jueves, 25 de junio de 2026

El señor Búho y el País de los muertos

La joven Marie vive espantada por su sombra, que díscola como la de Peter Pan, la ataca y muerde en cuanto la luz la ilumina, obligándola a moverse entre la oscuridad. El dibujo barroco y expresionista de David B. toma ese punto de partida para que su blanco y negro vuelva a explorar el simbolismo de estos contrastes, alimentados de referencias africanas y asiáticas hasta el horror vacui, para seguir los caminos de Dante y bajar a los infiernos acompañados de una particular criatura que vive entre el mundo de los vivos y los muertos, el señor Búho.

 De la mano de este particular Virgilio aficionado a la fiesta, Marie deberá enfrentarse a sus miedos para poder comprender las razones de la rebeldía de su sombra, entrando en un mundo de los muertos donde hace tiempo que la muerte no se deja ver, mientras las ciudades se acumulan y mutan sin sentido aunque el tiempo haya dejado de correr por sus calles. Fallecidos que muchas veces no saben que expiraron ya, que siguen repitiendo una y otra vez sus rutinas, como proyecciones deformadas de la realidad cotidiana de los vivos, pero también como potentes metáforas de ese existir por el que transitamos de forma automática fingiendo que comemos alimentos que no degustamos, que dormimos mientras el insomnio invade nuestra mente y los pensamientos nos alejan del mundo del sueño. El reino de los muertos que dibuja el creador de la magistral  Epiléptico no se aleja de lo que vemos a nuestro alrededor cada día.

Para Marie, como para la humanidad, enfrentarse a la muerte constituye la única forma de superar los miedos con los que convivimos, esa muerte que no infunde terror por sí misma, sino por cómo creemos que es, como ese Cerbero que deambula por la ciudad matando y aterrando a los sin vida, supuestamente a las órdenes de una parca que nadie ha visto nunca, a esa soledad inmensa que nos hace invisibles, condenándonos a una jaula de la que es imposible escapar, como la pobre Marie sabiendo que los difuntos no pueden ver a los vivos y los vivos no pueden ver a los fallecidos. Entre ese caos en constante mutación, Marie deberá encontrar  su camino venciendo a sus miedos sino comprendiéndolos asimilando a esos fantasmas que nos rodean sutilmente, que nos rozan cada día sin ser vistos, solo apenas percibidos por el vello de la piel y se transforman continuamente, como nuestros miedos que cambian y mutan para que los cerrojos de nuestras cárceles sigan bien cerrados.

 En viñetas que beben de la fuerza  de los grabados de Frans Masereel y Otto Nückel , el dibujante francés va componiendo  un relato simbólico en el límite entre la vigilia y los deseos, en esas grietas entre dos mundos  que conviven necesariamente, en el que la luz de nuestra mirada representa la única guía segura para comprender que nuestros terrores  son parte de nosotros y que aceptarlos  es parte de nuestro trayecto obligado entre uno y otro reino. Una obra extraordinaria llena de lecturas.  

Álvaro Pons y Noelia Ybarra. El País, sábado 18 de abril de 2026.

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