La actriz francesa Brigitte Bardot (1934-2005) encarnó la otra Revolución francesa. La del rostro cuya belleza emanaba insurrección, aquella que situaba la conducta desprejuiciada en el centro de la vida; una sublevación en que el cuerpo despreciaba que lo cosificaran con o sin ropa. En este levantamiento a lo Bardot, los tacones altos también se evitaban, en pos de caminar con los pies descalzos para escenificar que la libertad, el juego y el disfrute están por encima de la rigidez y del convencionalismo.
En 2026 se cumplen 70 años de Y Dios creó la mujer (1956), película con la que la intérpetre y cantante alcanzó la fama mundial al ser convertida en un mito heroico interpretando a Juliette Hardy. Una historia que triunfó gracias a la poderosa presencia de BB, como se comenzó a llamar la actriz a partir de su estreno. Escrita y dirigida por Roger Vadim (primer marido de Bardot) se convirtió en un éxito en taquilla. A España no llegaría hasta los setenta por la censura de la dictadura franquista.
Un año antes del estreno en 1955, el escritor ruso Vladimir Navokov publicó Lolita; otro retrato masculino en el que la falta de autocontrol y el ejercicio de la dominación se conjugan para abusar de una niña convertida en objeto de deseo. Escenificado en la literatura y el cine. este díptico sobre la mujer ninfa -aquella vista como algo juvenil, dispuesta para el juego y el placer que no es imaginada ni como esposa ni como madre- fue una temática de reflexión para Simone de Beauvoir. A ella le dio forma en el ensayo Brigitte Bardot y el síndrome de Lolita, que se publicó en 1959 (en francés y en inglés) pero no se tradujo al español haste mediados de los sesenta. De Beauvoir despliega lustrosas reflexiones sobre la paupérrima mirada cinematográfica de Roger Vadim, el antojo carnal manifestado burdamente por el hombre, el verdadero significado del cuerpo femenino o la innecesaria rivalidad entre las mujeres creada por la sociedad patriarcal de la época. En su tesis, la filósofa aborda la cuestión del atuendo de la actriz: "Sus ropas no son fetechis y cuando se desviste no está revelando un misterio. Esta mostrando su cuerpo, nada más ni nada menos (...) Camina, baila y se mueve sin cesar (...) Abandonar joyas y cosméticos y tacones altos y adornos significa rehusar convertirse en un ídolo remoto(...)".
Aunque la directora de vestuario Deborah Nadoolman Landis dijo en este diario hace algunos años que la moda y el cine no tienen nada que ver, lo cierto es que las actrices siempre han ejercido una influencia estética en el street style, tanto desde la ficción de sus personajes como desde su vida real. Bardot -que cuando estrenó la película tenía 22 años- contribuyó a ello a propósito del vestuario que lució en aquella historia ambientada en Saint-Tropez, firmado por Pierre Balmain. Destaca, por encima de los otros looks, uno de dos piezas que luce descalza, en el que se conjugan un body negro de manga corta y una falda midi de color verde esmeralda cuya botonadura central solo se abrocha a la cintura. La escena en la que aparece, un baile en el bar del pueblo, es probablemente uno de los momentos icónicos del cine europeo de la segunda mitad del siglo XX.
La aparición de las bailarinas en Y Dios creó a la mujer tiene su origen a propósito de un encargo de Bardot, formada en ballet clásico, a Rosa Repetto -quien en 1947 fundó la marca Repetto motivada por la necesidad de su hijo Roland Petit de tener un calzado cómodo para sus clases de danza, de donde surgió la técnica cousu retourné que trasladará las zapatillas del estudio de baile a la calle. El resultado fue el modelo Cendrillon, llamado así en homenaje a Cenicienta y con un diseño en el que lo único que separa la planta del pie de la calle es una suela de cuero. Por ello, en cada paso se emula la sensación de caminar sin zapatos. Tal es la relevancia de esta creación que en el 2019 el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA), adquirió unas para su colección permanente...
María Ballesteros. Madrid. el País, lunes 5 de octubre de 2026.
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