jueves, 12 de marzo de 2026

"Koljòs" Una inmensa novela rusa

Después de publicar Una novela rusa, donde desvelaba el pasado colaboracionista de su abuelo, Emmanuel Carrère (París, 1957) estuvo dos años sin hablar con su madre. Hélène Carrère  d'Encausse -historiadora de gran prestigio, secretaria vitalicia de la Academia Francesa, enlace oficioso entre Rusia y Europa y, según dijo Macron en su funeral de Estado, con su proverbial grandilocuencia, "encarnación de la República francesa"- pensaba que el libro de su hijo ( impúdico en muchos sentidos) arruinaría su imagen, cosa que por supuesto, no ocurrió.

Pero según el escritor francés, había algo más: su madre, en el fondo, despreciaba su obra, pues, como académica orgullosa de su método científico, no aprobaba el uso de la primera persona ("para ella era el comienzo del "apoltronamiento") ni el modo en que su hijo abordaba las cosas de Rusia. A aquella rusa exiliada, "nunca le hizo gracia que fuera su tierra a armar mis follones de siempre". Se refería, claro, a sus documentales, como el de Kotelnich; a Limónov, a Una novela rusa.  La madre de Carrère era hija de príncipes rusos y aristócratas georgianos. Estaba emparentda con una dama de honor de la última emperatriz, con un regicida, al menos, y con un general prusiano; una prima suya, Salome Zurabishvili, ha sido la primera mujer en dirigir Georgia. Toda la familia materna de Carrère, por ambas ramas, llegó a Francia después de la Revolución. Lo habían perdido todo, incluida una villa de verano en la Toscana, antigua propiedad de los Médici donde recibían aristócratas de toda Europa  durante el verano; Cósima Wagner era, por poner un ejemplo, una habitual de la casa. A los Von Pelken, la familia de su abuela materna, les ocurrió lo que a tantos nobles rusos - lo mismo que a la familia de Nabokov, que retrató con precisión ese mundo del exilio ruso, que vivía, "en medio de la indigencia material y el lujo intelectual", en novelas como La dádiva-, que en su versión modélica terminaban, ellos, los condes, convertidos en taxistas, y ellas, las princesas, planchando a domicilio. A la abuela de Carrère, según cuenta su nieto, la educaron seis institutrices de nacionalidades distintas que "se turnaban para hablar a los niños los lunes en alemán, los martes en ruso, los miércoles en italiano, los jueves en inglés, los viernes en francés y los sábados en español (el domingo libraban)".

En el espejo que le pone delante su hijo, Hélène Carrère d'Encausse aparece como un sofisticado producto de todo eso. Estricta, aunque amorosa; trabajadora, inteligente, cruel; inflexible en cuestiones morales, ultraderechista a ratos, una de las últimas putinistas de Occidente (negó hasta el último momento, por escrito, en la tele, en la radio, la posibilidad  de una invasión en Ucrania: "Putin es un hombre que atiende a razones"; más tarde, significativamente diría: " Este señor Zelenski es muy arrogante"), admiradora de Houellebecq y de Brasillach, amiga del fascista Bardèche. Carrère, mientras su madre se moría, ya estaba tomando notas. Em algún momento reconoce, con ese gesto inhumano de gran escritor, las ganas de hacer un libro, adelantándose a los efectos que tal o cual desenlace pudieran tener en él. El resultado, con todo, justifica el empeño. Alejado de cualquier intención hagiográfica, el escritor ha culminado en Koljòs, su última obra, uno de los relatos más hermosos sobre una madre que se hayan escrito en los últimos años...

Alberto Gordo. El Cultural, 20-2-2026.

No hay comentarios:

Publicar un comentario