sábado, 15 de diciembre de 2018

Aquel puerto multicolor: Essaouira

Essaouira
Hay algo de tierna armonía en Essaouira. En las olas reventando contra su puerto. En los pájaros buscando alimento entre los humanos sin miedo. A veces el ruido del mar y el graznido de las aves parecen susurrar una melodía. Jimmy Hendrix cayó rendido a sus encantos y a su libertad. Castles made of sand (Castillos hechos de arena) fue compuesto en su homenaje. Como miles de gentes que acuden a vivir el Moga Festival, un encuentro chill out de talento y de nuevas vibraciones. Donde los jóvenes pueden bailar, beber, vestirse, desvestirse, sin preocuparse de estar en un país musulmán. Nunca olvidarlo aunque aquí realmente se pueda.
Es el perfecto sincretismo entre los cafés de diseño y el zoco más auténtico. Es un refugio. Es el más bello refugio. Tras años de silencio, Essaouira ha renacido sin perder su esencia. Eso, a pesar de que hoy en día es parte de la ruta de Juego de tronos. En la ficción es la Ciudad roja de Astapor. En la realidad es un puerto multicolor: De barcos azules, de tapices en tonos carmesí, de niños vestidos con camisetas verdes y doradas, merengues o azulgrana. De su torre que brilla al atardecer con destellos de ocre...
Un ejemplo de lo distinta que es esta urbe, la primera ciudad no europea en unirse al Pacto de Paz de Córdoba, es la educación de sus vendedores. Casi susurran al ofrecer sus productos. Y en medio del mercado, el boato arrollador del Heure Bleue Palais. Un Relais & Château del siglo XIX, que enamoraría hasta Buñuel. En su recibidor, los huéspedes acaban de llegar de París y de Mónaco. Se acomodan delante del piano bar esperando les asignen habitación. Desde su piscina en la última planta el atardecer del viejo Mogador es incandescente.
El lujo extremo no es extraño en Essaouira. Es refugio de intelectuales y burgueses franceses. De la monarquía y oligarquía local también. Las mansiones de diseño rodean la costa. Hay hoteles casi secretos como el Jardin des Douards o grandilocuentes como el Sofitel Golf que une mar y montaña dentro de sus instalaciones...En suma, una suerte de nirvana fomentado por la élite marroquí,. A pesar de todo, de los inversionistas y su voracidad por convertirla en una meca turística, no ha perdido su alma. No ha dejado de ser un puerto de pescadores. Ayudan a su supervivencia surfistas y hippies que no se rinden.También festivales musicales como Moga que buscan que no pierda su aura...
Martín Mucha. Viajes. El Mundo, 27 de noviembre de 2018

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