En Lanza tu pan, una voz transita entre la segunda y la tercera persona, roza la primera, se coloca en el trance del cerebro insomne de Christine Grave, que navega entre el fracaso de sus relaciones sentimentales, la pérdida de la juventud y la frustración de sus impulsos artísticos. El cuidado de la madre ocupa la posición central de la propia vida madura. El tiempo se les acba a las dos y las mimetiza convirtiéndolas en la misma mujer. Alice Rivaz escribe incisiva y tiernamente, sobre una hija única que, como cuidadora se encuentra incapacitada para las tareas domésticas por la sobreprotección de una madre que además no se deja cuidar; escribe sobre una mujer condenada a la inmadurez por un vínculo maternofilial absorbente -"Christine me lo cuenta todo"-, y por el vampirismo afectivo o el lugar secundario -no son incompatibles- al que ha sido relegada en sus relaciones con hombres 20 años mayores que ella, hombres casados, hombres "amigos"; escribe sobre los amores difíciles que nos obsesionan en contrapunto con la prefiguración de la propia decadencia intuida en el desmoronamiento corporal de la madre. No en la ausencia mental, en el olvido o el decaimiento espiritual. En el desmoronamiento físico. El borde de la parálisis. Con estas dos fibras, la erótica y la tanática, Rivaz fabrica minuciosamente el tejido de la sexualidad y la sentimentalidad de una Niña Buena que se cree malísima y quizá, es un pedazo de pan.
El juego con la multiplicidad de las personas del verbo conforma una sola voz que se aleja y se acerca a Christine, que es ella y no lo es, que la comprende y la interpela críticamente. Da lo mismo que la voz se solape con la de Alice Rivaz. Lo que sobresale desde un punto de vista literario es el efecto de autenticidad que se consigue gracias al artefacto musical de esa voz: reconocemos las circunstancias materiales de Christine, esas nuevas formas de instalarse en el espacio requeridas por los cuidados a una persona anciana, el desdibujamiento y la alienación de los hogares de quien acoge y de quien es acogido; pero también reconocemos circunstancias morales, culturales y sociales como la autocompasión , la legitimidad con que Christine se da pena, un sentimiento de culpa que se intensifica en las páginas más sobrecogedoras en las que se retrata la muerte como despecho o castigo por el abandono. Otra cosa es cómo se interprete el abandono y dónde se ubique la línea divisoria entre egoísmo y entrega, exigencia y susceptibilidad. Lo que tenemos derecho a pedir y lo que podemos dar. Me sorprendido buscando respuestas mientras leía esta historia: propiciar esta actitud en lectoras, ya curtidas como yo, es sin duda un mérito extraordinario de Alice Rivaz. Porque he sentido que la autora tenía algo que decirme mientras forjaba un lenguaje para domeñar su propio caos. Nos hace entender que ni los amantes de Christine ni su madre son seres monstruosos; lo que ocurre es que el amor esta lleno de egoísmo. Pero el amor también está lleno de amor. Como la escritura misma.
Aquí Rivaz da un salto mortal -no imprevisible, pero sí deslumbrante- y este texto, a tramos melancólico, este mismísimo texto que tenemos entre las manos, se transforma en exacta concreción de la esperanza. La esperanza en el acto de escribir para contar la vida. Christine, por fin escribe. La palabra literaria nacida del amor, de la compasión, el placer, llega a los lectores con un gesto profundamente vital y comunicativo que encierra algunos descubrimientos tristes como el de que un día entenderemos que no somos primordiales para nadie. Nos alcanzará la sensación de orfandad. ¿También a quienes escribimos? Si nadie nos lee, es muy posible...Alice Rivaz no puede quedarse ni mucho menos huérfana, porque la acompañaremos. Ocuparemos el mismo espacio de vulnerabilidad y clarividencia. Escucharemos, en este libro prodigioso, el latido del corazón de la vida y el de la escritura perfectamente acompasados.
Marta Sanz. Babelia. El País, sábado 18 de abril de 2026.

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