sábado, 12 de octubre de 2019

Un café en la casa de Balzac

Pasada la medianoche, Honoré de Balzac ya habría consumido varias cafeteras. Y ahí seguía, escribiendo y escribiendo febrilmente, a la luz de un candil, con su letra menuda sobre ese también diminuto escritorio de madera lleno de marcas de su pluma. Así permanecería, noche tras noche, trabajando sin cesar en esa ambiciosa obra, La comedia humana (1830), con la que pretendía describir en más de un centenar de novelas y relatos interconectados, cual catedral humana, "la historia y la crítica de la sociedad, el análisis de sus males y la discusión de sus principios", como explicó él mismo. "Trabajo 18 horas y duermo 6, trabajo mientras como  y no creo que deje de trabajar ni siquiera cuando duermo", le contaba el novelista francés a su amiga primero, luego amante y finalmente esposa, Eve Hanska, en una de las numerosas cartas que forjaron su relación.
Maison de Balzac
No es difícil imaginar la escena. Sobre todo cuando se visita la Maison de Balzac de París, una encantadora casita de persianas verdes y tejado de pizarra en el 47 de la Rue Raynouard, en el acomodado barrio parisiense de Passy, donde Balzac vivió entre 1840 y 1847. Situada a una decena de minutos a pie del Trocadero, la referencia para todo aquel viajero que quiera hacerse una foto con la Torre Eiffel de fondo, constituye una excelente excusa para prolongar el paseo por esta zona de la capital francesa y descubrir un museo pequeño sin demasiados visitantes.
Sobre todo ahora, que, tras un año de renovaciones, la Maison de Balzac, la única residencia del autor francés que sigue en pie, ha vuelto a abrir sus puertas con una ambición: atraer a un público más amplio y no solo experto en el autor de Père Goriot. "Lo que buscamos es darle a la gente ganas de leer esos libros", señaló el director del museo, Yves Gagneux, durante su reapertura oficial, el pasado mes de septiembre. "El museo tendrá éxito si, a la salida, el visitante tiene ganas de leer o de releer a Balzac"...El universo de Balzac se comprende mejor cuando uno se topa, por ejemplo, con su imprescindible cafetera, que le regaló otra de sus amigas, la escritora Zulma Carraud. En esta pieza de porcelana de Limoges se preparaba taza tras taza de ese café que le permitía trabajar sin descanso y cuya mezcla confeccionaba él mismo minuciosamente a partir de tres variedades diferentes que le hacían recorrer media ciudad para conseguirlas...
Silvia Ayuso. El Viajero. El País, viernes 11 de octubre de 2019

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