a mediados de marzo, con la confirmación por parte del tribunal de apelaciones de Nueva York de que la ley adoptada en 2019 deberá aplicarse so pena de multa de hasta 2.000 dólares a los restaurantes que lo incluyan en sus menús dentro de los límites de la ciudad. Antes que Nueva York, fueron California y Chicago los que desterraron el manjar de sus mesas.
Como si de una ley seca se tratara, algunos neoyorkinos llegan a bromear, o a especular, en las redes sociales con el contrabando de órganos, cuando no con un alijo de tapadillo, mientras los animalistas celebran el fin de la tortura que supone la alimentación forzosa de las aves hasta que sus hígados llegan a pesar hasta 10 veces más de lo normal; una realidad que los criadores atribuyen a épocas pasadas.
La industria del foie-gras, según los activistas, mata a más de 300.000 patos al año, pero los representantes de las granjas del norte del Estado de Nueva York - en muchos casos, productores únicos en Estados Unidos-, no han dicho su última palabra y es de prever que redoblen sus intentos de bloquear el reglamento de la mano del Departamento de Agricultura y Mercados, que los amparó en el pasado.
Todo en Estados Unidos tiene detrás su correspondiente lobby, y Voters for Animal Rights (votantes por los derechos de los animales), organización sin ánimo de lucro que se presenta con el lema "construyendo poder político para los animales en Nueva York", ha sido el grupo más activo en la persecución del foie-gras, como abanderado de una coalición de medio centenar de asociaciones animalistas"...
María Antonia Sánchez-Vallejo. El País, sábado 2 de mayo de 2026.

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