martes, 22 de septiembre de 2026

Las joyas de la corona

El collar Panthère Kentia. (Imagen: Instagram de Cartier)

Las piezas de alta joyería de Cartier se lucen en alfombras rojas y se exhiben en museos. Los artesanos que las crean las hacen tan suyas que al terminarlas pasan por un proceso de despedida y duelo. Para fotografiar el collar Panthère Kentia de la última colección  de alta joyería de Cartier  nos encierran en una habitación  sin ventanas. Una especie de cámara blindada donde solo caben cinco personas. Se hace llamar a un experto que, guantes negros mediante, es el único autorizado a manipular la pieza, un collar  con un gran zafiro de Ceilán de 50,13 quilates en talla de cabujón, seguido muy de cerca por los ojos de esmeralda y ónix de la pantera, símbolo de la maison desde 1914.

No podemos tocar el Kentia, solo admirarlo desde la distancia e imaginar a qué actriz veremos con él en la próxima alfombra roja (si antes no lo compra una familia de gran fortuna, de las antiguas o de las novísimas). En la pieza en cuestión han trabajando  varios artesanos durante casi año y medio. "Cada uno de ellos siente que la pieza es suya, el vínculo personal es muy fuerte. No es fácil dejar ir una pieza como esta",  cuenta Alexa Abitbol, directora de los talleres  de alta joyería  del Instituto de Joyería Cartier. La marca nos ha traído hasta París para visitar este espacio ubicado en un edificio anodino del centro de la ciudad. Nadie diría que dentro se trabaja en las joyas más deseadas el mundo. El lujo siempre ha jugado al despiste.

Entramos en el taller donde acaban de poner punto final a Le Choeur des Pierres (el coro de piedras), la última colección de alta joyería de Cartier. Una colección donde manda la gema, es ella la que guía las ideas y la inspiración del diseñador. "Todo empieza y termina en la piedra", asegura Jacqueline Karachi, la directora creativa  y la que va en persona a las dos grandes ferias del mundo la de Tudson y la de Hong Kong, a comprar las gemas. Una ceremonia que se sucede en trío -diseñador, gemólogo y comprador- para evitar errores. "A mi me hablan las piedras, he nacido con ese don. Veo una buena  y es un amor a primera vista, casi una atracción animal, pero necesito el conocimiento de los expertos y las certificaciones independientes de los laboratorios porque las piedras de Cartier deben ser perfectas y totalmente trazables", explica Karachi, con 40 años en la maison, propiedad del grupo Richemont desde 1988.

"Yo voy a las ferias, compro las piedras y cuando llego a París y las muestro a los diseñadores ellos sienten una emoción cercana a la mía y una urgencia por empezar a trabajar estas gemas. Es muy curioso porque se diseña a partir de ese sentimiento", añade la directora creativa. 

Una vez que la piedra está en París se decide qué diseñador trabajará con ella. Un proceso que casi siempre ocurre en el despacho de Karachi. "Siente un respeto profundo por la creación, fui diseñadora durante 20 años y creo en la libertad, así les dejo escoger y apenas intervengo, ellos deciden. Mi única misión es que no se desvíen del estilo Cartier. (...) Cuando terminan las últimas fases del pulido, la pieza de alta joyería está lista para salir a ver el mundo, y sobre todo para ser vista. En el taller se produce entonces una espacie de duelo. "Ocurre cuando termina lo que llamamos el pulido espejo, cuando el joyero puede ver su imagen reflejada sobre la superficie de la pieza. Es un momento de grandes emociones porque se ha creado un vínculo sentimental con la pieza y hay que dejarla marchar  después de un año y medio de relación. Entonces organizamos una despedida y mostramos a los artesanos las joyas acabadas. Todo el mundo viene a verlas y se les puede escuchar presumir: 'Esta es la mía'. Entonces sí, entonces les dejamos marchar", explica la jefa de taller. A partir de aquí empieza una nueva historia.

Karelia Vázquez. El País Semanal, mayo, 2026.

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