Valérie Paturaud, la autora del libro que ha relevado la historia de esta mujer, la descubrió por casualidad en una cena entre amigos en la Provenza, donde reside. "Alguien estaba hablando de que no muy lejos de allí había vivido una mujer que trabajó durante décadas con los Kennedy. Me acerqué para saber más y me dieron el teléfono de su nieto pequeño, Alain que resultó vivir a 40 kms de mi casa", cuenta Paturaud. En su primer encuentro, Alain le entregó una caja de cartas, fotografías y documentos. Paturaud pasó un año y medio investigando.
Leufroy es el apellido que le asignaron los servicios sociales la noche en la que la encontraron abandonada en el portal de una iglesia marsellesa, en pleno diciembre: un nombre inventado a partir del frío que hacía. En un momento en que el Estado no permitía la adopción de niños para evitar la explotación. Leufroy vivió feliz en una familia hasta los 10 años, antes de que la obligaran a marcharse a otro hogar. Así fue como empezó a refugiarse en la cocina, una pasión que le permitió conocer un mundo nuevo.
La novela cuenta, en su primera parte, la vida antes de los Kennedy, hasta los años cincuenta, cuando Leufroy desembarcó en Estados Unidos de la mano de un ricachón para el que había estado trabajando en Cannes. Leufroy había soñado con convertirse en chef de su propio restaurante, por eso era una misión imposible para una mujer sola, que no contaba con el apoyo de su marido, al que había abandonado por sus problemas con el alcohol. Tras la Segunda Guerra Mundial la cocinera había aceptado que lo único que podría hacer para asegurar su independencia era trabajar al servicio de la burguesía. Antes de poner rumbo a América, había cocinado para grandes empresarios y algunos nombres ilustres dela cultura francesa, como el escritor Albert Camus y el editor Michel Gallimard.
"Era una mujer extraordinariamente moderna. Atravesó el Atlántico, lo que para una señora de su época no era poca cosa. Era entusiasta y con mucho empuje, mucho más que su hija, a quien siempre intento llevar consigo a los Estados Unidos para ofrecerle una vida mejor, pero prefirió quedarse en su pueblo, donde fue cartera", cuenta Paturaud. Es a través de esa correspondencia con su hija que nos abre la puerta a la vida privada de los Kennedy, y en particular a Rose, a quién Andrée admiraba profundamente. "Rose tenía una personalidad extraordinaria. Era una mujer muy dura. Era una mujer infeliz con una infancia terrible: la enviaron a internados integristas en Europa donde ni siquiera podía tener una amiga porque podían considerarla homosexual. Una auténtica locura. Pasó frío, hambre... Fue un martirio, pero fue el pilar de su familia y sus hijos la admiraban y la temían al mismo tiempo, sobre todo Ted", cuenta la escritora.
Paturaud describe el respeto y el cariño que las unió hasta la muerte de Rose, en 1994, a los 104 años. "Le mandaba cartas (Rose) interesándose por ella, en las que incluía algún billete y siempre mandaba algún regalo para Año Nuevo", explica Paturaud.
La mansión de los Kennedy en Hyannis Port (Massachusetts) es el principal escenario del libro una vez instalada en Estados Unidos. Allí había que cocinar en grandes cantidades para una familia de gustos sencillos: ensaladas, ternera y pollo a la barbacoa, sin olvidar el helado y el pastel de crema de Boston, que no podían faltar.(...)
Leufroy volvió a Francia en 1974 y compró una casa familiar en la que vivió con su hija, su yerno y sus nietos hasta su muerte, en 1999, en su tumba, una corona fúnebre procedente del otro lado del Atlántico: "Para Andrée, con amor y gratitud. La familia Kennedy".

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