Reza asistió durante más de 15 años a estos procesos judiciales, que sintetiza y expone con extraordinario virtuosismo narrativo. Gracias a su habilidad para encadenar detalles significativos, el libro se despliega como una retahíla hipnótica para el lector. La autora de Un dios salvaje, más que ordenar los hechos bajo una lógica tranquilizadora, los describe, en toda su aspereza, con precisión desconcertante. Se sienta en la sala y toma notas. No reproduce juicios ni expedientes; se limita a dar una concisa impresión de lo que escucha, y ofrece el retrato oblicuo de los procesados a partir de los testimonios del resto. Muestra una economía extrema: escenas breves, datos y frases que componen, en tres o cuatro páginas, vidas completas. Las historias se alternan con escenas de su vida cotidiana que enseñan lo cerca que está la vida de cualquiera, incluso la del más virtuoso. de la del criminal más abyecto. (...)
Entre los procesos judiciales se abren espacios personales. Reza recuerda a un mendigo de su barrio al que nunca ayudó y que, tras un invierno muy duro, desapareció. No hay confesión ni arrepentimiento explícito; solo la constatación de una omisión que ya no puede corregirse. Hay recuerdos de amigos, de Imre Kertész, Roberto Colasso, Bruno Ganz o Luc Bondy, aderezados con anécdotas de la vida literaria. En el centro del libro está Sarkozy y la financiación libia de su campaña en 2007; Reza ya dedicó un libro espléndido al político francés, El alba, la tarde, o la noche. Reza menciona ese libro para delimitar su imagen del expresidente: "Con el paso de los meses empecé a verlo como uno de mis personajes habituales, más allá de toda esperanza". en pocos párrafos perfila a un hombre de poder, "que se conforma con datos brumosos siempre y cuando le parezcan positivos. Tras ocho días de vista de apelación, su percepción de Sarkozy y sus cómplices se fija en una imagen casi teatral: "Me costó ver a los señores Azibert, Herzog y Sarkozy bajo otra forma que no fuera la de un pavo real, un vendehúmos y un hiperangustiado".
Reza transforma la crónica judicial -como ya hizo con la crónica política en el libro citado sobre Sarkozy- en material literario de primer orden, pero sin elevarla ni ennoblecerla. Los textos guardan un sutil parentesco con su teatro, por la atención al diálogo, a la escena, y al instante en que se dice algo que ya no puede retirarse.
Alberto Gordo. El Cultural, 16-1- 2026.

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