jueves, 11 de junio de 2026

Quintaesencia del estilo Modiano. "La bailarina"

Patrick Modiano (Boulogne-Billancourt, 1945) es el gran cartógrafo de la literatura contemporánea. Tras los caminos de Proust y sus geniales itinerarios, muchos autores han dejado constancia de sus huellas en caminatas y callejeos: Baudelaire, el poeta de la deambulación; Julien Gracq, que además era geógrafo; G ; Georges Perec, planificador de vagabundeos; Virginia Wolf o Jean Rhys, paseantes por las calles de Londres; Borges, en sus laberintos; Juan Marsé, por los barrios obreros de Barcelona; Vila-Matas con sus mapas emocionales; y, por supuesto. Paul Auster, el enorme topógrafo de Nueva York. Hay muchos más escritores viandantes, pero entre todos ellos Patrick Modiano, el fascinante transeúnte francés, el más empecinado el que nos pierde  por sus caminos y avenidas azarosas, emanaciones  de una memoria fragmentada. En cada nombre de cada calle que rememora hay un mundo perdido.

Después de recibir el Premio Nobel de Literatura en 2014, por "el arte de la memoria que evoca el más inasible  de los destinos humanos y descubre el mundo de la vida en la ocupación", según la Academia Sueca, Modiano no ha alterado su ritmo de publicar un libro cada dos años. La bailarina se presenta ahora en España. En solo 108 páginas estamos ante la quintaesencia del estilo Modiano.

El narrador monologante de La bailarina trata de reconstruir el tiempo entre brumas en el que conoció a "la bailarina" y a su pequeño hijo Pierre. Las imágenes borrosas y fragmentadas, las falsas pistas, las elipsis, las gentes que ocultan su nombre o lo cambian, forman parte de la técnica modianesca de reconstrucción de épocas que se superponen y alteran la cronología. "Así que desde hacía unos días, me volvían a retazos  las imágenes de una etapa muy remota de mi vida", declara el narrador a vueltas con una historia de su pasado. Para él era inevitable que un día u otro esas imágenes sepultadas en hielo volviera a aparecer, "igual que suben los ahogados a la superficie del Sena". El azar hace que se cruce con un conocido de aquellos días, Serge Verzini, dueño de un restaurante de entonces, La boîte à Magie. El hombre niega ser Verzini, rehúsa haber conocido a la bailarina y su hijito. El narrador acaba desenmascarando su identidad. Fue Verzini, a quien el protagonista alquilaba un cuarto en su juventud, quien le presentó a la bailarina. 

La amistad con la etérea mujer y su niño llevará al narrador, compositor de canciones  e incipiente escritor, a acompañarla durante los ensayos en el estudio del maestro Kniaseff, y, muchas veces, a cuidar al niño Pierre cuando su madre salía por las noches tras las representaciones. En la conciencia brumosa del joven aparecen otros personajes: la mecenas vienesa Pola Hubersen, que montaba fiestas y relajaba a la bailarina en su cama. La pareja de danza y amante intermitente de la bailarina Georges Starasss. El  misterioso editor Girodias o la doctora Madeleine Péraud, que inicia ala bailarina en la mística. El narrador también nos cuenta una historia de la infancia  de la bailarina, aunque ella también "daba detalles a trompicones, desordenados, como si tuviese lagunas de memoria". Un pasaje de la infancia y de la adolescencia de la mujer, cuando vivía en Saint -Leu-la-Forêt. En los viajes que a los catorce años hacía entre dicha población y la estación del Norte, se cruzaba con los hermanos Barise. Uno de ellos, André Barise, la acosaba y la oprimía con su peso contra la puerta del vagón. El narrador se dio cuenta de que en el periodo de su amistad con ella, la bailarina  tenía la sensación de que veía al fantasma de ese hombre, acechándola por las calles. En el París del presente que el narrador no reconoce, con batallones de turistas arrastrando maletas de ruedas, los recuerdos de la bailarina  surgen "como nos llega la luz de una estrella muerta hace mil años". La historia de la bailarina es intricada y difusa, pero a través de insinuaciones, de puertas entreabiertas, de pasillos desdibujados, de inquietantes personajes, acabamos dejándonos llevar de puntillas entre fantasmas de la memoria.

En las novelas de Modiano permanecen siempre los enigmas de la ausencia y la búsqueda de seres desaparecidos en un pasado semienterrado. La paternidad y el vacío del padre son también motivos recurrentes. Las identidades confusas se remontan quizá a la propia biografía de Modiano. Su padre Albert Modiano, con quien no se relacionó en muchos años, era hijo de un toscano, judío de Alejandría, nacido en Salónica, instalado como anticuario en París en 1903. La madre del escritor, Louisa Colpeyn, fue una actriz belga de lengua neerlandesa, que a causa de sus giras y viajes dejaba a sus hijos en manos  de parientes y amigos. La atmósfera particular de esa infancia, con la muerte del hermano más pequeño, Rudy, de leucemia a la edad de diez años, explica la nostalgia de Modiano por esa etapa, perdida demasiado pronto. Libro de familia (Anagrama) y Exculpación (Calpe, Narrativa) reconstruyen la infancia familiar de los hermanos Modiano...

Lourdes Ventura. El Cultural, 29-5-2026.

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