
Escena del espectáculo Cion: Requiem of' Ravel's Boléro.
Un lamento a oscuras, que poco a poco se convierte en cántico mientras se va haciendo la luz, inicia el espectáculo. Y esa transformación o paso de un lugar a otro sobresale en la obra porque el tránsito entre escenas es una constante y la plasticidad armónica con la que tiene lugar es asombrosa. Hay una gran capacidad de abordaje de la muerte y el dolor sin estridencias, a través de músicos y bailarines. Unos y otros beben del isicathamiya, un canto tradicional sudafricano a capela que implica cierta gestualidad. El cruce entre la mítica melodía del Bolero de Ravel y las voces de los cuatro cantantes rebosa delicadeza y virguería cada vez que el juego musical aparece.
Ubicada en un cementerio minimalista, apenas apuntado por las cruces repartidas en escena, la danza de este Requiem brota con esa misma organicidad que riega toda la propuesta, aunque esconda toda la técnica del mundo. Danza contemporánea, danza ingoma (con esas pisadas fuertes, originaria del pueblo zulú), aires de street dance y popping... emergen y se deshacen sin fractura entre los cuerpos de los 10 bailarines.
No hay arriesgados descubrimientos ni desafíos en este espectáculo, pero sí pulcritud, oficio y talento artístico que te llevan en volandas por un viaje espiritual y poderosos de identidad africana. La poca presencia de la danza contemporánea de África en las carteleras occidentales es otra buena razón para no perdérselo.
Mercedes L. Caballero. El País, Babelia, sábado 7 de febrero de 2026. Teatros del Canal. Madrid. Hasta el 7 de febrero.
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