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Fotograma de La chica del brazalete |
La protagonista es una adolescente a la que una mañana de verano detienen en la playa delante de sus padres acusada de acuchillar hasta la muerte a una de sus mejores amigas. Una secuencia que se reduce a los títulos de crédito para llegar pronto a lo que de verdad le interesa a Demoustier: el juicio como esquema narrativo para mostrar la perplejidad e incomodidad de la sociedad y de los padres con una hija cada vez más alejada de sus códigos morales. La joven intérprete Melssa Guers, con toda justicia candidata a los César por este trabajo, borda a esa adolescente arrogante y rígida sentada en el banquillo. Una esfinge ambigua, que se defiende desde la más absoluta frialdad y cuyo principal pulso no es con el tribunal sino con los suyos, con unos padrs que se enfrentan espeluznados a los interrogantes del vuelo de su hija.
Para acentuar el conflicto Demoustier no esconde a sus personajes bajo la piel de una familia reaccionaria. Al revés Roschdy Zem y Chiara Mastronianni dan vida a dos profesionales liberales, abiertos, sin aparentes prejuicios, seguros de la inocencia de su hija, pero íntimamente horrorizados con lo que asoma de una vida cuyos códigos poco tienen que ver con los de los adultos. La película pone sobre la mesa un debate nada banal, que procura respetar todos los puntos de vista a través del coro de voces de la abogada defensora, la fiscal, la juez, la madre de la víctima o la madre de la chica acusada, sin imponer respuestas inmediatas, abierta a interpretaciones para que cada uno se enfrente a sus propias conclusiones.
Elsa Fernández Santos. El País, viernes 12 de febrero de 2021
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