jueves, 6 de noviembre de 2025

Un día los libros se escribirán solos

(Shuterstock)                                                                                                 

Un día los libros se escribirán solos. Serán atractivos, con el culo respingón, frases bien redondas, con delantera, justo lo necesario para atrapar, para cautivar. Libros de los fáciles, culebrones, respingones, de los que se puedan leer de un tirón, donde no hay que tropezar sobre palabras viejunas, de esas que se han quedado  jubiladas y que nadie sabe qué hacer con ellas para que no molesten. 

Leerlos será entonces como entrar en una casa con sillerías de imitación, sábanas, cortinas de las que se regatean en los rastros o se compran en los viernes negros, alfombras de segunda mano. los escritores de verdad serán escalones desgastados, incómodos, carcomidos por el mal de las piedras. Las novelas dejarán de no contar nada, como las de Céline, Micho, o Quignard, esos escritores que agotan, que son cansinos de tanto menear la frase.

Serán máquinas que toman las riendas, planifican, organizan, que se ponen a cavar trincheras, trazar mapas, tomar lomas. Cada capítulo será una batalla y las páginas avanzarán en orden de batalla, pelearán cada metro cuadrado, línea a línea. Y el lector, feliz de leer algo que no le impide mirar hacia el mar, darse un chapuzón y volver a la litera para agarrar por los flancos algo que no es demasiado y tan poco, algo que es justo lo suyo, en su punto, como un buen chuletón, como unas buenas nalgas donde es fácil navegar. Así arrimados, en medio de la refriega, perdidos entre la neblina, uno se dejará llevar , y el mar seguirá a lo suyo, resbalando, suave, tierno.

Esos libros demasiado complejos, con demasiado cuerpo, ya no los leemos, o cada vez menos. Ahora los preferimos más aguados. Solo basta con mirar el escalafón de las ventas, o las reseñas, y los premios que lo apremian todo salvo la escritura. Y cuidadito con la resaca. Ahora leemos todo a sorbos. Nada de barra libre, y el güisqui, por favor bien largo, con mucho hielo, no vaya a ser que el calentón nos cambie la vida.

Libros entonces que sean de novelería, es decir, libros mansos, para novilleros, con los pitones bien afeitados. Nada de libros que sean pegajosos, llenos de palabras que ya ni se usan como los de Miguel Delibes, y que los autores tengan nombres, apellidos que se entiendan, que por favor no se llamen László Krasznahorkai.

Quedan algunos escritores, de los de antes, y de los de después, rarezas que ni siquiera despiertan la curiosidad, escritores que no se rinden. Ahí iremos a verlos , a los Manuel Vicent, los Manuel Rivas, a los José Carlos Llop. Y mientras, el mundo irá a su bola, con chiquillas con lenguas y labios rojos como fresones, hombres peces que se moverán en los acuarios de los días, buscando islas donde pararse, para recuperar el aliento, para dejar de morir de tanto correr. Y los escritores encorvados, encorvados como anzuelos, empeñados en pasarse el resto de sus vidas, escriben para ese silencio que hacen hablar. Para que el tiempo deje de correr como un gallo al que le han zampado la cabeza. Para atrapar ese día, esa noche que ya no nos pertenecen y que queremos que sea todavía nuestra, que no nos deje tirados en la cuneta del olvido.

Javier Santiso. El País, miércoles 29 de octubre de 2025.

No hay comentarios:

Publicar un comentario