martes, 27 de enero de 2026

"Art déco" en el vórtice de la modernización

Vista de la exposición "Alegorías de un porvenir" en el Banco de España.
(Foto: Banco de España)

Alegorías de un porvenir. "El modernismo es nuestro clasicismo, nuestra Antigüedad clásica", escribió una vez Frédic Jameson  glosando al cineasta e intelectual alemán Alexander Kluge. Esta cita es útil para referirnos a una exposición donde diferentes niveles de significado se superponen. He aquí una caja  o máquina de tiempo: desde el presente podemos percibir los anhelos y las proyecciones de un pasado no tan lejano, pues no llega al siglo, pero que ahora después de décadas de modernización  y progreso capitalistas, se antoja remoto, antiguo. Literalmente parece otro mundo y, sin embargo, es el nuestro. A través de exposiciones históricas como esta, aunque planteadas desde un punto de vista  contemporáneo, podemos llegar a comprender nuestro presente un poco más. 

Alegorías de un porvenir parte de la ampliación entre 1927 y 1934 de la sede del Banco de España en Cibeles. Esta ambiciosa renovación a cargo del arquitecto navarro José Yárnoz Larrosa (1884-1966) estuvo marcada por la elección del estilo art déco, convertido en la época en un idóneo lenguaje estético "institucional". Este conjugaba bellas artes, ingeniería, arquitectura y decoración en lo que entonces, de manera incipiente, comenzaba a llamarse  "integración de las artes". Desde el volumen monumental del edificio, lleno de transparencia y diafanidad, a la carpintería metálica, el diseño lo engloba todo. A la vez que perpetuaba el stato quo, el idioma visual ordenado y sin estridencias rupturistas del art déco ofrecía confianza y estabilidad, modernidad y progreso. (Ya se sabe que el horizonte de toda transacción financiera  es siempre el futuro). Se entrelazan así como en un poliedro, arte, historia, economía y poder al servicio de una sociedad anónima y privada pero, al mismo tiempo, una de las instituciones más importantes para el Estado antes y después de la Segunda República.

El secreto detrás de alguna alegoría es siempre alguna clase de ideología o enunciado complejo resumido en una imagen. De este modo podemos observar dos hermosas vidrieras restauradas que se exhiben enfrentadas por primera vez representando, alegóricamente la "industria" y la "agricultura". Estos vitrales atribuidos a Alberto Martorell fueron fabricados por la prestigiosa empresa de origen francés Maumejean Hermanos, con sedes en San Sebastián, Barcelona y Madrid. La heroica figura masculina de la vidriera industrial es la viva imagen  de la modernización  y la productividad incesantes; un hombre de porte atlético en una composición centrípeta, marcadamente vorticista, articulada por líneas concéntricas que refuerzan el dinamismo  al son de las vanguardias futuristas, revolucionarias  y reaccionarias al mismo tiempo.

Estas cristaleras marcan el tono junto a un buen número de grandes cartones originales e inéditos que idealizan el trabajo manual y retoman tipos  humanos del costumbrismo regional. Se trata por lo tanto de una modernidad controlada, sin grandes riesgos aunque de gran belleza.

La pequeña sala de entrada concentra de un modo algo abigarrado el músculo conceptual de la exposición: se abre con Paisaje (Camí Antic de Vilanova) (1890) de Ramón Casas i Carbó, el paisaje pelado de un camino de tierra, una vía férrea y un tendido eléctrico; su modernidad  -tanto en su forma  como en su contenido- es tal que cuesta creer que fuera pintado en esa fecha. Ahí se presentan algunas de la "joyas" de la colección del Banco de España que representan el shock moderno, aquel estallido brusco (y dialéctico) entre tradición y modernidad entre clases plebeyas y burguesas e industriales: Sorolla, Vázquez Díaz, Benjamín Palencia, Gutiérrez Solana, junto  a otras sugestivas piezas provenientes  de importantes instituciones y museos.

Como necesario contrapunto, la exposición ofrece un apartado al subterráneo blindado de la Cámara del Oro excavado a 35 metros de profundidad. Fue desde aquí de donde partió el famoso  "Oro de Moscú", es decir la venta en la Unión Soviética -y también en París- de casi setecientas toneladas de oro para que este no fue capturado por el bando sublevado y poder financiar así la compra de armamento durante la Guerra Civil. La dureza de las condiciones de trabajo en su construcción se exhibe en fotografías y documentos de época, como la noticia de la huelga de hambre llevada a cabo por los trabajadores  el 21 de julio de 1934. De repente el idealismo y el oropel del decó se esfuma y transmuta en testimonio de la clase trabajadora. Este episodio añade una porción de realismo al sublimado estetismo del entorno.

La exposición concluye con una concisa aunque imprescindible contextualización del decó a partir de la exposición Internacional de 1925, que sirvió para su institucionalización como epítome de modernidad ejemplificando la elegancia  y funcionalidad de la arquitectura de Mallet-Stevens, que Yámoz Larrosa conoció de primera mano. Una pintura parisina entre simbolista y dandi, de Alfonso de Olivares -una de las figuras de nuestra modernidad más misteriosa y desconocidas- nos dice hasta luego mientras nos recuerda de nuevo las relaciones  y las tensiones  entre modernidad y clasicismo. Todo esto hace de esta exposición un laboratorio de la historia que merece ser visitada.

Peio Aguirre. El Cultural, 16-1-2016.

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