martes, 23 de junio de 2026

Adiós al artista británico que empleó el color para ensalzar el buen placer de la vida

D. Hockney ante uno de sus paisajes de su serie "La llegada de la primavera" / D.S.
Desde sus años de formación londinense en el Royal College of Art, David Hockney (Braford, Yorksire del Oeste,1937- Londres, 2026) hizo siempre lo que quiso. Se plantó en la gran contemporaneidad  del arte del siglo XX apostando pimpante por la figuración, convirtiéndose en uno de los pilares del pop art y dejando que la abstracción se colase en sus obras apenas como un leve matiz de desequilibrio -menos perturbador que en el trabajo de  otros, como Lucian Freud y, sobre todo Francis Bacon-. Lo suyo fue una apuesta un tanto naif, y muy arriesgada porque representó  una constante en toda su trayectoria, una larga carrera que se solapó con lo que algunos tomaron como el tiempo de la muerte de la pintura, como si esta hubiese llegado a un callejón sin salida. Sí, como una especie de vía ciega que solo los pintores alemanes Gerog Baselitz -fallecido el pasado 30 de abril-Anselm Kiefer fuesen capaces de sortear , aunque, en su caso aferrados  al neoexpresionismo en una querencia más abstracta. Él, en cambio, se empeñó en trazar su propio camino, que entrañaba una mirada lúdica de cierta irónica ingenuidad, en el que la luz y el color ensalzan el buen placer de la vida moderna. Quizá la sinestesia con que nació - un fenómeno neurológico en el que la estimulación de un sentido halla respuesta en otro distinto, y que en su caso le hacía percibir colores como réplica a sonidos musicales- contribuyó de alguna manera a esa explosión cromática.

En su celebración -y su canto de soles y piscinas- tuvo mucho que ver su pasión por California, no ajena a la procura de la libertad sexual. Durante varias etapas de su vida  -la primera, ya a mediados de los años sesenta, en Los Ángeles- fijó allí su residencia, muy lejos de los brumosos cielos de su gris Yorkshire natal -"la penumbra gótica del norte de Inglaterra", bromeaba-. Moviéndose cómodamente en ese hedonismo muelle, dejó que su condición gay aflorase en sus cuadros, esos cuerpos masculinos desnudos, esos vibrantes acrílicos-, aunque también dejó traslucir  el dolor de la pérdida cuando la muerte de un ser querido golpeó su existencia.

Se convirtió en todo un personaje, un icono del siglo XX y parte del XXI (...) Hockney fue un inquieto artista, además, en el uso de materiales  y medios de expresión, siempre atento a las nuevas tecnologías y a los desarrollos digitales. Incluso dedicó mucho tiempo de investigación  al estudio de cómo los grandes maestros -Velázquez, Caravaggio, Holbein o Leonardo, entre otros- utilizaron  la óptica, los espejos y las lentes para perfeccionar su representación del mundo. Unas indagaciones y conclusiones que plasmó en su ensayo El conocimiento secreto publicado en España  por el sello Destino). Y siendo ya un octogenario, no dudó en utilizar la tableta iPad  para pintar. Así puede comprobarse en el maravilloso libro No se puede detener la primavera (Siruela), en el recoge sus apuntes sobre la mansedumbre de la naturaleza en la llegada de la primavera -y la calidez del devenir de las estaciones-en La Grande Cour, una centenaria casa de campo en Normandía en la que montó temporalmente su estudio y pasó el confinamiento  del covid-19.

Otro de los apartados cruciales de su obra son los retratos, a los que dedicó gran atención. Esta faceta pudo disfrutarse  en el 2017 en una exposición que acogió el museo Guggenheim de Bilbao y que reunió  más de ochenta lienzos en que -apenas unos años antes - pintó en su estudio angelino a familiares, amigos y conocidos, como colaboradores, artistas, curadores, galeristas, en situación  de absoluta relajación y confianza, sin glamur alguno.

Hockney falleció este jueves en Londres. Queda su alegría.

Héctor J.  Porto. La voz de Galicia, sábado 13 de junio de 2026.

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