lunes, 30 de marzo de 2026

"Una hija en Tokio". La esperanza de un padre.

El 1 de abril de 2026 entra en vigor en el Japón  una nueva ley que permitirá a los progenitores compartir la custodia de un hijo. Hasta ahora era el padre o la madre  quien se encargaba en exclusiva  del cuidado del menor , bajo la convicción de que un único hogar proporciona unas mejores condiciones  para la educación y desarrollo emocional del vástago que el cambio frecuente de residencia y los conflictos entre parejas mal avenidas. Esto dejaba, sin embargo, en un estado de absoluta indefensión al que perdía la custodia, siendo habitual la destrucción del vínculo con el hijo.

Esto es lo que ocurre en  Una hija en Tokio a Jay (Romain Duris), un hombre atrapado en esa diabólica trampa legal que se amparaba en la tradición cultural japonesa. De origen francés, Jay llegó a Japón para trabajar como cocinero y acabó conociendo a una mujer de la que se enamoró y con la que tuvo una hija, Lily. Sin embargo, la relación se deterioró y ella abandonó con la niña el hogar familiar cuando esta tenía tres años.

En el filme conocemos a Jay casi una década después. No ha abandonado Tokio con la esperanza de reencontrar  a una hija a la que no ha vuelto a ver. Ni siquiera sabe donde vive ella en la enorme metrópolis. Jay trabaja como taxista en turno de noche, quizá con la esperanza de que su hija se suba a su vehículo el día menos pensado. Y eso es lo que cree que ocurre cuando sustituye a un compañero en un servicio para llevar a una chica de apariencia mestiza a la escuela.

El director Guillaune Senez (Uccle, Bélgica; 1978) acierta a la hora de internarse en esa problemática sin forzados diálogos explicativos. Vamos accediendo a esta realidad  que se nos hace tan inverosímil a través de la ayuda que le ofrece Jay a Jessica (Judhit Chemla), una mujer francesa que está iniciando el viacrucis en el que él lleva ya un década inmerso: su marido japonés se marchó con su hijo a Tokio y, amparado por la ley, le prohíbe verlo. Aunque podría haber sido un personaje meramente instrumental, para que el espectador pueda familiarizarse con el laberinto burocrático o el choque cultural, Jessica finalmente adquiere su propia entidad, el reverso pasional y rabioso de Jay. Sin embargo, es en el trabajo de Romain Duris donde descansa el principal atractivo de Una hija en Tokio. Duris interpreta a un hombre que habla perfecto japonés, que maneja el callejero  de la capital como si fuera el pasillo de su casa, que compadrea con el librero de su barrio y sabe cuál es el tono apropiado para tratar con las autoridades, pero no deja de se un gaijin, un extranjero. Es un hombre, además atrapado en un limbo, incapaz de resolver su vida mientras exista la posibilidad (remota) de recuperar a su hija. Pero es un hombre también con sus demonios, algo que se percibe en la manera de comportarse  de su ex cuando aparece asustada y temerosa.

Solo por ese momento en el que vemos a Jay en su coche, intentando gestionar sus emociones cuando cree por fin haber encontrado a Lily, merece la pena acercarse a esta película, a la que quizá se le puede achacar una dirección demasiado funcional.

Javier Yuste. El Cultural, 20-3-2026.

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