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| La filósofa Nadia Yala Kisukidi. |
Hija única de un congolés exiliado durante la dictadura de Mobuto Sese Seko y una franco italiana, la infancia de esta filósofa congoleña-francesa estuvo marcada por los sentimientos ambivalentes que le produjo la diáspora de su padre: el deseo persistente de volver y la conciencia de que ese regreso, muchas veces no llega a materializarse. Para Kisukidi, quienes viven en la diáspora tienen un don divino, el de vivir en dos lugares a la vez, mientras que su esencia está ligada a un lugar físico distinto al que habitan. Creció creyendo que volvería al Congo con su familia al acabar el régimen dictatorial, pero aquella idea terminó por desvanecerse con la muerte de su padre. De esa experiencia, que concentra la complejidad de la diáspora y el retorno que constantemente se pospone, hablará en su próximo libro, que se publica este año en Francia.
La conversación transcurre por las calles de un Nueva York nevado, a-14 grados, hasta llegar a la sala de juntas de la Maison Française, un edificio del siglo XVIII perteneciente a NYU, reconvertido en centro cultural. Allí repasa su trayectoria y comenta su participación el 18 de febrero en Black Urbanités, unas jornadas coorganizadas por el CCCB y el Macba en Barcelona, donde abordará la posibilidad de recuperar utopías tan pertinentes como el pensamiento decolonial. Se muestra, sobre todo, cauta. Por momentos, esquiva. Es muy consciente de que es una persona racializada y que ha llegado a EE-UU como inmigrante en un momento dramáticamente convulso para las minorías.
P.- Dentro de poco visita España para participar en una conversación sobre nuevos imaginarios negros en la ciudad.
R.- Quiero hablar de archivos utópicos que han caído en el olvido y visibilizar que en el siglo XX África era un laboratorio de utopías e insurrección del que nadie se percató pese a que África desarrolló este ejercicio de imaginación radical durante más de un siglo. De ahí surgió una de las utopías más relevantes: la decolonización. La utopía no está muerta, no ha desaparecido. Es más, es muy necesaria ahora que nos volvemos a enfrentar al imperialismo y hemos de alimentar nuestros sueños de independencia. Hay que leer a Lumumba (líder independista y primer ministro del Congo), Eboussi Boulaga (filósofo camerunés), Mongo Beti (escritor camerunés).
P.- Sigue defendiendo la laetitia africana, la reafirmación de la vida y la alegría pese a la tragedia de la historia.
R.- Me posicionó contra la melancolía teórica, no quiero confundir el no-ser con el ser. En la actualidad hay tanta fascinación por la derrota, por las ruinas, por corroborar cómo el mundo que compartimos se derrumba, que a veces esa obnubilación no nos permite ver los pequeños movimientos de resistencia. Rechazar la melancolía es rechazar la prominencia del no-ser y alienarse con las fuerzas que se pretenden combatir .
P.- No se trata de adoptar un positivismo forzado, sino de recuperar poder sin anclarse en la victimización.
R.- Eso es. Yo no estoy contenta con este momento histórico, pero presto atención a lo que está vivo. Por poner un ejemplo, durante las elecciones de 2018 en la República Democrática del Congo (RDC) se dieron un cúmulo de circunstancias que incluían conflictos armados de las milicias y propagación del ébola, y, en algunas zonas como en Beni, se les prohibió a los ciudadanos votar, considerando que hacerlo podía poner en peligro sus vidas. Y aquí surge la historia de resistencia: la gente se organizó por su cuenta para crear una votación simbólica, aún sabiendo que sus votos no serían contabilizados oficialmente. Los ciudadanos decidieron hacer una demostración de lo que es la democracia ante el poder como una forma de decir "si a ustedes no les importa, a nosotros sí, porque existimos". A este acto yo lo llamo revolución, aunque durase solo un día y creo que debe darse a conocer. La laetitia africana tiene mucho que ver con cultivar la habilidad de ser capaces de identificar estos gestos de resistencia, que son recursos clave para recuperar nuestra fuerza.
P.-Ha escrito mucho sobre la disociación que produce el racismo.
R.- Es la sensación de ser muy visible a la vez que hiperinvisible porque la gente no nos ve como una persona con deseos, ve nuestra raza, la negritud. El racismo no son solos los insultos, sino también las jerarquías de poder fundadas mediante mentiras. Existimos porque somos el producto de la imaginación del otro, que nos inventan continuamente desde una mirada racista. Hablo de cómo se ríen de nosotros, de los monos, de los plátanos. Las personas racializadas tenemos que hacer un esfuerzo para reapropiarnos de nuestro cuerpo. Decir que los negros somos humanos, no monstruos; somos seres civilizados, no animales de la selva; somos hermosos, no feos. La otra opción es optar por escaparnos de este mundo...
Ana Vidal Egea. Ideas. El País, domingo 1 de febrero de 2026

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