Los desfiles en París de Chanel, Louis Vuitton y Miu Miu profundizan en la moda como hecho humano. La moda es una industria millonaria, una potente (y a veces infravalorada ) forma de cultura, y cada vez más una especie de plataforma de entretenimiento. Pero la ropa también es una herramienta antropológica, un modo de expresar individualidad, y, sobre todo comunidad. Se puede trazar una historia del mundo a través de la historia del traje. Las prendas, las siluetas o los materiales proyectan narraciones sobre las sociedades que las usan, sobre quienes son, de dónde vienen o a qué aspiran.
Hay un mito, un relato eterno que no pasa de moda y que sirve para explicar la moda. Se titularía algo así como "Vida y obra de Coco Chanel". Se ha escrito y se escribe mucho sobre donde estuvo, con quién y por qué, se investigan anécdotas nimias y hasta se hace arqueología de la decoración de los lugares donde vivió la diseñadora para explicar o tratar de entender cómo ella sola fue capaz de cambiar a principios del siglo XX las reglas del vestir femenino y de crear un uniforme que no solo sigue vigente, también logró erigirse en sinónimo de moda y lujo. Vestir Chanel es vestir un mito, una leyenda que habla de exclusividad, clasicismo y audacia, pero que hacía tiempo que había perdido el lenguaje primigenio y fundacional de la autora, es decir, la libertad femenina, el ingenio y la rebeldía. Matthieu Blazy lo ha recuperado, y por eso, por haber sabido darle una nueva vida a un lenguaje que todos hablan, se ha convertido en tiempo récord en el mejor diseñador de la actualidad. "Cuando a Chanel le preguntaban qué era Chanel respondía: pues Chanel. Y claro, es difícil lidiar con eso" bromeaba el lunes tras el desfile junto a un pequeño grupo de medios, entre ellos este periódico.
Blazy se puso a leer crónicas y entrevistas para tratar de entender al mito. Y encontró una en Le Figaro de los años cincuenta en la que Coco hablaba de la marca "como la mariposa y la oruga", contaba, "la mariposa no va al mercado y la oruga no va al baile". Es decir: la función y la cotidianeidad dialogan con el cuento de hadas, lo práctico se enfrenta a lo deseado y lo imaginado. El diseñador plasmó a esa Chanel narrándose a sí misma en una amplísima colección de matices y estilos casi infinitos pero coherentes entre sí, una colección que abrió con un traje de chaqueta "mítico" reconvertido en una especie de sudadera con cremallera y terminó con una versión austera del otro elemento mítico de la casa, el vestido negro. Entre medias, la oruga vestía con piezas fluidas cortadas en las caderas (como los vestidos de las flappers de los años veinte pero con una alusión a lo deportivo que caracterizó los primeros años de Coco Chanel ) o con trajes de varias capas superpuestas, como se viste en la vida real. Y la mariposa emergía en piezas finísimas en las que la urdimbre del tweed se convertía en malla metálica, en sutiles vestidos lenceros o en piezas de colores primarios repletas de lentejuelas o punto que simula el pelo. Las grúas de colores que funcionaban como escenario daban a entender que lo de Blazy en Chanel está aún en construcción. Pese a que el público aplaudía ensimismado, él aún está intentando reescribir el mito. Sin embargo su Chanel es tan Chanel que este fin de semana, que por fin llegó a las tiendas su primera colección, había colas en las puertas y ya hay varios modelos agotados.
La mañana de ayer Nicolas Ghesquière quiso hablar de moda desde lo antropológico. Convirtió una sala del Louvre en una instalación geométrica cubierta de césped creada por Jérémy Hindle, el diseñador de la escenografía de la serie Separación. Un bosque geométrico con un camino serpenteante por el que pasaban modelos que referenciaban una historia del vestido y del folklore indumentario de distintas sociedades. Por esa pasarela que era transición y también viaje (a fin de cuentas Vuitton era una marca de accesorios en sus orígenes) transitaron mujeres de las cavernas con piezas estructuradas en referencia a la indumentaria futurista, mujeres vestidas con piezas la indumentaria folclórica y ancestral, mujeres con prendas que referenciaban tradiciones textiles del lejano Oriente y otras con trajes de chaqueta occidentales. "Cuando empezamos la colección queríamos trabajar con una ropa arquitectónica, para expresar formas distintas de cultura en diferentes partes del mundo. Creo que la ropa tiene la capacidad de unirnos , y en cierto modo esto es una forma de antropología: pensar en cómo las personas pueden encontrar puntos en común en distintas partes del mundo a través de su manera de vestir", relató Ghesquière...
Leticia García. París. El País, miércoles 11 de marzo de 2026.
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