La semana pasada, en una reunión de ministros europeos, el griego Tsakalotos, buscando argumentos para sostener la necesidad de una tasa a las multinacionales digitales, le puso a su colega belga, Johan van Overtveldt, un ejemplo que implicaba crujir a impuestos el chocolate. Hubo risas en la sala y sudores fríos entre los pobres que estamos obligados a escuchar este tipo de debates. Al alcohol, al tabaco, al respirar, sí. Gravar todo eso tiene sentido, pero al chocolate que lo dejen tranquilo. Quizás la mayor decepción de mi vida de expatriado, después de asumir que no iba a trabajar en pijama desde casa y comprobar que el Manneken Pis es el Thomas Gravesen de las atracciones turísticas, fue descubrir que el chocolate belga ya no es belga. Marcas históricas como el Côte d'or (EEUU), Callebaut (Suiza), Guylian (Corea del Sur) Godiva (Turquía) o Leónidas (medio griego-chipriota), ya están en manos foráneas; y el fundador de Galler, Jean, acaba de vender el 25% que le quedaba de la compañía a la familia del jeque Hamad Bin Jassim Bin Jaber al Thani, de Qatar. La ambrosía en forma de "Chocolat Noir fourrée d'un mousse noire d'espresso" sabe algo más amargo esta semana.

Pablo Suances. Bruselas. El Mundo, martes 13 de noviembre de 2018
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