lunes, 10 de diciembre de 2018

Los fantasmas de Ismael



Las actrices Marion Cotillard y Charlotte Gainsbourg
Un director narcisista en crisis, atrapado entre su pasado, la película de espías que pretende rodar (basada a su vez en la supuesta vida misteriosa de su hermano) y los fantasmas que vuelven a su vida justo cuando parecía empezar a recomponerse, es el protagonista (con el rostro de Mathieu Amalric, de nuevo alter ego del realizador) del último film de Arnaud Desplechin. Vaya por delante que Los fantasmas de Ismael no se encuentra entre las mejores obras de su autor, aunque algunos aciertos le puedan salvar de la quema. El discurso sobre el acto de creación como ejercicio de llevar a cabo una ficción literaria o cinematográfica, así como el dilema existencial del protagonista y de aquellos que le rodean, se diluyen en una película irregular y densa, que se regodea en su aparente confusión y en llevar al espectador por caminos disonantes entres sí.
Los ecos a Hitchcock y su soberbia Vértigo (1958) son notables -aunque se queden en la mera superficie- y están personificados por esa esposa que regresa de entre los muertos, una Marion Cotillard como amor de juventud que lleva décadas desaparecida y parece volver a reclamar su posición  cuando una nueva mujer ha ocupado su lugar. la contraposición entre los dos tipos de mujer (la pasión, el amor loco y el misterio, frente al amor tranquilo, la estabilidad y la comprensión), y el triángulo que ello conlleva, es en parte el eje de la crisis emocional -y creativa- del director, mientras este ejercicio de cine dentro del cine aboga por la colisión y la fusión entre ficción y realidad (película/vida, recuerdos ficcionados/realidad) de unos personajes incapacitados para la felicidad, encarnados por un puñado de buenos actores que parecen un tanto perdidos en el propio devenir de la trama.
Sabela Pillado. La Voz de Galicia, lunes 3 de diciembre de 2018

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