
Ni el frágil acuerdo para cerrar la crisis política por la inmigración ni el tímido inicio de reforma del euro parecen a la altura de las ambiciones iniciales del presidente francés para transformar la UE. A Macron le ha costado estos meses persuadir a Angela Merkel, bajo presión de la derecha alemana, y también ha descubierto los límites de la seducción con líderes como Donald Trump. De nada ha servido el charme del francés con el presidente de los EEUU. Ni en el cambio climático, ni en Irán, ni en el comercio internacional, ni en ninguno de los contenciosos con los europeos, Trump no ha cedido ni un milímetro. En Francia el mandatario exhibe un balance mejor. El sistema presidencialista de la V República y su hegemonía parlamentaria le otorgan poderes casi plenos para reformar, sin más oposición que la de las protestas de la calle. Las reformas más delicadas -la del mercado laboral y la de los ferrocarriles, el tipo de reformas que hacían tambalear gobiernos- se han aprobado sin contratiempos. Y han debilitado a los sindicatos, que el macronismo considera como uno de los factores de bloqueo de la sociedad francesa.
Pero, como escribe en Le Monde el experimentado cronista Gérard Courtois, se observa un "cambio de clima" en la actitud de los franceses respecto a su presidente..."Ahora", escribe Courtois, "quienes solo se sentían irritados por el jefe del Estado ya no lo aguantan. Agobia a quienes le daban el beneficio de la duda. Decepciona a una parte de aquellosa quienes seducía. Desencanta a los entusiastas"...
Marc Bassets. París. El País, domingo 1 de julio de 2018
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