Primero, el posicionamiento en primera línea del llamado body horror, que expresa el espanto o el malestar a partir de mutaciones corporales. Y también el predominio de las cineastas jóvenes en este territorio. Hay que recordar la Palma de Oro obtenida en Cannes en el 2021 por Titane, de Julia Ducournau, o el acontecimiento que supuso La sustancia, de la también realizadora francesa Coralie Fargeat.
Con Sanguine debemos hablar de nuevo de una directora gala, como si la nouvelle vague del cine de ese país se estuviese cimentando en torno al cine fantástico y, en concreto, al subgénero de las transformaciones corporales.
Sanguine es también una película política. Porque solo puede entenderse como una muy negra sátira en torno a u hospital donde comienzan a llegar trabajadores jóvenes aquejados de estigmas, hemorragias o malformaciones . Y una estudiante de medicina es el hilo conductor de ese thriller psicosomático en el que ella misma comienza a padecer las anomalías en su cuerpo, que parecen desarrollarse en paralelo al estrés en el trabajo que se sufre en la sanidad. Y existe una tercera decisión en el jurado que presidía el director del festival de Locarno -el suizo Giona A. Nazzaro- al premiar a Sanguine entre las nada menos 36 películas en competición porque en ella la exquisita medición de su tempo narrativo frenético se coaliga con ese carácter que tantas veces se ha negado al cine fantástico como palpitación derivada de malestares políticos imbricados en el mundo real...
José Luis Losa. La voz de Galicia, domingo, 18 de octubre de 2026.

No hay comentarios:
Publicar un comentario