P.-¿Cómo se le ocurrió esa estructura dual de la novela?
R.- Todo empezó con la historia del matemático, elegí a este personaje para contar la historia del siglo XX con el punto de vista del 11S visto desde ahora. Pero estalló la guerra de Ucrania y me di cuenta de que en ese relato faltaba otra forma de ver la violencia de la guerra y un contrapunto al otro relato. Me dije:" Voy a escribir la parte invisible de la historia, que es la pregunta de cómo puedes dejar la guerra atrás, qué significa la violencia de la guerra que uno lleva consigo". Imaginé el libro como una trenza de pelo con esas dos historias, no paralelas, pero entre las que hay como un baile.
P.- Después de Ucrania, Gaza.
R.- A mí me afectó mucho la guerra de Ucrania, me deprimió ver cómo la guerra había vuelto a Europa de repente. Poco después de publicar el libro estalló lo de Gaza, y fue también un choque muy grande. Era como si el libro adquiriera más vigencia.
P.- Y decidió que no se sepa el nombre ni la nacionalidad ni la guerra de la que huye el desertor.
R.- Para que fuera una contraposición a la otra historia. La del matemático es muy precisa, tine muchos nombres y lugares, la del desertor es lo opuesto. Las únicas indicaciones son el paisaje y las sensaciones; son lo sentidos los que nos dan indicios.
P.- Ha dicho que su novela es un intento de contar el siglo XX desde la perspectiva del XXI. La guerra es el denominador común.
R.- Guerras devastadoras, pero también traiciones, mentiras, utopías fallidas y sueños rotos que encarna el personaje de Paul Heudeber, el matemático, y su historia de amor con Maja, su esposa. Esa imposibilidad de ser fiel a algo hasta el final, que es lo que para mí caracteriza también al siglo XX, el de las grandes utopías e ideologías que fracasan. Menos las matemáticas, que siguen vigentes.
P.- De ahí su interés por ellas
R.- Al escoger un oficio para el personaje me gustó que fuera matemático, porque es matemático un mundo utópico dentro del cual uno se puede encerrar y construir una torre mental donde vivir. Me inspiré en un matemático judío francés de origen alemán, Alexander Grothendieck, que ganó el equivalente al Nobel de las matemáticas y que acabó encerrándose en su propio universo matemático en un pueblo perdido del Pirineo; dejó cualquier contacto con el mundo. Es un buen ejemplo de cómo las matemática pueden funcionar como una especie de muro contra el mundo real.
P.- El desertor es un traidor, pero el matemático sería también una especie de traidor a la democracia.
R.- Sí, exactamente. Él y muchos comunistas de la de la época sabían lo que estaba pasando, que no había libertades, pero decían: "Esto es temporal, va a mejorar. Cuando ganemos la batalla al capitalismo todo irá mejor". Los comunistas funcionaban con este sueño de que un día todo iría mejor para la humanidad entera. Es lo que permite a Paul quedarse en la RDA para ver el momento en el que el comunismo triunfará.
P.- En su obra hay una imposibilidad de conocer al otro, aunque creemos que lo conocemos, y una recurrencia a la violencia...
R.- El único refugio que yo veo es precisamente la literatura porque la información es demasiado rápida, la emoción es demasiado potente, no da tiempo para pensar; en cambio, la lectura es el espacio que más necesitamos ahora. Es la forma de entender al otro, la alteridad aparece en la ficción, es la forma de conectar con el otro. Necesitamos la literatura más que nunca, y paradójicamente está más débil a nivel de presencia, y quizá es porque los Gobiernos y el capitalismo global también la quieren controlar, porque saben que es el único espacio de libertad que queda.
Enrique Clemente. La Voz de Galicia, sábado 2 de noviembre de 2024.
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