martes, 13 de enero de 2026

Picasso y la alegoría del padre

"Estudio con cabeza de yeso", Picasso 1925.

Una muestra en Málaga relee la obra del pintor tomando como eje el óleo Estudio con cabeza de yeso y recorre las variaciones de sus motivos, de sombras a máscaras a través de los años. Sabemos que la modernidad en el arte, en el cine, incluso en el psicoanálisis, deriva de una contradicción: la vérité romanesque (la verdad novelesca). Convertida en un espacio visual unificado, la obra se ofrece como escenario donde recomponer los acontecimientos, los significados, el espectáculo de la memoria. Todo cuenta, incluido lo que no se ve. Entonces asoman algunos comisarios y/o semiólogos que conceden nuevas funciones y sentidos a un determinado cuadro, sacando a la luz materiales, organizándolos de manera diferente, postulando tesis y narraciones sorprendentes. En este sentido, la exposición  Picasso, Memoria y Deseo, que firma el historiador Eugenio Carmona es de un atrevimiento extraordinario. No se centra en la cuestión canónica de los mundos visionarios del genio, sino en poder mirar una de sus pinturas, Estudio con cabeza de yeso (1925) como si estuviéramos  en una sala de cine, con los códigos propios  de una narración  y una perspectiva  a la medida del deseo.

De entrada irrumpimos en las las salas del Museo Picasso de Málaga, imprevista y agradablemente pintadas de azul anoche, arrastrados por la progresión de un propuesta ambigua y circular, articulada a partir del mencionado cuadro, al que acompañan 110 obras de Picasso y otros artistas coetáneos, entre pinturas, dibujos, fotografías, esculturas, películas y revistas, deslizándose unas sobre otras como metáforas y metonimias. Ocurre ya desde la frase del título (sin puntuación), donde "Picasso es el sujeto que articula  "Memoria y Deseo" en dos conceptos  como dos apellidos (Ramón y Cajal, Pi y Maragall) exclusivos de una única subjetividad. Todo está preparado para el ejercicio escopofílico: la memoria no es pasado, vive en el presente, es el impulso vital que supuestamente proyecta el deseo del artista - y del espectador - en lo representado. La tesis, desarrollada en un concienzudo texto para el catálogo, se resume  en el elegante simbolismo de T. S. Eliot en La tierra baldía (1922):"Abril es el mes más cruel, criando/lilas de la tierra muerta, mezclando/memoria y deseo, removiendo /turbias raíces de primavera". Para Carmona estamos ante un nuevo tipo de angustia, de síntesis cultural: "La memoria es un acontecer. El fuego del deseo siempre arde con leña antigua".

Situemos el enigmático catalizador. Estudio con cabeza de yeso, propiedad del MoMA desde 1965, es una obra compacta, densa, la pintura de una escultura que Picasso crea en el verano de hace justo un siglo, en la villa provenzal de Juan-les-Pins, y que supone el abandono definitivo de su época clásica (atisbado ya en el lienzo La danza, considerado por André Breton la verdadera bisagra  hacia lo surreal). El elemento protagonista es un busto de doble cabeza -un pseudo Séneca- que nos mira (¡el ojo!, siempre el ojo!) y que proyecta una perturbadora sombra.

Hay otros elementos sobre una mesa que parece inclinada hacia delante: un mantel rojo, un libro abierto, un brazo de escayola semi flexionado, un antebrazo con la mano en puño (que presagian  los desmembramientos del Guernica) y la pintura de una arquitectura (un teatrito de juguete que el pintor hizo para su hijo Paulo). Al fondo las nubes. Estudio con cabeza de yeso sería la respuesta del artista  a una foto antigua de su padre, José Ruíz Picasso, donde se le ve enseñando en un aula de la Llotja de Barcelona, tesis que el comisario apuntala  con un comentario que le hizo el pintor a Brassaï sobre los hombres barbudos en su obra: "Cada vez que dibujo un hombre, pienso sin querer  en mi padre. Para mí, el hombre es de don José y será así toda mi vida. Llevaba barba. Todos los hombres que dibujo los veo más o menos con sus rasgos". Una significativa declaración edípica, pero sin tragedia.

La iconografía relacionada con esta obra tiene una generosa continuidad en las paredes y vitrinas de una única sala, con la constelación  de cabezas y cuerpos convocados para el desafío de un juego alegórico con el padre, la misma metodología empleada por Carmona  en su notable Picasso1906. La gran transformación, en el Reina Sofía en 2024, a partir del cuadro Mujer desnuda con manos juntas, donde abordaba la interculturalidad de Picasso y su conciencia de la "alteridad" de género, que llevó al pintor a su primer  encuentro decisivo con la modernidad en Les Demoiselles d'Avignon. ...

Angela Molina. El País, Babelia, sábado 3 de enero de 2026.

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