viernes, 14 de noviembre de 2025

El perfume es lujo, hay que pagarlo

Dominique Roques (París, 1953) es un cazador de fragancias, pero en el organigrama de las empresas para las que ha trabajado no le llaman así. Ha sido director de compras, innovación y promoción de ingredientes naturales para Firmenich, y responsable de aprovisionamiento de productos naturales para la francesa Biolandes. Desde hace treinta años viaja por todo el mundo  buscando extractos de flores, maderas, resinas o frutos con los que se construyen los aromas. Es autor del libro El buscador de esencias (Siruela) y acaba de publicar El aroma de los bosques; de nuevo una mirada a su oficio desde el respeto a la tradición de las comunidades agrícolas y recolectoras y una alerta ante la destrucción de los ecosistemas . Acaba de estar en España en el Festival Flora de Córdoba.

-¿Cómo se empieza con esto?

-Mi primer trabajo fue montar una fábrica de extractos  de jara en la provincia de Huelva en 1998. Fue una experiencia maravillosa. Mucho tiempo después, en el 2008 comencé con Firmenich, una de las cuatro empresas más grandes del mundo que fabrican perfumes y emplean a perfumistas. Allí me dediqué a aprovechar los ingredientes naturales de todo el mundo. Por cuestiones de edad, terminé con Firmenich hace tres años y ahora tengo mi propia empresa: Bálsamo Consulting. Y voilà, esa es la historia.

-Es una profesión muy singular. No hay un sindicato de "narices", digamos...

-No (ríe). En el mundo del perfume hay de todo, muchas profesiones diferentes. Yo no soy perfumista, soy de los que actúan antes. Me dedicaba a hacer extractos  y después a comprar materias primas: ir a Bulgaria a por esencias de rosas, a El Salvador por el bálsamo de Perú, a Guatemala por el cardamono... Y así hasta 45 países y unos 120 ingredientes que buscar para suministrar a los creadores de perfumes fantásticos.

-Suena a trabajo de ensueño: viajar y descubrir olores. Tienes que moverte entre dos mundos: por un lado perfumistas de gran nivel em oficinas de lujo  en Nueva York, Ginebra o París; y por otro, trabajadores que recogen resinas o cortan árboles en lugares remotos. He intentado conectar esos dos mundos, que se entiendan mutuamente porque detrás de cada esencia hay historias humanas duras, pobreza frente a la riqueza de lujo. Parte de mi misión fue convencer  a la industria de que el bálsamo del Perú, por ejemplo, es un lujo y debe pagarse como tal. Si no, esos productos pueden desaparecer.

-¿Hay ingredientes en peligro?

-Hay amenazas serias, sobre todo para los árboles de perfume. Es el tema de mi segundo libro. Por ejemplo, el palo santo o el guayacán en Paraguay, donde la desforestación  está arrasando especies únicas como esta , que es un árbol mágico con un perfume increíble. Con unos amigos estamos comprando mil hectáreas en el Chaco paraguayo para demostrar que se puede hacer  una explotación sostenible del palo santo y puede darle valor al terreno frente a la ganadería. También esta el caso del bálsamo del Perú: los recolectores suben 20 metros con antorchas, hombres de 50 0 60 años. Si sus hijos no ven futuro  en ese trabajo , se perderá el conocimiento  y desaparecerá el producto.  Cuando llegué a Huelva habían planteado miles de hectáreas  de eucalipto para una fábrica de papel. Decían que estaban haciendo como en Galicia. Eso es una forma de desastre por unos cientos de empleos...

-¿Cuál es el olor de moda?

-El oud, resina de un árbol del sur asiático. La perfumería occidental lo descubrió hace  poco y enloqueció.

Begoña R. Sotelino. La Voz de Galicia, miércoles 5 de noviembre de 2025.

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