jueves, 12 de febrero de 2026

"La noche en vela". "Autorretrato de un insomne"

En los últimos años se produce una paradoja: cuanto más nos dicen los científicos lo importante que es dormir bien, más testimonios de mal dormir conocemos. Algo que se ha achacado  al ritmo de nuestras vidas, al efecto de las pantallas o el nuevo ecosistema mediático digital, que hace más difícil la desconexión. No es nada nuevo el mal dormir, ni las confesiones en forma de obra literaria, aunque quizá sí su presencia creciente en la mesas de novedades. En los últimos tiempos hemos conocido el ensayo de David Jiménez Torres, El mal dormir, o el reciente, En vela, cómic de Ana Penyas que explora también el agotamiento, las rutinas rotas y noches enteras sin descanso. El popular filósofo francés Bernard-Henri Lévy (1948) se sitúa en otra tradición, más grandilocuente  y centrada  en sí mismo, pero el problema no varía: el sueño como territorio en crisis.

Lévy utiliza el insomnio como coartada narrativa para volver  sobre sí mismo  con una mezcla  de exhibicionismo, lucidez y cansancio moral que define buena parte de su obra tardía. No es un tratado médico ni un diario íntimo al uso, sino un autorretrato escrito desde la extenuación, desde ese punto  en que el pensamiento  ya no se ordena por jerarquías, sino por asociaciones febriles.

El libro se construye  como una deriva nocturna: recuerdos, lecturas, guerras, amantes, teorías sobre el sueño  y la historia. Lévy  no duerme  y en ese no dormir  se le cuela el mundo entero. El insomnio aparece así como una forma de hipervigilancia: quien no duerme, parece sugerir el autor, no puede dejar de mirar. Y mirar, en su caso, ha significado estar en Bosnia, en Libia, en Ucrania, en Israel tras el 7 de octubre, en los escenarios donde la historia se concreta en tragedias. No es casual que Lévy, tan implicado desde hace décadas en los debates de política internacional, vincule su imposibilidad de dormir con haber "visto demasiado". Una insistencia que tiene algo de caricaturesco, como reflejan las películas que nos muestran a los veteranos de guerra, desde Travis en Taxi Driver hasta el teniente Dan de Forrest Gump. La vigilia sería el precio  a pagar por una vida  vivida en el centro del ruido moral del mundo.

Pero La noche en vela también es un libro profundamente literario, lleno de referencias: Mallarmé, Proust, Kafka, Pessoa, Zweig, Leiris. Leer se convierte en una técnica de supervivencia - leer para aburrirse, para caer rendido- y, al mismo tiempo, en una forma de fracaso reiterado. Incluso la gran literatura naufraga ante un cuerpo que ha perdido el ritmo natural del descanso. En este sentido, el ensayo dialoga con una preocupación  cultural más amplia. Aunque Lévy insiste en particularizar su caso, el lector no puede dejar de reconocer en su relato una experiencia compartida.

El libro es también un ajuste de cuentas ideológicas derrotistas. Lévy no puede dormir porque el mundo va mal, porque Europa se descompone, porque la izquierda que conoció le repugna  y la extrema derecha avanza. Es, a este respecto, un libro de intelectual francés. En ese punto, su escritura se vuelve más discutible. La lucidez moral convive con afirmaciones tajantes, a veces simplificadoras, propias de un intelectual que nunca ha rehuido la polémica, como en su defensa  con pocos matices de Israel en su acción en Gaza.

Con todo, el libro se lee con una mezcla de fascinación y fatiga. Hay momentos de brillantez y otros de puro narcisismo. Lévy es fiel a sí mismo, y será el lector quien decida si esa vigilia es un acto de valentía, de vanidad o, probablemente de ambas cosas a la vez.

Antonio G. Maldonado. El Cultural, 30-1-2026.

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