Otra película que explota el filón de las inteligencias artificiales. Con la IA hasta en la tostadora, era cuestión de tiempo que el cine volviera a subirse a la ola, para que unos vean venir a Skynet y otros simplemente disfruten del susto. En La residencIA (sí, con esa IA final em mayúscula, como decidido en una reunión de marketing), seguimos a Clarissa, escritora bloqueada que se va a una comunidad artística ultratecnológica. Allí conoce a Dalloway, su asistente virtual, que pronto pasa de musa digital a presencia inquietantemente invasiva. El título original Dalloway es más elegante, más literario y el español elige un juego de palabras tan obvio que casi da ternura.
La sombra de 2001: una odisea en el espacio (1968) es alargada. Como HAL, Dalloway comienza siendo servicial y termina generando una duda corrosiva sobre quién controla a quién. Pero donde Kubrick ofrecía una reflexión filosófica de la conciencia y el libre albedrío, aquí apenas rasca la superficie. La paranoia de Clarissa -agravada por el recuerdo de su hijo y su obsesión con los últimos días de Virginia Wolf- prometía un conflicto psicológico potente , sin embargo, el guion introduce subtramas (una organización clandestina que no lleva a nada ) sin impacto real. Visualmente, el entorno moderno y aséptico refuerza el aislamiento, aunque la puesta en escena es demasiado funcional para generar inquietud. Cécile de France sostiene el relato con un registro contenido y vulnerable, pero el desarrollo dramático limita su viaje.
Al final esta película no puede evitar convertirse en un Black Mirror (2011-2025) de marca blanca que se resume en que dependemos de la tecnología más de lo que admitimos. Entre el thriller psicológico y la advertencia tecnológica, se queda en tierra de nadie. Interesante como premisa y correcta en ejecución, sin más.
Álvaro F. Veleiro. La Voz de Galicia, viernes 27 de febrero de 2026.
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