P.-Recorrer los tribunales franceses para hallar materia literaria, ¿transforma?
R.- Estuve quince años sin saber que haría con ello. Al principio pensé que solo acoplaba materiales para cosas diversas. Momentos de la vida, una sociología a la cual no tenía acceso, personajes que podría utilizar en novelas o relatos u obras de teatro, algún contenido, pero no pensaba que podía ser un tema en sí mismo para un libro. Es un terreno muy reservado a cronistas judiciales, un mundo muy cerrado en Francia. Pero me di cuenta de que mi visión no era la misma que la de un cronista de tribunales, sino la de una escritora que podía contarlo de otra manera.
P.- Hay una posición de escritora en la que los jueces no pueden entrar: son los aspectos y motivaciones de la condición humana. Aquella que traspasa el territorio de la ley en su comprensión y pasa al de la libertad de entenderla en su complejidad. ¿Cuál es ese lugar?
R.- Exacto. El lugar del escritor es precisamente el no tener un juicio y no proyectarlo. Intento comprender esos enigmas de la conducta para no juzgar, no es mi papel. Además, la escritura es un cuestionamiento perpetuo.
P.- Al empezar a recorrer los tribunales, ¿se alarmó ante signos preocupantes de cosas que ocurren en su país?¿Síntomas de que algo no parece que haya llevado a Francia a un mejor momento?
R.- No, al contrario, vi que encerraba cierta materia universal, compartida en muchos lugares. Me di cuenta de que el delito, las sentencias, el crimen y quien lo comete o las víctimas son algo completamente común. Sin embargo, el mundo del derecho -jueces, abogados, fiscales, procuradores...-no sé muy bien como funciona en otros países, pero descubrí que en Francia, el nivel es relativamente bajo. Tenemos grandes juristas y abogados pero son pocos. Me sentí decepcionada en ese ámbito.
P.- También entre quienes circulan ante los tribunales que describe se ve un pálpito común en lo oscuro de Europa, esa deriva de varios ciudadanos hacia posiciones del pasado-
R.- Es muy difícil juzgar eso como algo de un momento concreto, como este. Tengo la sensación de que siempre ha sido así. Desde luego que hoy se producen casos que no se habrían dado hace 50 años porque no tenemos la misma sociología pero la condición humana sigue siendo la misma, no creo que hoy haya empeorado.(...)
P.- En algún momento del libro alguien dice que vivimos en un momento de tanta luz que corremos el riesgo de quedar deslumbrados y no ver la realidad. El ruido también nos confunde. ¿Estamos más ciegos o más sordos?
R.- Depende del tema. Yo diría que todo va muy rápido, que no nos queda tiempo para reflexionar, que el peligro no es el ruido ni la luz, sino la velocidad que nos impide ver y oír.
P.- En relación con el tiempo, usted se confiesa como una persona con una falta absoluta de nostalgia. Le inquieta la velocidad con la que las cosas van hacia delante pero se niega a refugiarse en el pasado. Reivindica el presente. ¿Es ahí donde podemos encontrarla? ¿En una presencia presente?
R.- Eso me gustaría, sí , lo intento. Es mi naturaleza, relativamente también, no siempre ha sido el caso. Me he deshecho mucho del pasado. De un pasado espeso. Y me preservo ante un futuro que no existe, que no puedo vislumbrar. Si pudiera vivir en el carpe diem, sería feliz...
Jesús Ruiz Montilla. El País Semanal, 6 de febrero de 2026.

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