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| Leila Slimani en el Museo del Prado. (Foto: Moeh Atitar/El País) |
P.- ¿Qué es el Museo de Prado para usted?
R.- Es un lugar excepcional que siempre he amado porque, sea cual sea nuestra lengua o cultura, habla de nosotros. Aquí he podido conocer a muchas personas de distintos colores políticos y todos están orgullosos del Prado. Es universal.
P.- Aquí estamos rodeadas de arte, pero fuera el mundo se llena de fealdad. ¿Cómo lo vive?
R.- Siento algo paradójico porque todas las obras de arte me hablan del mundo, este no es un lugar cerrado. Goya me habla de la violencia, de la estupidez; Velázquez, del poder; Zurbarán, de la guerra; Rubens, de sexualidad, de Dios... Todos los cuadros me hablan del exterior y es interesante mirarlos con las angustias de hoy porque así hay respuesta para ellas.
P.- Hacer belleza de la fealdad es la materia del arte. ¿Qué es lo qué está haciendo hoy?
R.- La belleza existe y se hace por todas partes, el problema es cómo la abordamos, qué lugar, qué importancia, qué respeto le damos. El problema es que populistas como Trump o la ultraderecha digan que la belleza es elitista, que no es importante, que los artistas están desconectados ... y hay que combatir esa idea peligrosa. Lo que cuenta para gente como ellos es ganar dinero, ser viral. Pero la belleza sobrevivirá.
P.- Usted se trasladó de Francia a Lisboa hace años y ahí me dijo que París era "demasiado bello, demasiado grande, demasiado duro, una casa inhabitable". ¿Y Madrid?
R.- ¡Tengo ganas de vivir en Madrid! Es una ciudad increíble. Hay una especie de alegría de vivir y un arte de vivir que me gusta muchísimo.
P.- Ha terminado su trilogía familiar. ¿Ha dejado atrás a esos personajes?
R.- Me acompañan porque aún me quedan cuatro cinco países de promoción. He escrito la adaptación del libro para televisión, estoy adaptando Tolstói al teatro y aún reflexiono sobre lo que haré después.
P.- ¿Aún es atractivo Occidente a pesar de la intolerancia creciente?
R.- Occidente vive un momento muy difícil de declive, de inquietud y a muchos como yo, gente del Sur que lo hemos visto como un faro y modelo, portador de valores universales, de apego a la democracia y el progreso nos rompe el corazón y nos da enorme pena lo que está asando. Pero mi inquietud sobrepasa la cuestión de Occidente. Hoy me inquieta el futuro de nuestra especie, qué va a pasar en los próximos 50 años. Me preocupan mis hijos.
P.- Francia empezó antes que España con el tema de la identidad. ¿Es un problema social?
R.- No, en absoluto es un problema. Hace 20 años que algunos políticos se empeñan en convertirlo en un gran problema y aún no hemos podido encontrar la respuesta. El problema es que el edificio se hunde y los políticos están mirando una puerta que no funciona bien. No. El problema no es la puerta, sino la fundación de la casa entera.
P.- ¿Hay más intolerancia hoy que cuando usted llegó a Europa?
R.- No, pero hay más radicalidad
P.- Usted dice: "Mi pluma es mi arma". ¿Y cuál es su lucha?
R.- Luchar contra la estupidez. La gente vive obsesionada con tener razón, convencida de que la tienen y que no merece la pena hablar, pero hay que restablecer esa posibilidad. Los algoritmos nos encierran cada vez más en la dificultad del diálogo.
Berna González Harbour. Madrid. El País, 5 de mayo de2026.

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