La ciudad suiza exhibe solidez, de la clase que da el dinero, el éxito económico. No es extraño que este lugar se incline tanto ante Calvino y casi nada ante su otro paisano Jean-Jacques Rousseau o ante un francés exiliado y siempre provocador como Voltaire. El Museo Internacional de la Reforma tiene una sala con maniquíes parlantes en plena discusión teológica, sin obviar el tema de la predestinación. En Ginebra nunca han escaseado quienes se creen predestinados, y que se salvarán de todas formas puesto que son los elegidos. De hecho los bancos ginebrinos son un clásico consuelo para los evasores financieros, políticos ansiosos de refugio y familias reales que encuentran el sosiego fiscal (y de todo tipo) que da el lago de Ginebra y la excelencia de su chocolate con leche.
Ya lo repetía Pangloss, fiel discípulo de Leibniz, el filósofo del optimismo irreductible: "Todo sucede para el bien en este, el mejor de los mundos posibles". Y Cándido tenía que tragar con ello en su viaje por el globo, especialmente por la América hispana del siglo XVIII, donde no florecían los derechos humanos ni se alzaba el árbol de la libertad, la igualdad y la fraternidad.
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Instituto y Museo Voltaire |
Voltaire tiene una calle en Ginebra y no falta un modesto café que lleve su nombre. Y eso que solo vivió en la ciudad cinco años. Supuso que allí le iban a tratar mejor los reformadores ginebrinos. Aunque ya en el siglo XVII en Ginebra se había prohibido el teatro y el de François-Marie Arouet no fue una excepción. Ni siquiera recordando que en 1718 estrenó en París su tragedia Edipo, la primera obra que firmaba como Voltaire, y que había escrito en la cárcel.
Pero el filósofo e intelectual parisiense no se fue demasiado lejos de Ginebra. Un autobús que sale junto a la estación de Cornavin tiene su última parada en Ferney-Voltaire, tras pasar la invisible frontera franco-helvética. En menos de una hora se llega a este pueblo francés donde en 1760 nuestro autor adquirió una gran extensión de terreno hoy entre Francia y Suiza. Allí se alzó su château, una mansión fabulosa convertida hoy en museo volteriano -cerrado ahora por la pandemia- entre árboles centenarios y con los Alpes iluminando el horizonte. Las tierras de Voltaire llegaban hasta el aeropuerto ginebrino y, por otro lado se extendían por Suiza, casi hasta las instalaciones del Centro Europeo para la Investigación Nuclear (CERN).
Ahí descansa también la ironía. No es verdad que este sea el mejor de los mundos posibles, pero no por inquina a un planeta aquejado de cambio climático e injusticia. Al contrario, pero esa especie de gusano subterráneo de 27 kilómetros que acoge el colisionador de hadrones del CERN sí llega a otros mundos, como el del bosón de Higgs, apodado con optimismo la partícula de Dios. Ahí se plantean esos otros mundos posibles, de partículas subatómicas, universos primigenios y agujeros negros. Queda viaje. Ya lo decía el moderado y lúcido pesimista que era Cándido: "Hay que cultivar nuestro jardín".
Luis Pancorbo. El Viajero. El País, sábado 13 de marzo de 2021.
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