Agredir a un pobre tendero o pegarle fuego a tu ayuntamiento no son acciones desapasionadas: son el producto reconocible del resentimiento social. Parece que Francia ha dejado de ser un paraíso poblado por gente que cree vivir en el infierno. Parece que esta vez hay gente decidida a convertir Francia en un infierno de verdad. Se han aducido muchas razones para justificar la diferencia entre este estallido y los precedentes. Está el malestar material de una generación que considera roto el contrato social justo cuando le tocaba a ella empezar a recibir su parte. Está el fracaso indicutible del modelo migratorio, generador de banlieues desnaciolacidas: es decir, desprovistas de un mínimo compromiso cultural con el porvenir de la nación como proyecto sugestivo de vida en común ; lo que el propio Macron ha llamado (sin saber después qué hacer con ello) "separatismo islamista". Está también la vieja fascinación por el ideal revolucionario, ese mito definitorio de la identidad épica que los franceses cultivan sobre sí mismos desde 1789 por culpa de escritores -de Víctor Hugo a Éric Vuillard incapaces de hacer otra cosa con la violencia que romantizarla. El hecho de que estos escritores sean a menudo tan buenos como los portadistas de Libération ha facilitado históricamente la transmisión del virus revolucionario, contra el que poco ha podido el conocimiento inútil de caballeros ilustrados como Aron o Revel. Y está, por supuesto, la frustración organizada de la extrema izquierda que ya anticipa la llegada de Le Pen al Elíseo en primavera.
Ahora bien. Hay un elemento adicional que, a falta de mayor precisión, los medios identifican con el "nihilismo". Violencia nihilista era la de Mersault en El extranjero: una pulsión criminal desapasionada, sin otro propósito que el hecho de su súbita satisfacción. Pero agredir a un pobre tendero, reventar el escaparate de Levi's o pegarle fuego a tu ayuntamiento no son acciones desapasionadas ni se originan en la conciencia del sinsentido de la existencia: son el producto reconocible del resentimiento social. Sus autores, tanto da izquierdistas que islamistas, comparten un odio a Francia previo al afán de rapiña. Por eso atacan lugares emblemáticos, y por eso nadie levanta una acampada en Orcasitas. París provoca en ellos lo mismo que la niña guapa de la guardería en el cerebro a medio hacer del niño que la agrede porque la siente inalcanzable. Es el reverso tenebroso del síndrome de Stendhal: el odio a la belleza.
Jorge Bustos. El Mundo, lunes 19 de octubre de 2026.
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