sábado, 23 de noviembre de 2019

En los campos de Flandes

Parque de Tervuren
El otoño es la estación más hermosa en Bélgica. El gris que durante tantos meses se incrusta en la retina, ese gris hiriente, idioma mudo de un cielo hostil y una arquitectura violenta, eclosiona durante unas pocas semanas en una maravillosa paleta de verdes, marrones y naranjas. Las calles y canales se cubren de millones de hojas y las carreteras se convierten en un prodigio de esperanza y alegría.
En otoño hago muchos más kilómetros de los necesarios para salir de la ciudad siempre por Tervuren. Allí donde acaban los barrios residenciales, antes de llegar a la autopista, hay una de las rectas más perfectas de Europa. Con las coníferas encargadas por Leopoldo II. A muy poca distancia de su famosísimo Arboretum, en formación militar. La zona es una gran imagen de la propia capital, con los árboles agrupados según su origen geográfico y no en función de las especies, como en un jardín botánico clásico. Sequoias, araucarias, castaños americanos, estoraques, mezclados, caóticos, sin un orden comprensible a los sentidos.
Es una belleza extraña, antigua. Que mezcla emociones. Colores tibios pero duros, como los que uno asocia a las Hautes Fagnes, cerca de Spa. Páramos húmedos, planos, sin colinas o montañas. Expuesto al frío y a un viento cortante. Con la mayor reserva natural del país, rica en vida, pero distante, melancólica, memoria  de los caídos en las Ardenas.
En otoño, y sobre todo en noviembre, tras las celebraciones del Armisticio, es imposible huir de la carga emocional de los campos de Flandes, allí donde yacen los que una vez cantaron, amaron y fueron amados. Aquellos que inmortalizó JohnMcRae desde las trincheras y que jamás descansarán si los que vivimos perdemos la fe y no mantenemos la antorcha. Allí, en los campos de Flandes, donde florecen las amapolas y vuelan las alondras valientes, todavía resuena el eco de los cañones.
Pablo Suances. Bruselas. El Mundo, martes 19 de noviembre   

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