
Théo Mercier en su taller de Paris. (Foto: El País/GorkaPostigo)
Sino fuera por sus tatuajes -el que lleva plantado en el medio del cuello reza "sentimental"- Théo Mercier podría pasar por un bello poeta salido del París decimonónico. En su porte hay una melancolía romántica que contrasta con la crudeza de una obra guiada por la idea de una apocalipsis suave, de un fin del mundo silencioso, al que tal vez ya asistamos sin darnos cuenta. El artista nos recibe en su estudio, no muy lejos del cementerio del Père Lachaise. El espacio, diáfano y depurado, parece más una galería de arte que un taller: las paredes blancas, los suelos de cemento pulido y las largas mesas de trabajo revelan un orden casi quirúrgico. En estanterías minimalistas se alinean esculturas, fósiles, piedras, conchas, fragmentos de cerámica y otras reliquias encontradas en mercados o montañas. La luz que entra por los ventanales se posa en cada superficie, dibujando las grietas y relieves, revelando la textura de las cosas, la historia que se esconde en cada objeto.
Estamos en tiempo de descuento para el otoño y a Mercier no le sobran las horas, aunque se muestre afable y disponible: acaba de tener un bebé y debe marcharse en breve hacia Riad donde prepara una obra monumental en pleno desierto saudí, sobre un terreno de 2.000 metros cuadrados , quizá el proyecto más ambicioso y exigente de su carrera. A nuestro alrededor, detectamos un sinfín de caracoles modelados y pintados a mano. Forman parte de su nueva exposición, I Swallow Your Tears, que presentó en la galería Mor Charpentier de París hasta hace pocas semanas. En ella reúne una veintena de bustos invadidos por un ejército paciente de moluscos. "Lo que me interesa de los caracoles es su condición de viajeros a través de los siglos . Desde hace 500 millones de años, es una de las pocas especies que no han cambiado. Esta serie de esculturas se convierte en una metáfora condensada de toda la obra de Mercier, situada entre la ruina y la regeneración, en ese diálogo entre lo vivo y lo inerte en el que siempre late una poética de la reparación y una reflexión sobre la necesidad de sobrevivir en un mundo que parece condenado a desaparecer.
El artista es un producto puramente parisiense. Mercier, de 41 años, creció en el barrio de Montmartre, en un ambiente bohemio. Su padre trabajaba como decorador de cine y su madre era dueña de una tienda de ropa de segunda mano. De ellos heredo la sensibilidad por los objetos, la intuición para ver en los materiales antiguos una vida secreta. Estudió diseño industrial y realizó sus primeras prácticas en Nueva York, en el estudio del artista Matthew Barney. Después trabajó con el diseñador Bernhard Willhelm en el Berlín de todos los excesos. Más tarde se instaló em México, donde descubrió la cerámica y la talla en madera. Hoy reparte su tiempo entre París y Marsella, donde acaba de ser nombrado artista invitado del Ballet National de Marseille junto al aplaudido colectivo (La)Horde, prolongando su exploración híbrida de los géneros artísticos entre la escultura, la instalación, el teatro, la danza y la performance.
Su trayectoria es el reflejo de un vaivén constante entre geografías, materiales y disciplinas. Mercier se sitúa deliberadamente en esa franja inquietante donde los límites se desdibujan. "El trabajo de un artista no es el mismo en un escenario que en un museo. Y precisamente en esa frontera es donde me quiero situar", dice. "Me alimento del mundo en que vivo, que es, al fin y al cabo, un mundo en ruinas. Pero intento situarme en un lugar que no dramatice ante el desastre, y ofrecer una mirada poética sobre el estado de las cosas". "Vivimos el final de algo, pero también el comienzo de un nuevo día. El lugar del final también puede ser un lugar de futuro".
Álex Vicente, Icon Desing, 18 de noviembre 2025
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